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En cálido ambiente, familiares y amigos recordaron el 11 aniversario luctuoso del pianista

Reconocen el ejemplar servicio a la cultura del país de Miguel García Mora

La investigadora Gloria Carmona destacó la labor de promoción del homenajeado, al crear, seducir y domesticar a un público joven en su paso por la UNAM

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En la imagen, Raúl Herrera, Fernando Díez de Urdanivia, Gloria Carmona y Luis Herrera de la Fuente, durante el homenaje que recordó la labor del pianista Miguel García Mora, en la fotografía sobre el pianoFoto Francisco Olvera
 
Periódico La Jornada
Lunes 23 de febrero de 2009, p. a13

Entre anécdotas, recuerdos cariñosos y el reconocimiento a su invaluable legado a la cultura en México, la noche del sábado se rindió homenaje al pianista y promotor musical Miguel García Mora, con motivo de su undécimo aniversario luctuoso.

Ni la lluvia ni el descenso de la temperatura que se registraron en el transcurso de la tarde y la noche fueron impedimento para que la Sala Carlos Chávez del Centro Cultural Universitario se llenara en tres cuartas partes de su capacidad, con una audiencia conformada por familiares y amigos del músico, melómanos y uno que otro creador e intérprete, como el compositor Federico Ibarra.

Lejos de la solemnidad distante e intimidatoria que a veces distingue a estos actos, las casi dos horas que duró la velada se desarrollaron en medio de una atmósfera cálida e íntima en la que los participantes destacaron la tarea y la figura de García Mora al servicio de la música, que fue de muchas maneras ejemplar.

El acto fue encabezado por amigos muy cercanos al artista, quien nació en 1912 y falleció en 1998: el director de orquesta Luis Herrera de la Fuente; la investigadora Gloria Carmona; el crítico y editor musical Fernando Díez de Urdanivia, y el pianista Raúl Herrera.

De esas intervenciones, sin embargo, destacaron las del maestro Herrera de la Fuente, por el toque humorístico y humano con el que presentó a García Mora, y la de Gloria Carmona, quien se encargó de dimensionar su importancia para el desarrollo de la música de concierto en México, a partir de su ingreso al Instituto Nacional de Bellas Artes, a principios de la década de los 50.

La especialista, sin dejar de reconocer la importancia que el pianista tuvo en el panorama de la interpretación y la vasta cultura que lo distinguía, se enfocó en destacar la trascendencia que tuvo en el ámbito de la promoción, programación y difusión cultural.

En específico, se refirió al trabajo que García Mora desarrolló en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en la que se desempeñó, a partir de 1955, como jefe del Departamento de Música, área en la que instituyó una iniciativa de dimensiones históricas.

Se trató de los conciertos de cámara en el auditorio de la Facultad de Medicina que, con el paso del tiempo, se conocerían como los conciertos de Difusión Cultural. En ellos, el pianista y promotor no sólo logró seducir y domesticar, crear un nuevo público, integrado en su mayoría por jóvenes, sino que, con su amplia preparación, profunda sensibilidad y buen tino, contribuyó a escribir varias de las más importantes y notables páginas que el arte sonoro mexicano tuvo en el siglo XX.

Gloria Carmona mencionó el decidido impulso que el maestro otorgó a los jóvenes valores mexicanos en los terrenos de la creación y la interpretación, al tiempo que promovió la programación de mucha de la música de la vanguardia de aquella época, con la participación de destacados intérpretes internacionales.

Mencionó, como ejemplos, los recitales que García Mora realizó al lado de la soprano Irma González, o el concierto a cuatro manos en dos pianos con María Teresa Rodríguez, en el que estrenaron en el país Mamá la oca, de Ravel.

Nombres de artistas nacionales e internacionales y más conciertos memorables –en ambos rubros salió a relucir el nombre del fallecido director Eduardo Mata–, se sumaron en la memoria de Gloria Carmona, quien rubricó su intervención subrayando que la pasión y reverencia que García Mora profesó por la música lo erigen, sin duda, como uno de los personajes más notables para la cultura y el arte de México.

La de Luis Herrera de la Fuente fue una participación cariñosa, cálida, en la que mencionó que su amistad con el pianista comenzó gracias a que éste lo invitó a hacer un hueso, que en el argot del medio significa un trabajo por fuera. Y no cualquier hueso, recordó, era uno que pagaban muy bien, uno en el cine, en una película de Miroslava.

Recuerdos y anécdotas se sumaron en voz del maestro, quien develó al pianista como el amigo que gustaba de los albures, el buen vino y tocar jazz en los tiempos libres, así como el cómplice y apoyo incondicional de varios proyectos que, con el paso del tiempo, han resultado fundamentales para el desarrollo musical del país.

Sobre esto, destacó el determinante apoyo que recibió de García Mora, cuando éste era el encargado de música del Instituto Nacional de Bellas Artes, para fundar la Orquesta de Cámara del instituto, a mediados del siglo pasado.