Opinión
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CDMX: se repite la historia

Terremoto y caos urbano

¡Que concluya septiembre!

Carlos Fernández-Vega
E

s irremediable. Las vivencias de 1985 se mantienen en la piel, y con las dos recientes sacudidas, en especial la del pasado martes, todas pegan como un latigazo. Recuerdos y dolores de aquel jueves 19 de septiembre de 32 años atrás, cuando, La Jornada –que en sus oficinas de Balderas conmemoraba su primer aniversario, y ahora el 33– se encontraba físicamente en el centro del drama y la destrucción, lo que no le impidió que a la vez fuera testigo y activo de la solidaria entrega de la sociedad.

Todo en el suelo: a la derecha, el hotel Regis; atrás, la central telefónica de la calle Victoria; enfrente, el hotel Roma; a la izquierda –paradójicamente–, Televisa Chapultepec; y de allí para el real. La ciudad de México destrozada, con un gobierno paralizado, que no ataba ni desataba, y que de inmediato fue rebasado por la sociedad civil.

Por mera suerte, en las instalaciones jornaleras de aquellos años un par de líneas telefónicas milagrosamente se mantuvieron en servicio, y ese fue el primer enlace con la gente de adentro y afuera. Se recibieron llamadas de toda la República, por medio de las cuales se pedía ayuda para localizar a parientes y amigos que residían en la zona siniestrada. Y, sin dejar la cobertura noticiosa, los reporteros jornaleros iban y venían preguntando por los tíos, primos, sobrinos, nietos, hermanos, padres y conocidos de residentes en el denominado interior del país ante su imposibilidad de contactarlos de forma directa. Y todos los solicitantes obtuvieron puntual respuesta.

En el suelo Tlatelolco, el Centro Médico y demás hospitales, el multifamiliar Juárez, las costureras, la Roma, la Doctores, el Eje Central, el primer cuadro y tantísimas zonas de la ciudad. Y la gente, con las uñas, rescatando aquí y allá siempre en busca de vida. Y también el Parque Delta, el de béisbol, que fue utilizado como una suerte de mega morgue.

En la gran ciudad también colapsó el estado anímico –la depresión colectiva, pues–, pero sin duda alguna resultó infinitamente mayor la voluntad de ayudar y la organización espontánea de la ciudadanía para enterrar a sus muertos, que son nuestros, y poner a la ciudad de nueva cuenta en pie. Eso, y muchísimo más, 32 años atrás.

Pero la maravillosa madre natura es más cabrona que bonita cuando se encoleriza, y ahora tuvo la pésima idea de volver a poner a prueba a la megalópolis y a su gente, y lo hizo en dos ocasiones –en tan sólo un par de semanas–, con la mala leche de que la segunda fue en la misma fecha que 32 años atrás.

Sin embargo, más allá del innegable golpe a la infraestructura urbana y a la estabilidad emocional de quienes habitan la megalópolis –sin dejar de lado el fuerte impacto económico implícito–, el resultado de las pruebas de la madre natura fue el mismo: de inmediato, la solidaridad y el empuje ciudadano tomó la iniciativa y salió al rescate, ante el temor oficial de que –como sucedió con Miguel de la Madrid– el gobierno fuera rebasado por la sociedad espontáneamente organizada.

Son ganas de joder. En cuestión de dos semanas y en la fecha menos indicada, doble Déjà vu, aderezado en esta ocasión con la catástrofe en Oaxaca, Chiapas, Morelos, Puebla, estado de México y Guerrero, pero con la misma respuesta ciudadana, con todo y que en esta ocasión, y después de un simulacro matutino, la alarma sísmica no funcionó sino hasta bien entrada la sacudida del martes pasado, es decir, no fue preventiva –como debe ser– sino que se convirtió tardíamente en un grito desesperado de sálvese quien pueda en una megalópolis que ha crecido y crece de forma por demás caótica sin que nadie ponga freno. Primero los negocios, y mientras más cochinos, mejor.

La mega ciudad no soporta un edificio más, ni un municipio conurbado adicional, pero a lo largo y ancho de las 16 delegaciones de la Ciudad de México se otorgan todo tipo de permisos –mordida de por medio– para construir, uno tras otro, enormes edificios en zonas habitacionales, de por sí atascadas y complejas, violando así todas las supuestas normas, las cuales, por cierto, se modificaron tras el terremoto de 1985 para evitar –según se dijo– efectos negativos en subsecuentes terremotos. Y la autoridad que lo hizo fue la primera en violarlas.

Para no ir muy lejos, allí está el caso de la delegación Alvaro Obregón, donde Leonel Luna y su banda vendió todo tipo de autorizaciones y permisos sin importar la carencia de servicios, lo estrecho de las calles, las vialidades de tiempo atrás saturadas, la presencia inmediata de gasolineras o instalaciones de la Comisión Federal Electricidad. Mil departamentos, en tres torres, en una estrechísima calle en la que, cuando bien va, alcanzan a circular de dos en fondo. Y como esta, mil más, aquí y allá. Nadie frenó estos desarrollos –por el contrario, porque las mordidas son muy generosas– y la gran ciudad es verdaderamente caótica, más aún según corre el tiempo.

Y hoy, como hace 32 años, la pregunta de esa misma sociedad solidaria y entregada es ¿dónde ha estado la autoridad, que, lejos de impedirlo, promueve el caos? Como feria de la vanidad, Paseo de la Reforma se ha convertido en una kilométrica vía con enormes edificios representativos del poder financiero que opera en el país, siempre uno más alto que el otro.

Tras el terremoto de 1985, un primer decreto de Miguel de la Madrid fue el relativo al tope de construcción en las zonas afectadas por el sismo. Cinco pisos, máximo. Pero a estas alturas son 30, 40, 50 o más, y uno tras otro, pegaditos, y entre ellos destacan los bancarios y bursátiles, hoteles de lujo, oficinas por doquier, desarrollos y mucho más.

También impedía construir sobre zonas dañadas. Por ejemplo, el cine Roble (Reforma 135, casi Insurgentes, delegación Cuauhtémoc), fue mortalmente herido por el terremoto de 1985. Debió demolerse de inmediato, pero en lugar de ello se especuló con el terreno y años después allí mismo se construyó la nueva sede del Senado, una obra igual de faraónica que costosa y peligrosa.

Y como esos, mil más, que incluyen la ostentosa ausencia de la clase política (antítesis de la ética), acostumbrada a estirar la mano para recibir multimillonarios presupuestos. Y también los mezquinos barones Forbes –con fortunas conjuntas por 140 mil millones de dólares–, que se limitan a donar Internet, pero ni un clavo a la reconstrucción, salvo que de ella obtengan más beneficios.

Entonces, por una puta vez, pónganse a la altura de las necesidades del país y de su gente.

Las rebanadas del pastel

Por favor, ¡que concluya septiembre!