Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 12 de octubre de 2008 Num: 710

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Balzac: malos negocios y buenas novelas
ALEJANDRO MICHELENA

Ven pues entre la destrucción
Anestis Evánguelou

Dos poetas

El espacio de la transgresión
ADRIANA CORTÉS entrevista con MÓNICA LAVÍN

Carlos Montemayor: entre la palabra y el punto
HERLINDA FLORES

Pasto verde: cuarenta años de irreverencia
QUETZALCOATL G. FONTANOT

Las profundas simplicidades de Julio Torri
RAÚL OLVERA MIJARES

Leer

Columnas:
Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
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Juan Domingo Argüelles

Interpretaciones del verso intelectual

Nos referiremos aquí, por supuesto, a la poesía y, especialmente, al verso, pero respecto de la prosa narrativa Gabriel García Márquez ha relatado, entre otras deliciosas anécdotas de este tipo, la siguiente: “Un maestro de literatura le advirtió el año pasado a la hija menor de un gran amigo mío que su examen final versaría sobre Cien años de soledad. La chica se asustó, con toda la razón, no sólo porque no había leído el libro, sino porque estaba pendiente de otras materias más graves. Por fortuna, su padre tiene una formación literaria muy seria y un instinto poético como pocos, y la sometió a una preparación tan intensa que, sin duda, llegó al examen mejor armada que su maestro. Sin embargo, éste le hizo una pregunta imprevista: ¿qué significa la letra al revés en el título de Cien años de soledad? Se refería a la edición de Buenos Aires, cuya portada fue hecha por el pintor Vicente Rojo con una letra invertida, porque así se lo indicó su absoluta y soberana inspiración. La chica, por supuesto, no supo qué contestar. Vicente Rojo me dijo cuando se lo conté que tampoco él lo hubiera sabido.”

Sin embargo, añadimos nosotros, esa letra “e” invertida en la palabra soledad le ha dado a muchísimos académicos garciamarquianos una buena cantidad de puntos curriculares, gracias a sus interpretaciones y exégesis “plurisignificativas” que van desde el carácter introvertido de Úrsula Iguarán hasta el genio enrevesado de los Buendía, pasando por la hipótesis de ser una clave esotérica de Melquíades. ¿Y cuántos salarios no habrán devengado esos académicos, durante los años de soledad en sus cubículos de altos estudios, muy serios y ensimismados, gracias a la genial ocurrencia de Vicente Rojo? Así se las gastan, y a eso le llaman metadiégesis o algo así.


Foto: Alejandro R., cortesía
flickr.com

Gabriel Zaid ha dicho que, a muchos profesores y críticos de literatura, la poesía que sí se entiende los desconcierta, al grado de no entender nada y quedar paralizados sin poder siquiera decir o escribir una mínima línea interpretativa. En cambio, la poesía que no se entiende, les da “ocasión para pedir becas, investigar y organizar toda una industria hermenéutica”. Por eso los poetas que escriben para que no se les entienda tienen tanto éxito entre los académicos y los críticos, pues éstos se sienten buscadores de tesoros en las profundidades de un mar de tinta más negro y denso que una excreción de calamar.

La elegante ironía de Alain de Botton es devastadora cuando dice: “Solemos asumir que el libro que nos traemos entre manos es de una inteligencia superior cuando dejamos de entenderlo.”

No estorba al poeta ser inteligente, sobre todo si su inteligencia le sirve para saber que la poesía no es exclusivamente un ejercicio intelectual, sino también, y sobre todo, un lenguaje con una enorme carga de emoción que involucra todos nuestros sentidos. Desde luego, cuando la poesía es auténtica.

Ramón López Velarde lamentaba, en 1917, que el “verso intelectual” se hubiese convertido en moda para contraponerse a la “verdadera originalidad poética” que radica en las sensaciones. Para él, el verso intelectual, así lo dijo, era “una lamentable desviación” de la auténtica originalidad poética.

Después de todo, no era tan esquemático Jaime Sabines cuando, con sorna festiva, escribió en Maltiempo (1972) este incisivo poema en prosa que dedicó a Rubén Salazar Mallén porque advirtió que le había salido, sin querer, como un artículo periodístico: “Hay dos clases de poetas modernos: aquellos, sutiles y profundos, que adivinan la esencia de las cosas y escriben: ‘Lucero, luz cero, luz Eros, la garganta de la luz pare colores coleros', etcétera, y aquellos que se tropiezan con una piedra y dicen ‘pinche piedra'. Los primeros son los más afortunados. Siempre encuentran un crítico inteligente que escribe un tratado ‘Sobre las relaciones ocultas entre el objeto y la palabra y las posibilidades existenciales de la metáfora no formulada'. De ellos es el Olimpo, que en estos días se llama simplemente el Club de la Fama.”

Estos poetas “de la rítmica pirueta y del/ contrángulo de la palabra”, como los ha llamado Marco Antonio Campos, ¿cuántos versos nos han dejado en el corazón? Y, como también ha preguntado, ¿cuántos de sus versos nos han revelado un mundo?

En sus Adagios, Wallace Stevens nos ilumina: “Leemos la poesía con los nervios” y “lo que intentamos obtener en el poema es la vida misma”.