Opinión
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Así debe ser
Luis Linares Zapata
E

l desplegado de la cúpula empresarial ¡Así no! salió a la luz sin desperdicio. Mostró, sin titubeo ni disfraz, la enorme soberbia que embarga al pequeño grupo de mandones cupulares. Pueden, con toda prepotencia de ánimo, reprender a un candidato a la Presidencia de esta abrumada República por sus dichos de campaña. Y, al topar con quien ahora no pueden mangonear, agitaron, indignados, la pradera de etiquetas representativas de su encumbrado gremio. Después de los encendidos epítetos que se desparramaron por todos los medios de comunicación, se ha tenido que meter el freno al aparente pleito. A poco conduce la alharaca desatada. En contrapartida, los representantes de la mediana, pequeña y microempresa del país tomaron distancia de los organismos firmantes de costosos desplegados. Este gremio sí suma millones de empresarios y congrega a 70 por ciento de los empleos del país.

La toma de conciencia que llevó a Andrés Manuel López Obrador (AMLO) a formular la ahora conocida frase de la mafia del poder tuvo su origen en la terrible experiencia del fraude electoral de 2006. Las lecturas que hizo con posterioridad le permitieron condensar sus ideas en un libro donde la revela y describe al detalle. Supo que tal formulación le acarrearía incomprensión y muchos ataques de todos aquellos que cruzan ideas e intereses con tal grupo de poder que es, en términos actuales, una verdadera oligarquía con rumbo hacia integrar una manera plutocrática de gobierno. AMLO estaba decidido a quemar esas naves de apoyo al difundir su hallazgo y así lo hizo. En seguida continuó su extenuante caminar sin pausa. Fueron tiempos álgidos, fundacionales y esforzados que, ahora, cristalizan en Morena y su exitoso lanzamiento de candidatos rumbo a una victoria electoral ciertamente masiva.

La escaramuza de marras está muy lejos de agotarse en este diferendo. Contiene, en su fondo, una formación política de malignos efectos. En efecto, entre el empresariado hay un pequeño, compacto grupúsculo de traficantes de influencia encaramados sobre toda la estructura social, política, comunicacional y económica de la nación. Han sido sus visiones e intereses los que han orientado las deformadas operaciones del conjunto nacional. La estructura partidaria que se describe en la frase PRIAN, también derivada del manipuleo de la arisca mafia del poder, salió a relucir por esos mismos tiempos. Son, esos dos partidos, los vehículos usados para llevar al conjunto de sus leales y dispuestos subordinados a la Presidencia. Porque eso han sido los sucesivos gobiernos emanados del dúo partidista: C. Salinas de Gortari fue su hacedor y usufructuario; E. Zedillo, feroz neoliberal, fue el emergente que resultó ser el único presidente –de la incapaz fila siguiente–, que pudo contar con margen suficiente para levantar una esfera propia de influencia. Al país, sin embargo, sus maniobras le costaron una enorme pila de recursos (Fobaproa) para salvar a unos cuantos empresarios y bancos, manejados por aventureros y tramposos. Sus onerosas deudas gravitan sobre la hacienda pública y lo seguirán haciendo por muchos años. El inigualable dúo panista (Fox y Calderón) fue, quizá, el que mejor se subordinó al mando oligárquico. Para continuar la secuela llegó el susodicho nuevo PRI, una versión tardía, ineficaz y decadente con Enrique Peña de comodín. Este triunvirato fue y es, un remedo de los llamados Ejecutivos federales sometidos y medio socios de los negociantes de escala.

Para que la tarea encomendada a las formaciones político-partidarias pueda funcionar acorde con los intereses arriba nombrados, es necesario contar con toda una gama de funcionarios cuya característica primaria es la de su cerrada fe neoliberal. No es un neoliberalismo puro, como quisiera Zuckermann. El ideario de esas personas ha sido contaminado, en la práctica cotidiana, por el amiguismo. Es sin duda el sector público mexicano un enorme club de amigos y obcecados y dispuestos a convertirse en cómplices. Una nube de nuevos funcionarios fueron llamados a servir a la patria. La mayoría de ellos se incrustaron en la hacienda pública y demás estribaciones financiero-bancarias. Y, desde ahí, han conducido los asuntos nacionales, sujetándolos a su arraigada fe e intereses. Durante los pasados 30 años han orientado la economía con enormes dispendios de recursos provenientes del petróleo y, con Peña, de la recaudación excedente habida. La categorización más adecuada a estos gobernantes y su funcionariado estelar de apoyo es la de una marcada ineficiencia. El resultado ha dado lugar a toda una época ­decadente, corrupta y violenta, como no se había visto desde la Revolución. Ese es el entramado que espera al siguiente presidente emanado de la actual competencia electoral. Y es por eso que dos de ellos, del PRIAN, se alinean obsequiosos a la continuidad del modelo imperante. Y es también por eso que AMLO reclama y disiente, mientras una ola enorme de descontento va apilándose tras alguien que ofrece, de cierto, responder al cambio entrevisto como posible, deseable y necesario.