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Bajo la Lupa

Desglobalización y neoproteccionismo

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El operador financiero Billy Scott realiza intercambio de acciones en línea desde su casa en Prattville, Alabama, anteayer; tras el colapso de los grandes bancos, operadores vía Internet han experimentado un augeFoto Reuters
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ientras en el México neoliberal impera la insanidad mental en todo su resplandor, Joe Quinlan, jefe estratega de mercados y de la dirección de inversiones y riqueza global del Bank of America (¡vaya títulos estériles!), expone los peligros (sic) de la desglobalización en The Financial Times (21/7/09), portavoz del neoliberalismo global en agonía.

Bajo la Lupa acuñó el término desglobalización con antelación mundial y fue plasmado en un libro prospectivo (Hacia la desglobalización, Editorial Jorale /Orfila, 2007).

No le vamos a cobrar derechos de autor a Joe Quinlan, quien teme el advenimiento de la desglobalización debido a las iniciativas de los gobiernos en favor del proteccionismo, pese a todas las medidas que en forma irónica promueven el crecimiento global (rescates bancarios, gasto fiscal, recortes impositivos, etcétera).

Cuando la fauna neoliberal de los De la Madrid, los Salinas, los Zedillo, los Fox, y sus Carstens, Gurrías y otros deplorables tutti quanti (con sus seudointelectuales subvencionados), han sido arrojados masivamente al basurero de la historia sin posibilidad de reciclaje, Calderón dio pena ajena al haber emitido su única expectoración, durante la reciente cumbre del G-8 en Italia, en contra del proteccionismo, es decir, la realidad pura que asienta sus reales.

Mata de risa que Joe Quinlan se asuste de los peligros de la desglobalización cuando la desregulada globalización financiera anglosajona ha provocado una de las peores catástrofes económicas desde la Edad Media.

Aduce que el proteccionismo se ha vuelto una industria (sic) en crecimiento, cuando numerosos países, incluido Estados Unidos (¡súper-sic!), optan por varias barreras directas e indirectas al comercio.

Cita las jeremiadas del Banco Mundial, un instrumento de la desregulada globalización anglosajona que, desde el inicio de la crisis financiera global, en septiembre de 2008, detectó 90 nuevas restricciones comerciales.

Refiere que en el G-20, el nuevo grupo de poder que pretende salvar al mundo después de casi haberlo destruido, 17 países han implementado algún tipo de proteccionismo comercial pese a sus promesas contrarias. ¿Desea Joe Quinlan que desaparezcan los países sin protegerse, con el solo fin de beneficiar exclusivamente al pernicioso neoliberalismo anglosajón?

Cuando se avecinan las tormentas se suelen cerrar las ventanas en lugar de abrirlas todavía más, como alucina Joe Quinlan, portavoz de los intereses del Bank of America, un banco con un historial muy peculiar que no ha beneficiado al género humano, ni siquiera a la gran nación estadunidense decapitada en el altar bursátil de Wall Street.

Obsesionado por el librecambismo, Quinlan se lamenta de las recientes infracciones comerciales desde Estados Unidos y Europa (masivos subsidios automotrices), pasando por Rusia (tarifas al hierro y al acero), hasta Brasil y Argentina (restricciones agrícolas).

Su peor pesadilla la constituye China, que adoptó recientemente una plataforma explícita para comprar chino, lo cual ha provocado fuertes tensiones (Jamil Anderlini, The Financial Times, 16/6/09).

Admite desolado que el gobierno de Obama hizo lo mismo mediante el paquete de estímulo fiscal al clavar una serie de provisiones para obligar a comprar estadunidense.

Si los dos motores principales de la economía global, Estados Unidos y China, adoptan medidas proteccionistas, ergo la globalización se encuentra moribunda, al menos en su faceta mercantil, ya que falta sepultar todavía su primordial emanación financiera para diagnosticar el paro cardiaco del neoliberalismo agónico y cuyos estertores confunde Joe Quinlan con signos vitales.

Sin morderse la lengua, Quinlan, defensor impertérrito de los intereses bancarios de Wall Street, fustiga el descarado (sic) proteccionismo de China con el fin de mitigar el descontento obrero. ¿A poco no es una medida correcta si se trata de armonizar los intereses de una sociedad vista en su conjunto? ¿Pueden existir, acaso, los parasitarios banqueros sin los empleados y obreros quienes, además, son despojados de sus ahorros para rescatar a Wall Street sin su permiso? En caso de no ser encarcelados antes, ¿a qué planeta más allá de la Vía Láctea se irán a hospedar los banqueros neoliberales?

El solipsismo bancario de Joe Quinlan no tiene límites, pero tampoco es tan tonto para dejar de percibir que los embates del disgusto social tocan a las puertas de Wall Street: piensen en las presiones crecientes en los estados cuyas economías se han hundido profundamente en la recesión. ¿Se referirá al México neoliberal, flagelado por un crecimiento negativo de 9 por ciento, que lo tiene al borde de la balcanización y la vulcanización?

Más que el proteccionismo mercantilista, a Quinlan le entró el pánico de la desglobalización en su vertiente financiera y su corolario bancario: para los inversionistas (sic), un peligroso (¡súper-sic!) nuevo (sic) mundo amenaza (sic) en el horizonte, donde los flujos comerciales son restringidos, las inversiones transfronterizas son inhibidas y las políticas industriales (sic) que favorecen a las firmas domésticas toman precedente a expensas (¡súper-sic!) de las importaciones y la competitividad foránea.

Se compunge de que la desglobalización dejará a los consumidores pagando mayores precios por los bienes importados, mientras dificulta a las trasnacionales el acceso foráneo a los recursos y a los mercados (nota: esto último es lo que más les duele).

¿Cuál fue el beneficio que obtuvo el México neoliberal en la globalización que acabó por destruirlo internamente? Con todo y el TLCAN, ¿clasificará Joe Quinlan de proteccionismo al ignominioso muro transfronterizo que erigió Baby Bush ante las narices del panismo foxiano-calderonista?

Se acongoja de que muchos países en vías de desarrollo sufrirán un declive estructural de las remesas debido a los grilletes que le colocan a la economía global. A quienes urge plantar grilletes es a los banqueros parasitarios, quienes tienen esclavizados a los ciudadanos del mundo gracias a la desregulada globalización financiera.

Se percata de que conforme los rangos del desempleo se engrosan en el mundo, en los meses que vienen crecerá la reacción violenta contra la globalización. La alternativa puede ser la desglobalización o el desgajamiento de una arropada (sic) economía global.

El gran mito de la globalización es que no fue una globalización humanista con alcances universales para la mejoría del ser humano y la prosperidad del bien común, sino un vulgar oligopolio financierista primitivo de control mundial por la plutocracia de la banca israelí-anglosajona de Wall Street y la City.

No hay nada que hacer, dear Joe Quinlan, cuando la desglobalización se tornó inevitable: lo previmos a contracorriente hace tres años; hoy lo confirmamos más que nunca, cuando las corrientes históricas son notablemente límpidas.

Sea lo que fuere, la desglobalización que viene no podrá ser peor que el cataclismo de la globalización financiera que hoy padece el género humano.