Opinión
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De la cumbre de Copenhague a Michoacán
Pablo Alarcón-Cháires
C

uando en 2003 el presidente de Brasil, Luiz Inacio Lula da Silva, eligió a Marina Silva como ministra de Medio Ambiente, infatigable defensora de la selva amazónica junto con el mártir de la lucha ambiental Chico Mendes, la esperanza llegó a los ambientalistas de todo el mundo. Y no se equivocaban. Las selvas Acre, estado de Marina Silva, a la fecha son de las mejor conservadas en la amazonia brasileña, donde además se gestan proyectos comunitarios de manejo de recursos naturales con bases sustentables.

Tres años después, en México, cuando el michoacano Felipe Calderón nombró al uruapense Juan Rafael Elvira Quesada como secretario de Medio Ambiente y Recursos Naturales, otra luz esperanzadora surgió respecto del futuro ambiental, ya no tanto del país, sino de Michoacán, pero nada más ingenuo y fatuo que ello. Hoy, más que en otros tiempos, los bosques michoacanos y de otras partes del país están siendo arrasados por talamontes o sustituidos por plantaciones, como de aguacate, dada la bonanza económica de ese fruto en el mercado internacional.

El 5 de junio de este año, Día del Medio Ambiente, el gobierno mexicano recibió 100 millones de dólares para la protección de la biodiversidad. Felipe Calderón comprometió a México en reducir la emisión de bióxido de carbono por año a 50 millones de toneladas, como muestra de sensibilidad de su gobierno ante el cambio climático global. Mientras los bosques michoacanos desaparecían y continúan haciéndolo, el 26 de septiembre Calderón dio a conocer una inversión millonaria para el sector forestal, anuncio que suena más bien a política simbólica con miras a zanjear el evento de 2010, en que México será sede de la 16 Conferencia de las partes de la convención marco de Naciones Unidas contra el cambio climático. El pasado jueves 10 de diciembre el secretario de Medio Ambiente declaró que la estabilidad climática urgía una inversión de 100 mil millones de dólares, y señaló la posibilidad de que México pudiera ser financiado para reducir los gases de efecto invernadero (La Jornada, 11 de diciembre de 2009).

La realidad es que la debacle forestal está comprometiendo el futuro inmediato y de largo plazo del país, particularmente de Michoacán, con el desenfrenado frenesí por la producción aguacatera.

En este estado existen más de 105 mil hectáreas sembradas de aguacate, superficie que representa una quinta parte de su masa boscosa. Hay huertas que se han instalado aún cuando no existen autorizaciones de cambio de uso de suelo. Se calcula que 95 por ciento de éstas son clandestinas. Así, en los últimos años la producción de aguacate ha provocado la pérdida de casi la mitad de los bosques michoacanos.

Otra cara del mismo problema la ofrece la lucha por el agua que ejidos y comunidades enfrentan contra los emporios aguacateros. Manantiales que en otro momento permitían la dotación de ese líquido a las familias campesinas, ahora surten las huertas aguacateras. El bello lago de Zirahuén está cada vez más flanqueado por el aguacate, y su agua está siendo sustraída y canalizada a las huertas de los montes cercanos.

La lógica globalizadora a partir del aguacate ha mermado el cultivo nacional estratégico por excelencia: el maíz. En la región, la producción de dicho fruto ha aumentado más de 10 veces en los últimos años, a expensas de ese grano. Se está sacrificando la autosuficiencia alimentaria por un cultivo de exportación que satisface la demanda externa pero cuya derrama económica, desde un punto de vista social, no justifica la pérdida de la riqueza natural michoacana.

El boom del oro verde, como se llama al aguacate, ha sido impulsado por algunas universidades en que se trabaja el mejoramiento de este fruto para que pueda franquear la barrera climática y, de ser posible, sembrarlo hasta la punta del propio cerro del Tancítaro, el más alto de Michoacán. La parte agraria también está siendo afectada, a grado tal que en la meseta Purépecha tierras comunales están pasando a manos de aguacateros, generando neolatifundios y, por si fuera poco, el lavado de dinero mediante la producción de aguacate es una posibilidad latente.

Es verdaderamente incomprensible que la casa tanto de Calderón como de Elvira Quesada, oriundo de la capital mundial del aguacate, esté siendo ambientalmente depredada. Si alguien en el gobierno federal no está haciendo su tarea o está cometiendo delitos y es cómplice de delincuentes ambientales, lo menos que esperamos es que la firmeza en la lucha contra la delincuencia organizada se extienda al ámbito federal en el rubro ambiental, porque tan estratégica para la nación es la lucha contra el narcotráfico y la inseguridad, como la conservación del patrimonio natural. Señor Elvira: ¿por qué no pensar en impulsar la producción orgánica, el aguacate bajo sombra similar al café, los corredores forestales y la protección a servicios ambientales, entre otros, tomando como pretexto ese fruto?

El embargo del atún mexicano en el mercado internacional se propició por la pesca incidental del delfín por mexicanos. ¿Habrá que solicitar un embargo similar para proteger los bosques michoacanos de la ambición rapaz de los aguacateros y de la ineptitud o complicidad de las autoridades correspondientes?