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Revuelta en el mundo árabe

Mubarak vio cómo asesinaron a Sadat; creí que había aprendido la lección, señala

Los jóvenes fueron más sabios que nosotros, admite Heikal, decano del periodismo en Egipto
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Un guía de turistas sostiene una pancarta con imágenes de los manifestantes muertos en las protestas del 25 de eneroFoto Ap
Robert Fisk
The Independent
Periódico La Jornada
Martes 15 de febrero de 2011, p. 29

El Cairo, 14 de febrero. La voz del anciano es mordaz; su mente es como una navaja, la de un veterano combatiente y escritor, un sabio, tal vez el más importante testigo viviente e historiador del moderno Egipto, revelando los secretos del régimen que trató de silenciarlo para siempre.

Mubarak traicionó el espíritu republicano y luego quiso continuar por medio de su hijo Gamal, señala, con el dedo apuntando al cielo. “Era un proyecto, no una idea; un plan. Los últimos 10 años de vida de este país se desperdiciaron por esa cuestión, por la búsqueda de esa herencia… como si Egipto fuera Siria, o como Papa Doc y Baby Doc en Haití.”

A sus 87 años, Mohamed Heikal es el decano, el icono –por una vez el lugar común es correcto– del periodismo egipcio, amigo, consejero y ministro de Nasser y de Sadat. El hombre que durante 30 años predijo la revolución y que asombrosamente vivió para verla.

No le creímos. A lo largo de tres décadas venía a ver a Heikal y lo oía predecir la implosión de Egipto con absoluta convicción, delinear con devastador detalle la corrupción y violencia del régimen de Mubarak y su colapso inevitable. Y llegué a escribir con cinismo sobre él, a veces con humor, en otras –me temo– con actitud condescendiente, rara vez con la seriedad que merecía. Este lunes me ofreció un cigarro y me invitó a decir si aún creía tener razón. No, le dije: yo estaba equivocado y él tenía razón.

Heikal a sus años es un hombre de tal elocuencia y energía, con una memoria tan vasta, que hombres y mujeres más jóvenes –cualidad que mucho admira y que ganó la revolución egipcia la semana pasada– guardan respetuoso silencio en su presencia. Perdí lo más importante en la vida, confiesa con doloroso candor. Perdí mi juventud. Me hubiera encantado estar con esos jóvenes en la plaza.

Pero Heikal es una bestia astuta. Estuvo aquí durante la revolución de Nasser, en 1952, y recuerda el frenesí del poder que desplegaban los dictadores egipcios. Estaba seguro de que habría una explosión, afirma. “Lo que me asombró fue la movilización de millones. No estaba seguro de vivir para ver este día, para presenciar el levantamiento del pueblo.

“Mi viejo amigo, el doctor Mohamed Fawzi, vino a verme hace unos días y dijo: ‘El globo de mentiras crece cada día. Explotará de un alfilerazo… y Dios nos salve cuando explote.’ Luego vino el pueblo y llenó el vacío.

“Me preocupaba que hubiera caos. Pero llegó una nueva generación a Egipto, un millón de veces más sabia que nosotros, y se comportó con moderación e inteligencia. No hubo vacío; la explosión no ocurrió.

“Lo que me preocupa es que todo llegó de sorpresa, y nadie está listo para lo que viene después. Nadie quiere dar tiempo a que el aire se despeje. En estas circunstancias no se pueden tomar decisiones correctas. Este pueblo tiene grandes aspiraciones, pero todos empujan: los estadunidenses, Israel, el mundo árabe. Tampoco el consejo militar está preparado para esto. Yo digo: dense tiempo para dormir, por lo menos.

Mubarak nos mantenía a todos en suspenso, añade. “Era como Alfred Hitchcock, un maestro de la sorpresa. Pero era una situación de Hitchcock sin trama. El hombre improvisaba cada día, como un viejo zorro. Cuando los millones se movilizaron, yo observé a Mubarak y me quedé perplejo.

“En esta grave situación, el régimen entró en contacto con algunas personas en la plaza y les preguntó si sería aceptable una delegación de poderes de Mubarak en el vicepresidente, y las personas con quienes habló respondieron: ‘tal vez’. Y Mubarak creyó que podía hacer su discurso del jueves porque estaba seguro de que la plaza le había dado el sí. Yo no daba crédito a mis oídos.

Heikal se muestra complacido de que Mubarak haya retrasado la crisis al permanecer en silencio mientras las muchedumbres crecían en la plaza Tahrir. En esos 18 días ocurrió algo muy importante. Comenzamos con entre 50 mil y 60 mil personas. Pero conforme Mubarak retrasaba y prevaricaba, como el viejo zorro que es, dio oportunidad a la gente de salir y eso cambió toda la ecuación. La crisis llevaba ya seis días y él no entendía lo que pasaba.

Lamenta los años desperdiciados y las muertes de las tres semanas pasadas –nuestra revolución fue una gran tragedia histórica, comenta–, y aún no vislumbra la naturaleza del Egipto posrevolucionario. Estoy contento con la presencia del ejército, pero también quiero la presencia del pueblo. El pueblo está desconcertado con lo que ha logrado.

La noche del sábado, Heikal fue invitado, por primera vez en casi tres décadas, a aparecer de nuevo en la televisión egipcia. Su respuesta fue tan combativa como la que le dio a Sadat cuando le ofreció la jefatura del Consejo Nacional de Seguridad, a la muerte de Nasser. Le dije que si diferíamos tanto cuando yo era reportero de Al-Ahram, ¿cómo podía encabezar su consejo de seguridad? Cuando la televisión gubernamental lo invitó este fin de semana, respondió: Durante 30 años estuve vetado por el gobierno y ahora me dicen que las puertas están abiertas de nuevo. En ese tiempo el gobierno me impedía ir, y ahora se supone que debo ir porque me invita.

Hace unos meses, luego de una visita de Heikal a Líbano, en la que se reunió con Sayyid Hassan Nasralá, el líder de Hezbolá, el ministro egipcio del Exterior se presentó furioso en la granja que posee el periodista en el delta del Nilo. ¿Se cree representante del pueblo egipcio?, le preguntó. Heikal le contestó: ¿Y usted cree representar al pueblo?

Las arrugas lucen bien en el rostro de Heikal, un anciano tan sabio como astuto. Pero ya no escucha bien y cree necesario disculparse por sus 87 años: un joven atrapado en el cuerpo de un viejo. Y quien sea invitado a su santuario arriba del Nilo, lleno de libros, hermosos tapetes y el aroma de cigarros finos, puede advertir su tristeza.

La diferencia entre Mubarak y yo es que nunca intenté ocultar mi edad, dice. “Él sí: se teñía el pelo, así que cada vez que se miraba al espejo veía un Mubarak joven. Pero todos los viejos tenemos vanidad. Cuando yo era joven y aparecía en televisión, preguntaba a mis amigos: ‘¿Dije lo correcto?’ Ahora les pregunto: ‘¿Tenía buen aspecto?’”

Cree que a Mubarak le aterraba la idea de que se abrieran los archivos del gobierno si renunciaba, porque los secretos del régimen se vendrían en tropel. Lo que yo temo es que la deshonestidad de algunos políticos de Egipto empañe un suceso tan valioso, señala.

Usarán los expedientes para ajustarse las cuentas. Quiero que este país emprenda una investigación apropiada, no que abra los expedientes para que algunos los usen para sus propias miras. Temo el oportunismo de los políticos. Todos los archivos del gobierno deben abrirse. Se deben rendir cuentas al pueblo sobre los 30 años pasados, pero no debe hacerse por venganza. Si los pequeños políticos lo usan, afectará el valor de lo que debe hacerse.

Desde el punto de vista histórico, los acontecimientos de las pasadas tres semanas fueron avasalladores, imposibles de detener, considera. Las revoluciones no siguen una pauta. El pueblo quiere un cambio del presente al futuro. Toda revolución está condicionada por dónde empieza y hacia dónde avanza, pero este suceso mostró a una enorme masa de egipcios que es posible desafiar el terror del Estado. Me parece que esto revolucionará al mundo árabe.

Encerrado por Anuar Sadat poco antes de su asesinato, Heikal fue sacado de la prisión por Mubarak. Recuerdo haberme reunido con él pocas horas después de su liberación, cuando el periodista estaba agradecido con Mubarak y cantaba sus alabanzas. “Sí –reconoce–, pero como un hombre de transición. Creí que se mantendría poco tiempo en la presidencia. Provenía de las fuerzas armadas, una amada institución nacional. Vio cómo Sadat fue asesinado por su propia gente –estuvo presente– y pensé que había aprendido una lección trágica de cuando la paciencia del pueblo se agota. Pensé que podía ser un buen puente hacia el futuro.

“En el último documento que escribió Nasser, el 30 de marzo de 1968, prometió que su papel terminaría luego de la guerra de 1967. ‘El pueblo resultó más poderoso que el régimen –escribió–. Se ha vuelto más grande que el regimen.’

“Pero todos olvidan. Una vez que se disfruta el poder y el mar de quietud que viene con él, uno se olvida. Y día tras día descubre los privilegios del poder.

Ahora tenemos semipolíticos que quieren aprovecharse de esta revolución. Algunos contendientes ya se están promoviendo. Pero hay que cambiar el sistema. El pueblo hizo saber lo que quiere: quiere algo diferente. En este levantamiento se utilizó la tecnología más moderna en el mundo. El pueblo quiere algo distinto.

Heikal me acompaña a la puerta del elevador y me estrecha las manos cortésmente, alzando las cejas. Sí, repito. Él tuvo la razón.

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya