Opinión
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Mar de Historias

Cosas de todos los días

Cristina Pacheco

Milagros

A

penas se levanta, lo primero que hace Fermín es darle gracias a Dios por haberle permitido despertar a otro día y, a su edad, seguir conservando su trabajo. No es difícil: consiste en recorrer las naves de la fábrica de aceite para cerciorarse de que todos los empleados lleven el equipo completo. Lo malo es que mientras recorre los pasillos –juntos suman seis kilómetros– lo agobia el ruido que producen las máquinas. Es insoportable, tritura las palabras antes de que lleguen a la última sílaba y por eso mejor ya nadie habla. En las naves no se escuchan los buenos días ni nos vemos mañana. Sólo ruido.

Fermín no tiene más remedio que soportarlo, pero a cambio de esa resignación alienta un rencor infantil hacia las máquinas que poco a poco, al cabo de los años, ha ido deteriorando su capacidad de oír a plenitud lo que más ama: la música. En su departamento tiene colecciones de vinilos –que han vuelto a sonar gracias a la tecnología–, compactos que considera su tesoro: diez instrumentos musicales. Los compró aquí y allá, en sus domingos libres, con la esperanza de un día aprender a tocarlos. Nunca ha podido hacerlo, pero le basta mirarlos para escuchar bellos conciertos de silencio que sólo él puede oír.

II

En la fábrica de aceite no hay palabras, ni música ni ventanas, sólo hay grietas. Por una se coló la rama de una enredadera sembrada en la casa vecina. Ha ido creciendo y ahora es dueña de 10 centímetros de un muro. Sólo Fermín la mira. En las mañanas, cuando empieza su recorrido, aprovecha para verla. Eso le recuerda el jardín que le hubiera gustado tener. Y no sólo eso: habría querido sembrar las plantas, cuidarlas, verlas confundir sus follajes, apoyarse unas en otras, dar flores.

En la fábrica de aceite, donde no hay palabras, ni música ni ventanas, sólo hay flores artificiales que adornan un altar a la virgen de Guadalupe y otras que adornan el cuerpo de una muchacha desnuda en el calendario de 2000. Desde aquel remoto año ha permanecido en el mismo sitio, bajo la misma luz artificial, blanca y fría, que cae de las balastras.

A la fábrica de aceite donde no hay palabras, ni música ni ventanas, ni flores, no entra más luz de sol que el rayo que sigue el ascenso de la rama. Fermín se pregunta si algo tan frágil será capaz de sobrevivir y de conquistar todos los muros de ese edificio. En tal caso, será un avance lento que requerirá de muchos años. Fermín piensa que valdrá la pena vivirlos sólo para ver ese milagro.

Los constructores

Llegados desde todos los rumbos de la ciudad, o quizá de más lejos, a las ocho de la mañana aparecen en esa calle decenas de hombres. Todos son muy jóvenes, algunos casi niños. El rumor de sus pasos se arrastra. Visten camisetas amplias, chamarras con capucha y pantalones desgarrados. (La pobreza los ha puesto a la moda). A sus tenis y zapatos los embalsaman restos de cemento y arena. Llevan cascos. De su pretina cuelgan los guantes de carnaza y las claveras.

Se dirigen hacia la obra negra que ocupa el terreno en donde estuvo una casa. (Ventanas amplias y rosas de castilla en el jardín). Allí se levantará un edificio de 20 pisos. Para construirlo, los hombres que llegan a esa calle de mañana deberán trabajar en diferentes niveles: las profundidades de la excavación o las alturas. Entre una cosa y otra avanzan sorteando escombros, se deslizan por complicadas armazones hechas de tablas, suben rampas tambaleantes cargando en sus espaldas costales de cemento y arena, varillas de acero, bloques de material aislante, cuerdas, plásticos.

En la obra negra la actividad es incesante. Se acompaña con el estruendo de la revolvedora, las carretillas, los motores y los gritos de los hombres mientras hacen volar de mano en mano, de abajo hacia arriba y al mismo ritmo miles de ladrillos que significan paredes, aislamiento, privacidad.

II

Al mediodía, los hombres abandonan sus puestos y herramientas. Sin sacudirse el polvo que los baña eligen un sitio para comer: un quicio, la banqueta, el camellón próximo, una carrocería abandonada. Mientras comen, beben refrescos, miran a las muchachas que se alejan de prisa, arrojan trozos de tortilla a los perros, oprimen las teclas de sus celulares para jugar, leer mensajes o enviarlos. A veces sonríen. El gesto fractura la máscara de tierra que sepulta sus rasgos masculinos.

Al cabo de unos minutos –insuficientes para satisfacer el hambre y descansar– y sin que nadie se los ordene vuelven al trabajo, toman sus herramientas, ocupan sus puestos en la excavación, los travesaños, la rampa, los castillos como mástiles de acero para seguir construyendo –con la fuerza de sus manos y sus espaldas– Departamentos de sueño. Mientras lo hacen, olvidan el suyo. ¿Cuál será?

Hacia el atardecer, cansados, sudorosos, abandonan la obra negra y se dispersan. En todas direcciones se oyen sus pasos lentos. Pronto se esfuman y esa calle vuelve a quedar en silencio. Permanecerá así hasta mañana, cuando a las ocho en punto reaparezcan los constructores de sueños –de otros sueños–: los albañiles.