Opinión
Ver día anteriorLunes 19 de marzo de 2018Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Pensar y no pensar
T

uve una amiga que no podía dejar de pensar, y claro, tenía fama de loca. Digo, en mayor o menor medida a todos nos pasa eso de no poder detener la actividad mental, pero en ella llegaba a ser agotador. Cuando decimos uf, dame un respiro, párate un instante maquinita de pensar, y entablamos la querella entre voluntad y cerebro que da pie a la conciencia humana. El deseo de suspender el pensamiento –no apagarlo con somníferos ni atarantarlo con drogas vacías– desde tiempos remotos y en distintas civilizaciones llevó a gentes espirituales y ociosas a desarrollar prácticas y tácticas de vaciamiento mental en alguna suerte de éxtasis o paz, de quietud amniótica, mística o suspendida en infinita nada como el universo mismo, importunado apenas por galaxias diminutas como la nuestra.

Dichosos ellos, decía mi amiga, yo no puedo, mientras iba y se metía una idea tras otra. Son ideas suyas, comentaban con sorna los que no la comprendían. Ideas que se hace. Pudo haber escrito, tal vez quiso, pero contra lo que muchos creen, no es lo mismo que pensar aunque participe en el proceso del pensamiento y devele en parte la maraña, el laberinto, el yacimiento en bruto, los atajos, trampas y autoengaños del rejuego mental.

La conversación tampoco equivale a pensar, pero cuando tienes la mente pura, filosa y desinteresada, como fue su caso, una y otra cosa se aproximaban mucho. La conversación le proporcionaba un buen camino. Entre su pensamiento y su conversación corría un paso franco. De repente sus dardos podían ser tremendos, sin mediar represión freudiana ni buenos modales cuando tomaba completo dominio del pensamiento bien pronunciado, preciso, la ocurrencia íntegra sin cortes, y era incapaz de acallarla.

Para disciplinar e ilustrar sus pensamientos leía continuamente, ávida del pensamiento de otros. No sorprende la cantidad de libros, que a lo mejor no eran tantos, pues su lectura, como todo en su vida, era lenta. Lo notable era la intensidad de su viaje a la página. Algunos autores la dejaban en un estado de exhausta lucidez, sudaba como corredor de distancias largas, ciclista de montaña, levantador de pesas.

El puro pensar exige no hacer nada. El pensamiento en sí es inútil, insustancial. Adquiere un uso cuando se lleva a la práctica o se pone en circulación. De otra manera permanece en lo inevitable-vital, como la respiración del animal y la planta, la sangre oxigenada, la clorofila de toda floración, y antes, el intrincado follaje que no deja ver el bosque, pero no significa que el bosque no éste allí.

Con el paso del tiempo aprendió a escuchar. Como decimos de los músicos, tenía oído absoluto para las palabras. No extraña que supiera muy bien leer a los poetas y a reconocer las latitudes del canto en la música. Conoció bien el impulso inútil de los pájaros cuando cantan irrefrenables, como los pensamientos que le pasaban y se le instalaban en la cabeza, y lo hacían sólo porque sí.

Con tal grado de potente voluntad, era terca, y cabeza qué digo dura, durísima. Irrompible, y una idea suya arrojada contra la cabeza de otro dolía igual que una pedrada. Cumplimentaba aquello de que el pensamiento es un arma, mas anterior a la Edad de Bronce. Pedernal o proyectil más duro que la carne y el esqueleto, capaz de alcanzar la bóveda húmeda de los sesos.

Bueno que fue pacífica, dada a la casi inmóvil reclusión en chozas y ermitas. Si no, ¿se imaginan cuánta guerra hubiera dado? De por sí dos o tres gentes perdían el sueño por su culpa. Y es que alguien así, quiéralo o no, lo deja a uno girando. Ahora informan los científicos que tratándose del cerebro el tamaño no importa; mas en su caso la cabeza fue la parte más grande de su cuerpo. La delataban sus grandes ojos por donde asomaba su inteligencia.

Bienaventurados aquellos que logran no pensar, en soberanía absoluta de su mente (no me refiero a los embrutecimientos, ni los delirios, ni siquiera los sueños). Ella no pudo. Una iluminación como la suya aconsejaba Tao, Nirvana. Ella se seguía de frente. Cuando no insomne, su sueño era profundo. Soñar no fue su fuerte porque le resultaba inconcluso y olvidable. Su método era distinto. Su comarca personal afloraba en la conciencia humana, demasiado humana. Pero sólo humana.