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Toros

Confirma el país su bien ganada fama de Hawai taurino para los diestros extranjeros

Desigual e inequitativa resultó la reciente temporada grande en la Plaza México

Las figuras españolas actuaron una tarde

Los jueces manirrotos se quedaron, el rigorista no

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El rejoneador Pablo Hermoso de Mendoza durante una corrida en la Plaza México, en la pasada temporada grandeFoto Notimex
 
Periódico La Jornada
Lunes 15 de marzo de 2010, p. a42

Yo no fabrico figuras, pongo toreros; si convocan y provocan, magnífico, si no, ni modo, declaró a La Jornada Rafael Herrerías, empresario de la Plaza México, poco antes de que diera comienzo la temporada 2009-2010, decimoséptima consecutiva que organiza en dicho coso, sin que en tan extendido lapso el espectáculo taurino haya mostrado mayor repunte en el interés del público.

Sin lograr ejercer un sano liderazgo empresarial taurino sustentado en una atractiva oferta de espectáculo, en la conciliación de intereses y el estímulo a la competitividad entre coletas nacionales primero, y con los extranjeros después, Herrerías volvió a resentir el divisionismo entre las empresas y el resultado de sus diferencias con apoderados y matadores, lo que necesariamente se tradujo en ausencias de nombres, inclusiones injustificadas, carteles poco atractivos y discretas entradas a lo largo del serial, más la nefasta fórmula de servir novillones a los consagrados y toros hechos a los modestos.

Los números dicen poco en materia de actitudes y políticas taurinas, por lo que detrás de 19 festejos, sólo cinco de estos con poco más de media plaza; 122 reses lidiadas, muchas protestadas por su escaso trapío y pitadas por su pobre juego; la friolera de 37 orejas concedidas por jueces que se movieron entre la generosidad pueblerina y el rigorismo; un total de 38 matadores, 24 de México, 12 de España, uno de Francia, especulador y visionudo, y uno de Colombia, valiente y basto; cinco confirmaciones y dos alternativas, una de la manga y otra obligada, el balance es modesto.

Muy bien estuvieron Arturo Macías, El Zapata, El Payo, Fermín Spínola, José Mauricio y en la última corrida Manolo Mejía; importante tarde tuvo Fabián Barba y promisoria resultó la actuación de Hilda Tenorio, en tanto que memorable y torera fue la despedida de Manolo Arruza. Innecesaria la reaparición de Miguel Espinosa y muy lamentables las ausencias de Mariano Ramos, El Pana, Zotoluco, Ignacio Garibay, Joselito Adame, Federico Pizarro, El Conde, Israel Téllez o Aldo Orozco, que de sobra merecían un puesto ocupado por nacionales e importados sin merecimientos.

A diferencia de otras temporadas en ésta se cumplió casi en su totalidad con el elenco del derecho de apartado, si bien la innovación de la empresa fue que ahora las figuras españolas anunciadas hicieron el paseíllo sólo una tarde –Enrique Ponce, José Tomás, El Juli y Pablo Hermoso de Mendoza–, por causas que sólo el empresario conoce y que no merecieron ninguna explicación, salvo un peregrino parte médico de Ponce, quien llegó retrasado a la corrida inaugural y pretendió regalar un chivo que fue ruidosamente protestado. En cambio, grato sabor dejaron por su torería Miguel Ángel Perera, José María Manzanares y El Fandi, cuya vistosa faena le costó el puesto al juez Miguel Ángel Cardona por no haber soltado dos orejas. Aguas, jueces, que la autorregulación de la empresa va en serio.

A excepción del encierro decorosamente presentado de Xajay escogido por José Tomás para una tarde en la que muy poco le ayudó su lote, el resto de las figuras peninsulares y el francés Sebastián Castella, que actuó dos tardes, volvieron a enfrentar toros chicos, los más deslucidos o mansos, ante la indiferencia de autoridades, crítica y público, que ya perdió todo arresto para exigir la reivindicación del auténtico toro de lidia mexicano. Con su dinero en la espuerta, los comodinos ases regresaron a torear donde sí les exigen, luego de tentar de luces y con vacaciones muy bien pagadas en el Hawai taurino de América.