Sociedad y Justicia
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OIT: persiste la idea de que la mujer que labora debe atender a esposo, hijos y enfermos

Conciliar trabajo y familia, lápida para el desarrollo femenino ante desdén del Estado
 
Periódico La Jornada
Lunes 13 de julio de 2009, p. 43

Buenos Aires, 12 de julio. No cuenta si son blancas o afrodescendientes, ricas o pobres, jóvenes o mayores. Tampoco vale si trabajan o si tienen estudios: en América Latina la responsabilidad por el hogar, el cuidado de los hijos y los ancianos recae sobre las mujeres, mientras el Estado mira para otro lado.

Las estrategias son regularmente privadas. Si ellas no pueden afrontar solas el desafío de conciliar trabajo y familia, apelan a otra mujer: su madre, su suegra, sus hermanas, sus hijas mayores, vecinas o –si puede pagarlo– una empleada doméstica y cuidadoras para los adultos mayores.

Se levantan antes que nadie en su casa y se van a dormir las últimas. Con excepciones –en general limitadas al periodo de nacimiento y lactancia– el Estado se desentiende de esta sobrecarga. Se da por sentado que los cuidados son básicamente un asunto privado, sostiene el informe Trabajo y familia: hacia nuevas formas de conciliación con responsabilidad social, presentado este mes en Chile.

La investigación fue elaborada por la región latinoamericana y caribeña de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, a fin de poner en agenda uno de los mayores retos actuales para promover la igualdad y combatir la pobreza.

Según este informe, entre 1990 y 2008 la participación laboral femenina en la región pasó de 23 a 53 por ciento, y si se cuenta la franja de mujeres de entre 20 y 40 años, el porcentaje de las que trabajan fuera del hogar es ahora de 70 por ciento.

Sin embargo, no se han producido rupturas significativas en las concepciones culturales predominantes, las cuales consideran que la reproducción social es responsabilidad de las mujeres, y no una necesidad social, lamenta el estudio.

Natalia Gherardi, de la organización no gubernamental argentina Equipo Latinoamericano de Justicia y Género, mencionó que “los cuidados no son una responsabilidad de la familia –que los deriva en las mujeres–, sino del Estado y la sociedad”.

Agregó que el Estado sólo interviene muy marginalmente mediante normas aisladas que no siempre controla.

Esta distracción sugiere que el Estado no es neutro, sino que tiene género. El Estado es varón, como el derecho y como todas las estructuras de poder basadas en la organización patriarcal de nuestras sociedades, remarcó.

Las mujeres destinan entre 1.5 y cuatro veces más tiempo que los hombres a las tareas hogareñas. Esta sobrecarga es la base de las desventajas y discriminaciones que ellas experimentan en el trabajo, advierte el informe.

Según el estudio no ha aumentado la provisión de servicios públicos en apoyo a estas tareas. Sólo en algunos países se exige a las empresas una guardería cuando hay mayoría de trabajadoras. La licencia por paternidad aún no está difundida en la región y muy pocos estados reconocen licencias por enfermedades, que las puedan reclamar tanto hombres como mujeres.

Las coordinadoras del estudio, María Elena Valenzuela y Juliana Martínez, consideraron que el Estado debería avanzar en políticas universales de conciliación, para que las responsabilidades familiares no sean una lápida sobre las mujeres, que les impidan su desarrollo y bienestar.

Mejorar la capacidad de la seguridad social mediante servicios de cuidado o de subsidios para pagarlos, es una salida.

La venezolana Morela Alcalá ignora esta investigación. Como millones de mujeres en la región, se levanta al alba para preparar el desayuno, la vianda que los niños llevarán a la escuela, la cena y las medicinas para su madre que sufre del corazón.

Alcalá está separada y es manicura en una peluquería de Caracas. Consume tres horas en ir y volver de su trabajo. Pero aprovecha el viaje para echarse una siestita. Estoy muerta, afirmó.

En Brasil, los casos se repiten. Es mucho sacrificio, confesó Rosilene Ribeiro, una afrobrasileña de 36 años con marido y dos niños. Una tiene que dividirse en dos, se quejó. Se apoya mucho en su suegra, que cuida a sus hijos a cambio de la comida.

Su esposo, albañil, ayuda cuando no tiene trabajo. Cuando lo contratan, ella, que trabaja por horas en el servicio doméstico, asume la doble jornada. Al regresar a casa, prepara la cena y el almuerzo del día siguiente.