Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 6 de julio de 2008 Num: 696

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Antonio Machado:
poesía perdurable

ALEJANDRO MICHELENA

El Poeta
ANDONIS DEKAVALLES

Valle-Inclán y los paraísos
JORGE GARCÍA-ROBLES

Los héroes encontrados
GUSTAVO OGARRIO entrevista con JUAN VILLORO

Arte y crítica feminista
ARNOLDO KRAUS

Los violentos desdichados
ROBERTO GARZA ITURBIDE

Leer

Columnas:
Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

En esta conversación con Juan Villoro, el tema central es la crónica y algunas de sus claves de interpretación. Al abordar el asunto de la heterogeneidad genérica de la crónica, Villoro deja caer un bautizo de fuego sobre su condición de poética anfibia, siempre a medio camino entre el periodismo y la literatura. El símbolo que ha propuesto Villoro –en las primeras páginas de su libro Safari accidental– para identificar la complejidad de la crónica, es el del Ornitorrinco: un animal que parece facturado a partir del desperdicio de otros animales, pero que muy pronto se revela como un magnífico espécimen de lo heterogéneo. Juan Villoro ha recibido en el último año dos premios. Por su libro de cuentos Los culpables (Editorial Almadía) obtuvo el Premio Antonin Artaud 2007, algunos meses antes había ganado el III Premio Internacional de Periodismo Manuel Vázquez Montalbán, por su libro de crónicas de futbol Dios es redondo. Villoro es autor de algunos libros ya clásicos de la literatura mexicana contemporánea, como La casa pierde (1999), Materia dispuesta (1996), Los once de la tribu (1995), El testigo, novela con la que ganó el Premio Herralde en 2004, entre otros.

Los héroes encontrados

Gustavo Ogarrio
entrevista con Juan Villoro

 


Foto: Carlos Cisneros/ archivo La Jornada

–¿Qué tiene que decir un género como la crónica en tiempos en que domina el olvido y el periodismo estrictamente comercial y mediático?

–Los cronistas de todos los tiempos han trabajado rodeados de un barullo absurdo. Los rumores morbosos siempre abundan más que las historias perdurables. Las explicaciones apócrifas de los sucesos dominan hasta que son relevadas por otras. A veces esto ocurre muy pronto (como con el periodismo surgido de la guerra de Vietnam), otras veces se necesitan décadas para llegar a ellas (Orhan Pamuk estuvo a punto de ser encarcelado hace poco por denunciar el genocidio de armenios cometido por los turcos a principios del siglo xx, y que aún no ha sido oficialmente aceptado.) En mayor o menor medida, cada crónica enfrenta discursos oponentes que dicen lo contrario. Es cierto que hay una tendencia mundial en favor de un periodismo esquemático, que dependa cada vez más de las imágenes y se ocupe de celebridades. En este sentido, hay un predominio del amarillismo mediático. Sin embargo, ese tipo de periodismo encuentra su antídoto en sí mismo: cada día se produce un “escándalo del año” que releva al anterior. Este canibalismo depura un poco el panorama. Por otra parte, no han dejado de circular las crónicas de calidad. La lengua española pasa por un buen momento en este sentido.

– La crónica , por un lado, es un género periodístico que vive para devorar a otros géneros cercanos, como el de opinión, el reportaje o la entrevista; por otro, aspira a transformarse en una poética. ¿Cómo asumir esta aparente contradicción?

–La crónica tiene un contrato irrenunciable con la verdad (o con aquello que el cronista considera verdadero). No puede falsear los datos, depende de ellos. Una de las característica de una buena crónica es que en algún momento debe llamar la atención sobre su importancia periodística, es decir, debe decir cuál es la noticia que justifica el texto. Curiosamente, es mucho más eficaz que esta llamada de atención sobre la trascendencia real de lo que se lee no aparezca al principio. Una crónica sigue la estructura de un relato, presenta un mundo propio y cuenta una historia que pide a gritos tener un desenlace. En la lógica del género, lo que cautiva es la realidad como relato: el caos de la Historia misteriosamente sometido a un orden y a un sentido. Por eso, sólo avanzada la trama resulta conveniente soltar el dato periodístico que justifica el texto. En otras palabras: lees un relato que de golpe se convierte en una noticia, y sigues leyendo con el valor acrecentado de saber que eso tiene importancia noticiosa. La crónica mezcla lo público y lo privado. El relato puede comenzar en clave íntima y sólo después se sabe que forma parte de un suceso de trascendencia pública.

Es obvio que necesitamos relatos para soportar el peso del mundo y darle sentido a un destino inescrutable. Todos los días nos contamos chismes, sueños, anécdotas que vuelven tolerable el entorno sugiriendo que ocurre en ciclos, creando la ilusión de que hay tramas completas. En el incesante flujo de la Historia, necesitamos fragmentos de sentido, relatos que hagan comprensible como testimonio lo que no pudimos entender como realidad. Tal es la segunda oportunidad que procura la crónica: estructura en un relato lo que ocurrió como desorden. Por eso debe obedecer a dos amos: la realidad que le brindan los datos y la subjetividad que los vuelve significativos. Se trata, en suma, de encontrar una encrucijada entre el mundo de los hechos y el individuo irrepetible que lo observa.

– ¿Qué nos dice la crónica que no puedan decir otros géneros?

–Las grandes crónicas establecen conexiones inesperadas entre zonas de la realidad que no se habían tocado. Esto permite leer el mundo de otro modo. Cuando Tom Wolfe habla de la carrera espacial, recuerda a las tribus del comienzo que, para evitar diezmarse en una batalla, recurrían a un combate solitario entre dos jefes. Para Wolfe, la disputa entre los astronautas estadunidenses y los cosmonautas soviéticos tiene la misma fuerza simbólica. Al entender la tecnología de punta en clave tribal, Wolfe arroja inesperada luz sobre la regulación de la violencia a través de la lucha tecnológica; otorga dimensión antropológica a un suceso que no se había entendido de ese modo. Lo mismo ocurre cuando la cronista catalana Empar Moliner asiste a un espectáculo de sexo en vivo y compara la vaselina con sabor a papaya untada en el pecho de un actor porno con la cocina de diseño de Ferrán Adrià. Dos formas del placer y de su distorsión se vinculan de modo inaudito. Moliner revela que la desaforada búsqueda de placer del porno no está tan lejos de la exaltada búsqueda de esencias de la cocina de investigación de Adrià.

– La crónica sirvió para que la mirada asombrada y ciega de los conquistadores narraran su confusión ante los otros inesperados; fue la forma discursiva bajo la cual se relataron las controversias políticas más importantes del siglo XIX; fue el género de la intimidad cultural de nuestras fallidas modernizaciones, así como la técnica que conquistó a pulso una perspectiva crítica en el siglo xx. ¿Cuál es tu versión de esta posible historia del género ?

–Hay que recordar que el cronista también escribe desde la incomprensión; sin darse cuenta refleja la cultura de su época, que está hecha de prenociones y falacias. Este es, en buena medida, el encanto de los cronistas de Indias: narran lo que no comprenden; carecen de vocabulario para los horrores y los portentos que atestiguan. Al describir Tenochtitlan como la nueva Venecia, reflejan la mirada de los soldados del Renacimiento. Su desconcierto posee la rara elocuencia de quien se describe al tratar de describir lo que ignora. Se trata de una narración anterior a la antropología (incapaz de entender lo ajeno y criticar lo propio). A partir del México independiente, las narraciones son mucho más deliberadas; casi siempre se trata de un discurso oponente, una forma de contestar otra versión, de procurar ser dueño de la última palabra. Los liberales del xix usaron el testimonio con un claro fin político y esta tendencia llega a Vasconcelos y Guzmán, los principales cronistas de la Revolución. Escriben en la derrota política cuando no les queda otra forma de lucha que el proselitismo de la memoria. Sin embargo, su efecto fue paradójico. Guzmán y Vasconcelos no pudieron liquidar el discurso oficial ni adelantar sus causas políticas a través de sus memorias, pero El águila y la serpiente y Ulises criollo fueron vistas como piezas maestras de la literatura, vale decir, de la ficción. En este sentido, me parece decisiva la aportación de Silvia Molloy en su libro Acto de presencia. Ahí analiza no sólo la escasez de textos que apelan al discurso de la verdad en la tradición latinoamericana, sino el hecho, aún más significativo, de que los textos de no ficción sean leídos en clave novelística, como si su prestigio cultural dependiera de constatar que se trata de invenciones. Hasta la fecha, los cuatro libros memoriosos de Vasconcelos suelen estar en las librerías en la sección de literatura de ficción. El asunto tiene que ver con la lejana oposición entre civilización y barbarie. Ante el desorden de la Historia latinoamericana, el escritor ha sentido que no basta comunicar la barbarie; hay que imaginar otro mundo posible en plan civilizatorio, volver a nombrar lo real, crear gestas fundacionales. Este empeño va de Martín Fierro a Cien años de soledad. A lo largo del siglo xx los cronistas representaban lo antiadánico: no bautizaban a los animales en el Jardín del Edén, los describían. En este sentido, fueron vistos como representantes de un género menor, contingente, que se olvidaría cuando esos temas perdieran importancia. Es algo bastante lógico. Los gobiernos independientes tardaron mucho en tener prensa libre (y hay países que aún no la tienen). En un medio autoritario, donde campea la impunidad, los relatos objetivos tienen pocas oportunidades de progresar; circulan en el territorio de la barbarie, de ahí la necesidad compensatoria de contar con el espacio de civilización que sólo alcanza lo ficticio.

– ¿Cómo haces para contener al cronista cuando la ficción te reclama esa independencia que exige su particular composición y perspectiva?

–Tengo estados de ánimo muy cambiantes. Con frecuencia esto me desespera en mi vida personal, pero en la literatura me permite habitar cuartos distintos en los que asumo diversas conductas. Un cuento debe sugerir, no explicar. En cambio, una crónica que carezca de claridad inmediata es innecesaria. Al cuentista le conviene ser tímido, discreto. El cronista puede ser enfático, abiertamente irónico. El cuentista puede ser una pésima persona y aprovechar sus malas vibras para la atribulada vibra de sus personajes. El cronista tiene que establecer empatía con su tema, ganarse la confianza de sus testigos, procurar la objetividad. En la comparación de estos oficios sucede como en la amistad o el amor. Hay gente que sólo se puede relacionar con cierto tipo de persona, y hay gente que cambia de acuerdo con la persona que está. Practicar diversos géneros requiere de este deseo de transformación, lo cual no garantiza, por supuesto, que se trabaje bien en todos ellos.

– ¿Tiene futuro la crónica en un mundo que ve el pasado como una pesadilla y el presente como el eterno transcurrir de la destrucción y el tedio?

–Walter Benjamin habló de la Historia como un vendaval que todo lo arrasaba. El cronista vive esa tempestad desde un presente que puede parecer inmóvil. En todas las épocas, las opiniones mayoritarias han sido imbéciles. Pero el cronista no se resigna ante esas voces atronadoras. Los evangelios fueron escritos con cuatro perspectivas distintas, pero todos aparecieron como relatos frágiles, cuya supervivencia en modo alguno estaba garantizada. De la saga del Rey Arturo (los caballeros de la mesa redonda, la espada Excálibur, el mago Merlín) no queda otra prueba fidedigna que los relatos. Y sin embargo, Occidente es impensable sin esos testimonios. Ninguna época se disipa en la banalidad. Nadie vio morir al emperador Constantino en la caída de Constantinopla en 1453. Su ciudad estaba perdida y enfrentó una batalla desigual. Antes de subir a su caballo se quitó las insignias y cualquier signo que pudiera hacerlo reconocible como emperador. Moriría pero no sería capturado por los otomanos. Dejó un hueco: perdió la guerra, Constantinopla ardió, pero él ganó la batalla futura de ser recordado. Todas las épocas son monótonas y banales. En todas, los cronistas encuentran a sus héroes.