Opinión
Ver día anteriorJueves 18 de mayo de 2017Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Tensiones políticas y calificaciones económicas
Orlando Delgado Selley
E

l interés por el proceso electoral de 2018 ha llevado a que, primero, los banqueros que operan en México y luego la calificadora Fitch decidieran analizar las consecuencias económicas del populismo. En su reciente conferencia, convocada para analizar los temas del Desempeño económico, populismo y relaciones comerciales. Perspectivas de la economía mexicana, Fitch Ratings ha advertido lo obvio: el proceso electoral de 2018 es muy importante. Su planteo, como empresa que anticipa las implicaciones de las situaciones actuales en la sustentabilidad futura de la deuda pública y privada, es que un eventual triunfo de López Obrador significaría más volatilidad financiera. Para justificarlo reconoce que el presidente Peña Nieto tiene la más baja aceptación para un presidente en dos décadas, es decir, está peor calificado que Zedillo, Fox y Calderón. De allí que pueda ocurrir un triunfo de la oposición.

El desastre económico del gobierno actual Fitch lo documenta con el bajo crecimiento económico, particularmente con el desempeño de los años recientes que han presentado un crecimiento de 2 por ciento, lo que ha provocado una caída en el ingreso por habitante. Esta caída es relevante porque genera el riesgo de tensión política. Tensión que se mantendrá, ya que se anticipa que en 2017 y 2018 se crecerá a ese mismo ritmo de 2 por ciento. A ello puede agregarse que la inversión privada se ha contraído y que la pública está prácticamente paralizada. De esta manera es evidente que la oposición de izquierdas tiene una buena posibilidad de lograr un resultado favorable en 2018. Una demostración actual de esta posibilidad futura es el lugar que ocupa Morena en la contienda electoral por el Estado de México.

Para Fitch este posible resultado electoral es preocupante, porque considera que los planteos económicos de López Obrador no son consistentes. Reconocen que el candidato de Morena se ha comprometido a mantener la inflación bajo control, lo mismo que la deuda pública. Sin embargo, advierten que ha señalado que aumentará el gasto público. Sólo por esto es que lo califican de populista. El concepto de populista es ciertamente difuso, por lo que conviene intentar precisarlo. En un ensayo clásico sobre este tema de 1989, escrito desde un punto de vista económico, Dornbusch y Edwards definen populismo como un enfoque que enfatiza el crecimiento y la distribución del ingreso, al tiempo que minimiza los riesgos de la inflación y el financiamiento externo, de las restricciones externas y de la reacción de los agentes económicos ante políticas ‘agresivas’ que operan fuera del mercado.

Se trata de una combinación en la que se resalta el descuido por los riesgos que implica un cambio de estrategia económica, en la que se concentran las acciones públicas en detonar un proceso intenso de crecimiento económico, que se acompaña obligadamente con medidas redistributivas del ingreso. Crecer y redistribuir es indispensable para que un país avance y que sea sostenible. El populismo no está allí, sino en la dificultad para financiar el crecimiento. En los casos clásicos el financiamiento proviene del endeudamiento, sobre todo externo, pero también interno, o de una expansión monetaria. En estas condiciones se generan presiones inflacionarias y situaciones fiscales crecientemente deficitarias, que pueden dar al traste con las políticas expansivas.

Se nos intenta convencer de que el populismo es malo. Se señala que votar por una opción populista puede generar volatilidad. Lo que no se dice es que la opción ideológica y política con la que se ha dirigido este país en los pasados 35 años ha fracasado. Seguir por esa vía producirá tensiones sociales crecientes, descomposición social como la que estamos viviendo, desesperación expresada en migraciones masivas. Centrar la acción pública en crecer y en redistribuir es urgente y conveniente. Toda propuesta política que reconozca la necesidad de cambiar el rumbo de la nación merece demostrar su posibilidad de éxito. Lo que no merece nada es la propuesta política de seguir haciendo lo mismo.