Opinión
Ver día anteriorLunes 21 de junio de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Carlos Monsiváis, una minoría inabarcable
Carlos Bonfil
A

l día siguiente de la pérdida del gran amigo e interlocutor que fue Carlos Monsiváis, queda entre sus amigos y familiares una mezcla extraña de desasosiego y orgullo. Desasosiego por no haber sabido tal vez calibrar enteramente la dimensión moral de un maestro y director de conciencias, y porque muchas de sus lecciones cayeron en el saco roto de esa desidia y pereza intelectual que sólo él sabía exponer y sacudir periódicamente. Como ninguno, Carlos enseñaba la urgencia de la indignación ante las injusticias sociales; como muy pocos, la necesidad también de poblar nuestras mañanas con materiales siempre renovados de emoción y asombro, ante una lectura, una película, una exposición o un concierto. Era un hombre cubierto todo él de hallazgos culturales que siempre comunicó con la misma voracidad y entusiasmo con que los descubría, al instante mismo en una llamada telefónica, desglosados después en un artículo o una reseña, ponderados críticamente en un ensayo. Ese pan nuestro de cada día, nadie lo dará ya hoy, al menos no con una generosidad parecida. En un medio político e intelectual marcado por el cinismo y la mentira, Monsiváis era también el último dique contra una mediocridad que hoy puede vanagloriarse de no tener ya vigía alguno ni censor que la señale. Al menos no de una talla parecida.

A este desasosiego le acompaña hoy el placer y orgullo de haber compartido al lado suyo algunos de sus muchos entusiasmos y de sus no pocas intransigencias: la militancia de izquierda y el gusto por las causas perdidas, el gusto infinito y siempre renovable de la cinefilia, el amor incondicional por los animales, el rechazo de las hipocresías religiosas y de las mezquindades políticas, el asombro de los viajes, el acopio de las conquistas sexuales y el resignado abandono de toda certidumbre en la materia, la infatigable reconversión de ilusiones amorosas pasajeras en amistades verdaderamente perdurables, la misoginia lúdica muy pronto desmentida por la frecuentación gozosa de tantas mujeres, el gusto por los idiomas extranjeros como manera de quitar candados a libros y videos de tantas partes del mundo, el deseo de no transigir jamás en nuestros afectos y convicciones para no perder en el tránsito a una madurez engañosa un resto de candor adolescente. Recuerdo hoy a Carlos como lo conocí hace muchos años, seductor en su desparpajo, entusiasta y feliz en medio de sus libros y películas, impaciente por transmitir su sabiduría, tan inabarcable como su gusto por la trivia, azotándose con la letra sentimental de un bolero, con furias de antiguo testamento, muy veleidoso y lleno de caprichos, y con esa gran generosidad que siempre le conquistó simpatías espontáneas en la calle, un raro privilegio entre nuestros intelectuales. Es síntoma lamentable de nuestros tiempos ver cómo en muy poco tiempo han desaparecido figuras tan excepcionales como Carlos Montemayor, Bolívar Echeverría, José Saramago, y ahora Carlos Monsiváis, dejando en la izquierda política un enorme vacío, y un tanto en el desamparo a muchas causas justas que con ellos pierden a sus mejores abogados. Proceden hoy tareas inmediatas: recuperar su legado moral, que es en lo esencial la defensa infatigable de los derechos de esas minorías políticas, religiosas, raciales y sexuales que gracias también a él hoy son inabarcables, luchar contra la intolerancia eclesiástica y la homofobia, reducir a un balbuceo incoherente el mediocre discurso de la derecha empresarial y política, rescatar el patrimonio del intelectual y coleccionista que fue capaz de crear el museo que hoy lleva su nombre y que habrá también de albergar su enorme biblioteca y sus videos para disfrute directo de la gente de su ciudad y de los visitantes del país entero. Las últimas frases en las memorias del filósofo Jean Paul Sartre pueden, sin rubor, aplicarse a la trayectoria de nuestro intelectual más riguroso y honesto: Lo que me gusta de mi locura es que siempre me protegió, desde el primer día, contra las seducciones de la elite: jamás me sentí el feliz propietario de un talento: mi único asunto fue salvarme, sin nada en las manos, sin nada en los bolsillos, con el trabajo y con la fe. De golpe esta pura opción dejaba de elevarme por encima de nadie: sin pertrechos, sin herramientas, me dediqué de cuerpo entero a salvarme de lleno. Si coloco la salvación imposible en el desván de los accesorios, ¿qué queda? Todo un hombre hecho de todos los hombres que los vale a todos y que vale lo que cualquiera de ellos.