Opinión
Ver día anteriorViernes 16 de octubre de 2009Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Soulages en Beaubourg
L

a próxima Nochebuena, Pierre Soulages, pintor, cumplirá 90 años. Alto, fuerte, erguido, el esbozo de una sonrisa que parece contener el anuncio de una carcajada que es celebración de la inteligencia, la mirada profunda de la luz negra y chispeante de su pintura, Soulages contempla su alrededor con una lucidez a la que no escapa un ápice de la realidad... ni de lo imaginario. Sobre todo, de lo imaginario, más real que lo real, yacente en lo más hondo de las profundidades, raíces invisibles de las cuales emerge lo visible, todo eso que se va, que aparece para desaparecer, y que el artista trata de retener algunos momentos más en sus telas.

Soulages es el creador del outrenoir, el ultranegro. No en el sentido de lo negro extremo, como se diría ultraizquierda o ultraderecha. Ultra a la manera de los ultramarinos, los vinos, jamones, angulas, licores, venidos del otro lado del mar. Los otros confines del negro que aparece como un espacio y un puente. Bóveda celeste donde flotan los astros, vacío poblado de estrellas, travesía silenciosa de la luz. Pierre Soulages recuerda siempre que los hombres comenzaron a pintar en las profundidades oscuras de las cavernas. ¿Por qué? El artista se hace preguntas a las cuales responde con otra pregunta –lo cual es el movimiento mismo de una verdadera reflexión–: tan decisivo es que una cuestión no pueda satisfacerse de una simple respuesta en forma de punto final como es uso en los interrogatorios policiacos –¿su nombre?, ¿su edad?–, mientras que una cuestión no correspondiente a la simple ficha de identificación debe, al contrario, abrir el campo de una prolongación, excavar el espacio de una nueva cuestión que permita avanzar a la reflexión. Así, a la pregunta que plantea su pintura, Soulages responde: “Parce que...” Porque, puntos suspensivos. Suspenso, alto y pasmo, interrupción y embeleso. Suspensión del asombro.

Del ultranegro que el artista pinta emerge la vibración de la luz. Y esa luz crea nuevos espacios a su alrededor. Espacios envolventes que cambian según la posición del espectador: luz negra que lo ilumina, lo rodea, lo cubre, lo ciñe, absorbiéndolo y volviéndolo parte de la tela donde flota suspendido en el vacío que puebla como un astro más.

El Museo de Arte Moderno de París, conocido como Beaubourg, rinde homenaje durante seis meses a Pierre Soulages con la más extensa exposición consagrada a un pintor vivo: más de cien telas. Retrospectiva gigantesca que cubre más de medio siglo de su obra, sin duda el más grande artista europeo en vida. Celebración de sus 90 años que hacen preguntarme si la pintura no es un seguro de longevidad. Pienso en Picasso, Tamayo, Matisse y otros pintores casi seculares. ¿La pintura alarga la vida? ¿Cómo, por qué? Porque... “Parce que c’était lui, parce que c’était moi” (Porque era él, porque era yo), escribió Montaigne hablando de la amistad, ese uno mismo que es el otro cuando el reflejo es el colmo de la reflexión que no cesa.

Avant-première, inauguración. Los organizadores me dicen que no se enviaron más invitaciones que de costumbre, pero que todos los invitados respondieron con su presencia. La fila se forma interminable y la espera para entrar a las salas de exposición va de media hora a hora y media. Las personas aguardan con paciencia para penetrar en el recinto sagrado que es ahora un museo.

–En la pieza contigua las mujeres vienen y van hablando de Soulages... –dice un hombre parodiando a Eliot, intercambiando a Miguel Ángel por Soulages.

Colette Soulages nos abraza a Jacques y a mí. Compartimos en silencio el entusiasmo.

Los comentarios prorrumpen aquí y allá, frente a las pinturas, crepitan como carbones ardientes. Los visitantes guardan silencio, se detienen, miran. Muchas personas miran con la mente y no con los ojos. La pintura debe mirarse con los ojos, me dijo alguna mañana en su taller Soulages.

La luz está ahí, antes incluso que los ojos no se abran.