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El Nobel Mario Vargas Llosa pronunció emotivo discurso en la Academia Sueca

La literatura eclipsa las fronteras erigidas por la ignorancia

El narrador peruano-español evocó a sus maestros, como Borges, Paz, García Márquez, Cortázar y Rulfo

La emancipación de los indígenas es responsabilidad de AL y hemos incumplido, asevera

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Mario Vargas Llosa en la Academia Sueca, ayer, durante la lectura de su discurso Elogio de la lectura y la ficción, acto que precede a la recepción –el próximo viernes– del Premio Nobel de Literaturaa 2010, en EstocolmoFoto Ap
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El Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa en la Academia Sueca, ayer, durante la lectura de su discurso con motivo de ese galardónFoto Reuters
Reyes Martínez Torrijos
 
Periódico La Jornada
Miércoles 8 de diciembre de 2010, p. 4

Una celebración de la literatura, emotiva y elegante, donde resaltó la importancia de las mujeres en su vida: su esposa Patricia, su madre Dora, su agente literaria Carmen Balcells, así como las personas que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba fue el discurso del premio Nobel Mario Vargas Llosa.

El escritor peruano-español fue fiel a los temas y a su trayectoria, expuso sus inicios y su visión de la lectura, la importancia de sus dos nacionalidades y evocó a su familia e infancia en Bolivia y Perú, durante la tradicional alocución que el ganador del máximo reconocimiento a las letras en el mundo ofreció en el recinto de la Academia Sueca, en Estocolmo, acompañado de sus tres hijos, Álvaro, Gonzalo y Morgana, y de su esposa.

Rompió en llanto cuando leyó los siguientes párrafos: “La prima de naricita respingada y carácter indomable –dijo– con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico”. La mujer que “hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: ‘Mario, para lo único que tú sirves es para escribir”’.

Pasión, vicio y maravilla

Me gustaría que mi madre estuviera aquí, destacó Vargas Llosa al comienzo del discurso Elogio de la lectura y la ficción, también el abuelo Pedro y el tío Lucho.

Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir.

Con la voz mermada por un resfriado, rememoró a personas como la agente literaria Carmen Balcells y el editor Carlos Barral, quienes se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores.

La lectura, que Vargas Llosa descubrió a los cinco años, la cosa más importante que me ha pasado en la vida, conllevó a la pasión por la escritura: Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía, pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.

Destacó el vínculo que lo une con España y Perú: Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido. Contrastó: Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé.

En torno a la conquista cruel y violenta de América, llamó a ser autocríticos, porque tras la Independencia de España, desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.

El autor también habló de la mayor deuda que tiene con Francia: el descubrimiento de América Latina. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.

El creador de La ciudad y los perros rememoró el encuentro con la literatura, representación falaz de la vida con la que desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.

Abundó: “Gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría.

La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideolo-gías, las religiones, los idiomas y la estupidez.

Vargas Llosa evocó también la enseñanza de sus maestros literarios: “Flaubert, me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma –la escritura y la estructura– lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa”.

No sucumbir al letargo

Con Jean Paul Sartre, Vargas Llosa aprendió que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia.

Albert Camus y George Orwell le inculcaron que una literatura desprovista de moral es inhumana y André Malraux, que “el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.

Casi para concluir esbozó su postura en torno a la realidad de América Latina, donde padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudodemocracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua.

En la región, la democracia está funcionando: tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder.

Y pidió: “defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral.

De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los de-seos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará.

Y concluyó su exposición con la expresión: La nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.

(Con información de la Fundación Nobel 2010 y Afp)