Opinión
Ver día anteriorLunes 12 de diciembre de 2016Ver día siguienteEdiciones anteriores
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La ilusión es la nueva realidad
Herman Bellinghausen
L

a economía macro y micro, las relaciones familiares y de trabajo, el sexo, la política de los gobiernos, la guerra, la delincuencia, el terrorismo, la socialización, el consumismo sin fondo, el odio racial o religioso, la mentira, el control represivo, y también la verdad, el conocimiento, la contrainformación, la articulación de redes auténticas y eficaces, la creación artística, la denuncia, la libertad. Todo acecha como amenaza y como esperanza (juntas y bien revueltas) detrás del dichoso espejo negro que actualmente acompaña, orienta, determina y entretiene a la mayoría de la humanidad; ésta, y la pobreza generalizada con la cual se intersecta, son las únicas mayorías en términos absolutos. Todo lo demás es ilusión, virtualidad. O dictadura enmascarada.

Dispositivos celulares, ordenadores, la tv que te ve verla son ya, y apenas estamos en 2016, absolutamente indispensables. Recipiente y puente, archivo (¡memoria!), nos proporcionan una gama inédita de lenguajes alternativos, sólo visuales, o bien matemáticos, que cumplen el proyecto de Babel. Gracias a jeroglíficos contemporáneos como los emoticones, la humanidad puede decirse todo. Haríamos mal en desdeñar dichos lenguajes de muñequitos y signos posverbales, su crecimiento es tal que ya contienen millones de significados diversos, como cualquier idioma avanzado.

Mientras las ciencias sociales y de la conducta, la filosofía, el periodismo, el cine y la literatura se esfuerzan para describir e interpretar el fenómeno, la casi totalidad de las nuevas generaciones nacen, crecen y son educadas, orientadas, conectadas y determinadas por la fascinante nube muy concreta que, a falta de mejor nombre, llamamos tecnología. Para ellas, las disquisiciones de adultos y viejos sobre el tema, aún las más actualizadas, son rollos ingenuos. Viven sumergidos en el otro lado del espejo sin matices ni dudas.

Pronto las opiniones de Zygmunt Bauman sobre la modernidad líquida y los análisis de Paul Virilo, Marc Augé o Ignacio Ramonet, por mucho que hayan acertado en sus diagnósticos, quedarán sepultados por la experiencia y su avalancha de datos, funciones, juegos y aplicaciones disponibles. Por más que nos esforcemos en desentrañar qué pasa, los nacidos en el siglo XX no estamos entendiendo nada, ni siquiera aquellos científicos y técnicos que inventaron y desarrollaron los nuevos instrumentos de la vida humana; irán muriendo millonarios, pero rebasados por las nuevas multitudes, que no necesitan ya de reunirse físicamente para existir y actuar, cuando la paciencia dejó de ser una virtud.

Para los hijos del milenio la intimidad es un arcano, o mejor, una antigualla. Nuestro azoro les resulta incomprensible. La soledad se volvió pública, y la interacción con una pantalla, la manera de comunicarse. Hoy la gente se reúne a solas, de preferencia desde sus recámaras, aunque puede hacerlo en cualquier, literalmente, cualquier parte.

Hace poco decía Augé que el individuo está desplazado respecto de sí mismo y de instrumentos que lo ponen en contacto constante con el mundo exterior más lejano. (Proceso, 28/9/16).

Charlie Brooker, creador de Black Mirror, justificaba así su brillante serie televisiva: Es difícil encontrar alguna función humana que la tecnología no haya alterado de alguna manera, con excepción del eructo, tal vez. Esto es lo que hay. Apenas ayer leí la noticia de un videojuego instalado arriba de los mingitorios para que los orinantes no se aburran: el control es tu chorro, que desplazas de un lado al otro. Ustedes dirán si vivimos en una sociedad cuerda. (The Guardian, 1/12/11).

Si bien no se atrevió a hacer ganar a su candidato-caricatura insultante Waldo, insuperable premonición de Donald Trump, Brooker admite disfrutar toda esa panoplia que llamaremos posmecánica: “Los dispositivos me hacen zurear de placer; me encanta cada nueva aplicación milagrosa. Reviso mi Twitter en cuanto despierto. Pero con frecuencia me pregunto si todo esto me hace bien. Nadie nos lo endilgó, simplemente lo abrazamos de muy buena gana. ¿A dónde nos lleva? Si la tecnología es una droga –y se siente como una droga–, precisamente, ¿cuáles son sus efectos colaterales?”.

La respuesta la conocerán los hijos del presente siglo, y probablemente será distinta de nuestras predicciones primitivas, provisionales, ingenuas.