Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 28 de octubre de 2007 Num: 660

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Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

El filósofo de la seducción
JUAN E. FERNÁNDEZ ROMAR

Carta al cónsul de Chile

Generación NN: poetas chilenos durante la dictadura militar
FABIÁN MUÑOZ

Dos poemas
E.E. CUMMINGS

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Columnas:
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Angélica Abelleyra

Betasabeé Romero: el arte, única forma de resistencia

Estudió comunicación en sus ramas de filosofía y semiología. Pero pronto advirtió que su camino de la resistencia no se podía dar a través de los medios de comunicación ni sólo a partir teoría o el llano análisis. Entonces Betasabeé Romero (DF, 1963) se refugió en el arte: esa forma de conocimiento que le ha ayudado a entender la temperatura de cada instante y las sutilezas de esas microhistorias que la confrontan, la sublevan. Y a partir de la relectura de las fronteras –más que geográficas, mentales y espirituales– y de un rescate de los símbolos de Ciudad de México, ella da fe de sus complicidades.

Por medio de metáforas, se vuelve cómplice de los migrantes, de los mecánicos, de los hombres y mujeres colocados en situaciones límite. Con ex votos pintados sobre cofres de auto, en espejos retrovisores esmerilados, en llantas de coche grabadas con grecas y flores, Betasabeé explora las condiciones complejas de la identidad, el sentido de pertenencia, las raíces.

Su abuelo postizo fue Luis González Obregón. No lo conoció, pero en casa la biblioteca familiar estaba repleta de volúmenes del México viejo y sus historias. Además, ella supo de la enorme vocación de aquel cronista por relatar con detalles y desenfado las microhistorias que conformaron el México de antaño. Y ese sentido de historia con minúsculas le apasiona. Cree que es allí donde el arte hace su tarea y donde ella logra trazar algunos mapas de las microutopías que inventa.

Utopías, una palabra que no logra asir. Y sin embargo, la adoptó como suya aun con los fracasos universitarios (estudió en la Universidad Iberoamericana) de formar estaciones de radio alternativa o proyectos colectivos de comunicación. Veía con nostalgia los esfuerzos en grupo de los artistas que en 1968 lograron proyectos contestatarios, y comprobó finalmente que sólo el camino del arte le daría las herramientas para construir su sentido de cultura de la resistencia.


3 roues

Estudió la maestría en artes visuales en San Carlos, pero su aire trasnochado de Escuela Mexicana de Pintura y los colegas centroamericanos que todavía en los años ochenta buscaban la panacea muralista, hizo que viajara a París y allá hiciera otra maestría en el Louvre.

En la lejanía refrendó su profundo interés por experimentar con el paisaje urbano y rescatar lo que había quedado de aquella región más transparente del Valle de México, aquella ciudad de los palacios. Desde entonces le inquieta la falta de orgullo que en general los mexicanos tenemos de nuestro paisaje urbano y lo proclive que somos a destacar sólo sus horrores.

Llantas, coches, vírgenes de Guadalupe –o su halo previsto en mantos–, flores destellos, calacas, petates, autopartes, taxis desvencijados, enterrados en arena o ahogados en fuentes, son por tanto los iconos de los que echa mano. Son sus grandes capitulares para “escribir” sus microhistorias del Valle de México: una región donde conviven demasiados contrastes que a Betasabeé le duelen y la mueven a la crítica visual mediante sus piezas e instalaciones in situ.

Su obra se ha presentado en Nueva York, Los Ángeles, Idaho y Chicago (EU), Canberra (Australia) y varios espacios de México, entre los que destacan su vecina, la colonia defeña Buenos Aires y otro espacio urbano sui géneris que la marcó de por vida: Tijuana (Baja California).

En sus talleres dirigidos a los latinos en EU –donde paradójicamente casi no acuden mexicanos, sino migrantes de origen europeo– ha comprobado la capacidad del arte para traspasar esas fronteras y generar complicidades. Sin un lenguaje literal de por medio, con su arte Betasabeé hace un homenaje a las manos que son fuerza de trabajo en el país vecino, y también reconoce la profunda adaptabilidad a una cultura que han hecho suya con la introyección de “su” México a través de los frijoles que prepara la tía, o el zapoteco que se habla entre ellos, o los remedios caseros de la abuelita.

Por lo pronto, Betasabeé mantendrá su atención en estas complejidades fronterizas. Y continuará con su desconstrucción física y conceptual de automóviles que, como en México, sirven lo mismo de refugio a los sin-casa que de estatus o de chatarra cuando están desvencijados. Explorará además otra cara de estos iconos, ésa que ella les da de ser los “chivos expiatorios de la modernidad”, ya que en el siglo XX y el XXI se les relaciona más que nada con la violencia y la fragilidad.

Con estos intereses multiplicados en Tijuana y la Buenos Aires, en Cuernavaca y Brasil, Betasabeé recupera esas microhistorias y las reinventa para perseguir sus propias utopías.