Opinión
Ver día anteriorLunes 20 de marzo de 2017Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Aprender a morir

La espantademonios

Hernán González G.
M

iles de homicidios cada año y la violencia en aumento, sí; promover en el país la muerte digna, no; tráfico de droga y compra de armas a Estados Unidos, sí; legalizar la eutanasia, no; sobresueldos insultantes a funcionarios que vigilan la democracia, sí; coordinación de la Secretaría de Salud con el notariado nacional para federalizar el documento de voluntad anticipada, no, etc. Los desafíos de la época son no enloquecer, no rendirse y… sonreír, ese reír silencioso y suave con un simple movimiento de labios y, si es posible, de pómulos y ojos, ante una situación, grata o no.

Entre algunos chamanes se conoce a la sonrisa como la espantademonios, precisamente porque sonreír, sin fingimiento o como recurso, incluso ante rostros serios, alterados o amenazadores, es gesto que refleja seguridad, fluidez, desafío gentil para favorecer un posible diálogo, carta de presentación antisolemne o, en última instancia, evidencia de que no se pertenece a la clase política o eclesiástica, donde el semblante adusto es confundido con capacidad o con vida interior. Son solemnes, no serios, pues han sustituido la congruencia con la tiesura.

Ahora, sonreír, además de que puede ser fuente de bienestar propio y ajeno, posee una química con efectos directos sobre la salud de quien lo hace, sobre todo en la medida que seamos conscientes de las implicaciones de ese acto en nuestro organismo. No se trata de sonreír mecánicamente, sino de hacerlo intencionadamente hacia nosotros mismos, a efecto de practicar lo que se conoce como sonrisa interior, dirigida a nuestros órganos, tejidos y glándulas que, al ser sonreídos, secretan sustancias que los reparan y nutren.

La práctica de esta poco conocida sonrisa interior empieza en y por los ojos, que son los primeros en proyectar y recibir señales emocionales, por lo que si relajamos nuestros ojos –cerrarlos y rotarlos en ambas direcciones, luego parar y dejarlos fijos– podemos relajar todo nuestro cuerpo. Esa sensación de relajación ocular se convierte entonces en sonrisa interna y externa que se extiende por toda la cara, incluidos lengua, huesos, cerebro y mandíbula. Se puede sentir al rostro respirar a través de tu sonrisa, pero ahora con una respiración espaciada donde el aire entra no sólo por la nariz, sino también por ojos y rostro al sonreír en cada inhalación, lo que empieza a liberar de tensiones y negatividad, espantando todo tipo de demonios.