Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 16 de noviembre de 2008 Num: 715

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Viajando
(cuentos cortos alternativos: el lector decide cuál final prefiere)

RICARDO GUZMÁN WOLFFER

Versos, 2
TITOS PATRIKIOS

El arte olvidado de la conversación
ADRIANA KOLOFFON entrevista con ROB RIEMEN

Raymond Carver, poeta del “realismo sucio”
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

La mentira
RAYMOND CARVER

Los rayos gamma en 2012
NORMA ÁVILA JIMÉNEZ

Leer

Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Javier Sicilia

La corrupción de la lengua

En los años setenta, el lingüista Pierre Souyris escribió un libro fundamental que esperamos ver pronto publicado en español por la Universidad Iberoamericana de Puebla, La Désintégration du Verbe. Critica profunda a ese axioma moderno de la lengua inventado por Saussure, “la arbitrariedad lingüística”, y meditación espiritual de las graves consecuencias que la desintegración de la lengua genera en la percepción del sentido, Souyris nos alerta sobre un hecho terrible que viven nuestras lenguas: su “algebraización”.

Las lenguas antiguas de Occidente –pienso en el latín y el griego– guardaban en la raíz de la palabra el significado (“Si quieres conocer el significado de una palabra –alertaba Isidoro de Sevilla– busca su raíz.”) Las nuestras, en cambio, la han perdido a fuerza de flexionarse. Nosotros ya no sabemos –y cada vez menos, porque el estudio del latín y el griego han dejado, para nuestra desgracia, de enseñarse en las escuelas– lo que las palabras quieren decir. Ellas sólo adquieren sentido –un sentido, por lo tanto, muy restringido– por su disposición en la frase, al grado que ya no buscamos en el diccionario –como lo hacen todavía los diccionarios de lenguas semíticas que, a diferencia de las nuestras y contra las afirmaciones de Saussure, no han sufrido mutaciones– una palabra por su raíz, sino por su letra inicial. Esta realidad no sólo hace que el significado de las palabras en las definiciones de los diccionarios sea a veces tautológico –“Antológico: Relativo a la antología” o “Benefactor: bienechor”–, sino que enfatice la condición “algebrosa” de la lengua.

Lo que caracteriza a las letras en el álgebra es su arbitrariedad: su valor cambia según la ecuación. Lo mismo sucede con nuestras lenguas. Al perder su raíz, la palabra puede adquirir significados arbitrarios, caprichosos y perversos que contradicen su significado real, su denotación. Muchos ejemplos, que no cabrían en la brevedad de este artículo, podrían darse al respecto. Tomo uno. Eran los años setenta, yo estudiaba francés en la Escuela para Estudiantes Extranjeros en Aix-en-Provence. En la escuela me había hecho amigo de un paraguayo y en la ciudad de un puñado de muchachas francesas con las que al terminar las clases me reunía para tomar café o ir al cine; y yo practicar mi francés y ellas su español. Una mañana, al llegar a la escuela, me encontré con el paraguayo que me increpó: “¿Cómo están tus pendejas?” Me molesté: “¿Por qué las insultas?” “No las insulto –me respondió– son unas pendejas”. “Oh que la chingada –comenzó a encabronarse el mexica que traigo adentro–. Les vuelves a decir pendejas y te rompo la madre.” El paraguayo abrió asombrado los ojos. No comprendía mi enojo. Después de varios jaloneos verbales que por poco nos cuestan los golpes y la amistad, comprendí: “ pendeja para él es lo que para nosotros es la dulce y hermosa palabra muchacha”. Lo que denotativamente la palabra significa: “el primer bello púbico de una adolescente”, connotativamente era para el paraguayo un muchacha y, para la perversión de mi lengua española, una estúpida, alguien sin juicio. Hablábamos la misma lengua, pero ya no sabíamos lo que significaba, no encontrábamos su sentido, su raíz, su fuerza significante.

Alguna vez, Octavio Paz escribió: “Cuando la palabras pierden sus significados, las sociedades se pierden y se prostituyen.” Somos prisioneros de nuestra lengua y su corrupción nos ha hecho perder no sólo el sentido, sino la profundidad de nuestra humanidad. Quizá el mundo en que vivimos, ese mundo donde todo es intercambiable, donde el hombre se ha reducido al puro derecho de su individualidad y de sus autorreferencias; nuestro mundo que habita la espacialidad y no el locus, el desarriago y la desmesura, sea hijo de la pérdida de nuestras raíces lingüísticas, de esa lenta y dolorosa desintegración de la palabra, de esa “algebraización” de las lengua, donde todo es tan arbitrario como posible en su absurdidad. “Apréndelo bien –decía Platón a Critón–. La incorrección en la lengua no es sólo una falta contra el lenguaje, hace también mal a las almas.”

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco- cm del Casino de la Selva , esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a los presos de Atenco y de la appo , y hacer que Ulises Ruiz salga de Oaxaca.