Opinión
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Nadie quiere hablar en Cancún de macroeconomía
Alejandro Nadal
L

a conferencia sobre cambio climático en Cancún atrae la atención del mundo entero. Y no es para menos. Si las predicciones de los científicos sobre los aumentos de temperatura son válidas, la humanidad entera estará enfrentando su peor desafío. Y los segmentos más pobres de la población mundial serán los más castigados. Hay muchas razones para colocar a la política macroeconómica entre las prioridades de las negociaciones, pero nadie quiere oír hablar de este tema en estas conferencias de la Convención Marco sobre Cambio Climático (UNFCCC, por sus siglas en inglés).

Desde hace años los informes del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) han insistido en un punto clave: los más vulnerables frente al cambio climático son los segmentos de menores ingresos, los más pobres. El último informe del IPCC señala que un cambio en la trayectoria de desarrollo de un país de tal modo que se reduzca la pobreza haría una enorme contribución a reducir los efectos del cambio climático. Para el IPCC, la selección de una estrategia de desarrollo es tan importante para estabilizar el clima en el futuro, como las políticas que específicamente se orientan a tal objetivo.

Pero, ¿qué no una estrategia de desarrollo depende crucialmente de la política macroeconómica? La respuesta es, por supuesto, afirmativa. Cambiar de trayectorias de desarrollo, para usar la terminología del IPCC, implica transformaciones profundas en la política macroeconómica. ¿Por qué entonces se omite hablar de política macroeconómica en Cancún?

Es obvio que el tema de la política macroeconómica debería ocupar uno de los primeros lugares en la lista de prioridades de la UNFCCC. El cambio climático plantea dos retos gigantescos a todos los países. Primero, para reducir las emisiones de gases invernadero (GEI) se necesita llevar a cabo una transformación estructural de primer orden. Descarbonizar una economía implica alterar el patrón de inversiones en la industria extractiva, las manufacturas, el transporte, la construcción, la agricultura y el sector energético. Las estimaciones del cuarto informe del IPCC sobre los montos involucrados para realizar esta transformación estructural (unos 500 mil millones de dólares en 2030 en los países en vías de desarrollo) se antojan muy por debajo de lo que se va a requerir. Pero aún en ese caso, subsiste una pregunta: ¿se podrá lograr esta transformación sin alterar la política macroeconómica? Es evidente que la respuesta es negativa. Simplemente hay que considerar que las inversiones del sector privado en los países subdesarrollados no podrán financiarse en el marco de una política monetaria obsesionada por mantener altas tasas de interés para controlar la inflación y privilegiar los flujos de capital.

Segundo, se requieren cuantiosos recursos para enfrentar el reto de las adaptaciones al cambio climático. Los cálculos del IPCC recurren a una metodología del Banco Mundial que sistemáticamente subestima los montos requeridos. Esa metodología considera los niveles históricos de las inversiones del sector público en sectores sensibles al cambio climático (agricultura, zonas costeras, infraestructura, agua y salud) y les añade un porcentaje que se considera sería lo necesario para adaptar cada sector al cambio climático. Pero este procedimiento conduce inexorablemente a subestimar las necesidades de recursos para la adaptación. La razón es sencilla: en la mayoría de los países subdesarrollados las inversiones históricas han permanecido en niveles bajísimos durante ya más de tres décadas. Esto se debe a que la política fiscal ha estado dominada por la necesidad de generar recursos para pagar cargas financieras, no por las preocupaciones del bienestar de la población. Añadirle un porcentaje solamente reduce el déficit, pero no lo elimina. Las subestimaciones de costos de adaptación del IPCC son testimonio de lo anterior.

El IPCC y sus informes surgieron en los años más luminosos del neoliberalismo. Es cierto que hubo muchas crisis financieras, pero de alguna manera siempre se mantuvo el engaño de que esas crisis estaban confinadas a los países emergentes. Así, mientras se gestaba la crisis financiera y económica global que hoy ha entrado ya en su cuarto año, los informes del IPCC mantenían el sesgo a favor de mecanismos de política amistosos hacia el mercado. Hablar de política macroeconómica era considerado absurdo porque, después de todo, en la visión conservadora (y errónea) las políticas monetaria, financiera y fiscal no debían obstaculizar el buen funcionamiento de los mercados. Mientras esta retórica bordaba en el aire estas exquisitas fumarolas, la globalización neoliberal producía legiones de pobres, es decir, de vulnerables frente al cambio climático.

Pero si esa era la visión de los gobiernos y sus dizque técnicos, no hay razones para que las organizaciones sociales compren el mismo boleto. Hoy y siempre deben llevar al corazón del debate la discusión sobre política macroeconómica.

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