Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 6 de septiembre de 2009 Num: 757

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Poema de los treinta años
RODOLFO USIGLI

El Viaje Adolescente
RODOLFO USIGLI

Riesgo inminente
ROLANDO GÓMEZ

Figuras de un apocalipsis en las ruinas de Nueva York
THOMAS MERTON

El 9/11 ocho años después: la herida abierta
NAIEF YEHYA

El hambre en Nueva York
EDITH VILLANUEVA SILES

Columnas:
Galería
RAÚL OLVERA MIJARES

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 


Maqueta en el Memorial Museum de las torres gemelas


Reconocimiento e historias de pérdidas en las vitrinas


Abundan las fotos de desaparecidos


Vitrinas dedicadas a los bomberos


Maqueta de cómo sera el futuro World Trade Center, con los dos espacios de las Torres desaparecidas

El 9/11 ocho años después: la herida abierta

Naief Yehya

Nada es más inquietante e inasible que el dolor ajeno. Verbalizar el sufrimiento conduce muy a menudo a lugares comunes, metáforas cansadas y bochornosas expresiones kitsch. Este 11 de septiembre se cumple el octavo aniversario de los ataques en contra de las Torres Gemelas y el Pentágono. El 9/11 cambió a Nueva York de muchas formas, pero quizás lo más evidente es que pudimos ver cómo el dolor individual, familiar, comunitario fue siendo reemplazado-devorado por un dolor mediatizado, por una sensiblería patriótica poco tolerante a la disidencia, por una obsesión de culto con tintes sobrenaturales, por una fascinación por las reliquias y por la certeza de que la guerra es la solución para un mundo en crisis.

A ocho años del colapso de las Torres, el inmenso agujero que hoy conocemos como Ground Zero o Punto cero, apenas comienza a esbozar la fisonomía que tendrá el nuevo World Trade Center. Desde ese fatídico día de otoño, las obras en ese sitio no parecen haber cesado, y si bien la tarea de retirar los escombros fue realizada con asombrosa (y para muchos, sospechosa) velocidad, la construcción se ha retrasado por problemas legales, técnicos e ideológicos. En el prolongado período de estancamiento, Ground Zero pareció petrificarse y entrar en un paradójico estado embrionario latente. Por un lado, tenemos los incipientes cimientos de un nuevo complejo de bienes raíces monumental y ambicioso y, por otro, tenemos la excavación de las ruinas de una catástrofe que periódicamente da lugar a hallazgos macabros de fragmentos humanos.

Parecería que no hay prisa por dejar atrás el estado de duelo y luto, por levantar rascacielos y jardines en este sórdido Punto Cero. Y esta parálisis se escuda en parte en el ambiguo eslogan: “Nunca olvidaremos”, el cual evoca automáticamente al Holocausto y a la vez tiene resonancias de una revancha permanente, de una venganza sin fin.

Así, entre las calles de Vesey, Church, Liberty y West ha surgido una especie de parque de atracciones con el tema de los ataques. Ahí se amontonan capillas, exposiciones, memoriales, tributos, tiendas de souvenirs y vendedores clandestinos de recuerdos del ataque, como en una zonas arqueológicas de nuestro país, en donde el intenso tráfico de turistas internacionales entra en colisión con una industria que vive de vender recuerdos, llaveritos, peluches, bebidas y botanas a precios inflados. Pero esta zona de desastre fosilizada está incrustada en el corazón financiero planetario, un espacio bullicioso donde los testimonios de los sobrevivientes, los videos en cámara lenta de los aviones impactando los edificios y el cuartel de bomberos local compiten con tiendas que ofrecen ropa de diseñador y equipo electrónico a precios fabulosos.

La descomunal obra se ha tornado una especie de cráter místico en el centro del mundo, suelo sagrado donde más de 3 mil personas quedaron pulverizadas entre los escombros. Ground Zero es hoy un sitio de peregrinación, una catedral devastada en la que igual se lanzan plegarias por la paz mundial que se reza por el exterminio de los musulmanes. Este boquete en la tierra y la conciencia es el cementerio de los sueños rotos del siglo XX. Como escribe Susan Buck-Morss: “El ataque expuso el hecho de que el capitalismo global es imaginado inadecuadamente como desterritorializado.”Las Torres y el Pentágono fueron el blanco de los ataques porque eran respectivamente símbolos de la fortaleza financiera y militar de Estados Unidos. Pero la destrucción de esas construcciones, independientemente de su impacto humano y material, se convirtió en un símbolo doble: el del imperio débil, herido y vulnerable, y en el de la justificación moral para la venganza, para proseguir con la trágica misión “civilizadora” de Occidente, la fétida “carga del hombre blanco” que hoy se manifiesta en la brutal ocupación de naciones a las que se imponen procesos electorales paternalistas y profundamente corruptos.

Los ataques del 11 de septiembre casi coincidieron con el aniversario 187 de la toma e incendio de Washington, el 24 de agosto de 1814, por tropas británicas, las cuales tenían órdenes expresas de destruir los edificios públicos emblemáticos de la joven capital, como la Casa Blanca , el Capitolio y la Librería del Congreso, entre otros. La destrucción de la ciudad fue la represalia al ataque y saqueo estadunidense de York, en Canadá, hoy Toronto. Pero este fue tan sólo un pretexto. Lo que los británicos querían era aplastar el germen de la democracia republicana que ya había contagiado con ideales revolucionarios a Francia, a numerosas colonias y amenazaba ser una epidemia.


Los primeros pisos de los cuatro edificios que faltan

Pero los papeles no tardaron ni un siglo en invertirse. eu no aprendió mucho de la destrucción sembrada por las tropas del Rey George iv (quien amaba el arte y la arquitectura); en cambio, sí entendieron la lección de falsificar evidencias para justificar agresiones bélicas. Lo hicieron en 1898 cuando pretendieron liberar a Cuba de la ocupación española y acusaron a España de la destrucción del barco Maine (el cual, muy probablemente, explotó por un problema interno y no una mina). Algo no muy distinto sucedió con el incidente del Golfo de Tonkin en agosto de 1964: dos confrontaciones (una real y una imaginaria) de embarcaciones estadunidenses con patrullas norvietnamitas fueron el pretexto para que el Congreso autorizara al gobierno de Lyndon B. Johnson, a “asistir a cualquier nación del sudeste asiático en contra de la agresión comunista”, lo que se tradujo en la justificación legal para que Estados Unidos lanzara la guerra de Vietnam. No hace falta repetir aquí cómo fueron usados los ataques del 9/11 para justificar las invasiones de Afganistán e Irak. El país que nació exportando ideales de libertad y justicia se convirtió en un voraz y eficiente opresor de otros pueblos, y ese fue el pretexto de los criminales que secuestraron aviones para usarlos como misiles ese martes de septiembre.

La tragedia de unos es el atractivo turístico de otros. A Auschwitz, Choeung Ek o los Campos de la Muerte camboyanos e Hiroshima se ha sumado el Ground Zero neoyorquino, el cual algún día contará con un flamante museo y dos inmensas “huellas” de los edificios desaparecidos, como pisadas espectrales de un monstruo colosal, que parecerá tan irreal como King Kong o Godzilla. “Nunca olvidaremos”, es cierto. Lo que queda preguntarnos es ¿cómo recordaremos?


Turistas tomando fotos desde el World Financial Center

Puente que conduce al centro comercial Winter Garden en el World Financial Center