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Siria, hacia la guerra civil
Robert Fisk
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Imagen proporcionada por la agencia oficial siria Sana sobre funerales de soldados y miembros de las fuerzas de seguridad abatidos durante enfrentamientos con manifestantesFoto Ap
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ada noche, la televisión estatal siria ofrece un espectáculo de horror. Cuerpos desnudos con múltiples heridas de bala, nucas cercenadas. Todos de soldados sirios que, según insiste la televisora, han sido asesinados por bandas armadas criminales en las cercanías de Deraa.

A uno de los cuerpos –de un oficial de veintitantos años– le sacaron los ojos. El comentarista dice que se utilizaron navajas y objetos afilados. No parece haber duda de que los cadáveres son reales y poca de que en realidad hayan sido miembros de las fuerzas de seguridad sirias –en estos días la palabra necesita comillas–, y tampoco de que los afligidos padres que aparecen llorando en el trasfondo lo sean de verdad.

Las imágenes muestran los cuerpos, casi lavados para el sepelio, captados en el hospital militar Tishrin, en Damasco. Los nombres se conocen: Mohamed Alí, Ibrahim Hoss, Ahmed Abdalá, Nida al Hoshi, Basil Alí, Hazem Mohamed Alí, Mohamed Alá son llevados a hombros por policías militares en ataúdes decorados con banderas. Son oriundos de Tartous, Banias, Alepo, Damasco. Cuando el cortejo funeral de Al Hoshi pasaba por la costera del Mediterráneo rumbo al norte, fue emboscado por una banda armada.

Es fácil ser cínico ante esas espantosas imágenes y el despliegue que se hace de esas muertes. Disparar en funerales, después de todo, ha sido hasta ahora prerrogativa de los policías del gobierno, más que de las bandas armadas. Y la televisión siria no ha mostrado un solo muerto civil ni el funeral de ninguno de los quizá 320 manifestantes civiles caídos en más de un mes. Este martes se informó de la muerte de otros 20 en los alrededores de Deraa.

Pero esas emisiones son importantes. Porque si los soldados muertos son víctimas de la venganza de familiares indignados, que han perdido a sus seres queridos a manos de la policía secreta, significa que la oposición se prepara a utilizar la fuerza contra sus agresores. Y si en verdad hay bandas armadas activas en Siria, el régimen del presidente baazista Bashar Assad se encamina a la guerra civil.

Hasta ahora los manifestantes –ya sea pro democráticos, opositores a Bashar o ambos– nos han estado dando su versión: sus videos en YouTube, sus descripciones por Internet, las impactantes imágenes de tanques T-72 rugiendo en las calles de Deraa –para no mencionar el patético intento de atacar uno con una botella de vidrio vacía– han dominado nuestra percepción de una poderosa dictadura sofocando a su pueblo a sangre y fuego. Y hay verdad detrás de sus afirmaciones. Luego de la matanza de 1982 en Hama, nadie abriga dudas de que los baazistas de Siria juegan con las reglas de Hama.

Sin embargo, la explicación que los opositores ofrecen sobre la serie cotidiana de imágenes macabras en la televisión estatal también carece de convicción. Según quienes intentan con valentía hacer llegar noticias más allá de Siria vía telefónica –aunque no desde Deraa, donde los teléfonos y la Internet han sido bloqueados por completo–, los cuerpos mutilados pertenecen a soldados que se negaron a disparar a sus compatriotas y por ello fueron ejecutados y mutilados de inmediato por los shabihas, los matones alawitas, y luego mostrados cínicamente en televisión para sustentar falsas aseveraciones del gobierno de que se enfrenta a insurgentes armados y de que los propios pobladores de Deraa han invitado al ejército a su ciudad para que los salve de los terroristas.

Todo eso parece un poco el reverso de la propaganda del gobierno.

Por supuesto, las autoridades sirias son culpables de su falta de credibilidad. Luego de hablar de conjuras extranjeras –la explicación de todos los potentados de Medio Oriente cuando tienen la espalda contra la pared–, las autoridades han prohibido la entrada a Siria de periodistas extranjeros que pudiesen confirmar o desmentir esas afirmaciones. Incluso el ministerio de turismo ha recibido del ministerio del interior una lista de corresponsales extranjeros para asegurarse de que ningún reportero se interne en Siria presa de un súbito deseo de estudiar las ruinas romanas de Palmira.

La historia, por tanto, se escribe en rumores que comienzan, supongo, con las últimas palabras mostradas por el noticiero de la noche en la televisión siria: los mártires nunca mueren. Expiran, claro, pero, ¿de qué mártires hablamos? Un buen relato salido de Deraa –del que hasta ahora no hay una brizna de evidencia– es que, luego de que los tanques de la cuarta brigada del ejército de Maher Assad (hermano menor del presidente) irrumpieron en la ciudad, elementos de la quinta brigada del ejército regular, cerca de Deraa –supuestamente bajo el mando de un oficial llamado Rifai, aunque sobre esto no hay unanimidad–, volvieron sus armas contra los invasores. Pero la quinta, según la versión, carece de tanques y cuenta con pilotos a los que no se permite volar sus aviones.

¿Así que ahora hay civiles armados –un oxímoron que parece escapársele al régimen– respondiendo a los ataques en forma sistemática? En Líbano, cuya capital está más cerca de Damasco que Deraa, existe un miedo creciente de este baño de sangre a apenas dos horas de distancia en automóvil. Los amigos de Siria en Líbano sostienen ahora que los sauditas –aliados del gobierno saliente en Beirut– han estado subvencionando la revolución en Siria.

Un ex ministro presentó en televisión copias de cheques por 300 mil dólares que supuestamente llevaban la firma del príncipe Turki bin Abdul Aziz, ex jefe de la inteligencia saudita –y como tal alguna vez en buenos términos con un tal Osama Bin Laden– y hermano del rey Abdalá, y que se entregaron a figuras políticas libanesas para instigar desórdenes en Siria. Uno de los acusados de involucrarse en Siria es el ex ministro libanés Mohamed Beydoun. Este último ha dicho que sus acusadores son culpables de incitación al homicidio, y el príncipe Turki ha asegurado con indignación que los cheques son falsos. Pero ahora Hezbolá, apoyado por Siria, ha respaldado la acusación y por lo menos un parlamentario libanés, Ahmed Fatfat, ha emitido por fin las palabras fatales. Dijo que por estas acusaciones contra el Movimiento del Futuro –la agrupación más grande del gobierno saliente–, Hezbolá y sus elementos preparan el camino a la guerra civil en Líbano.

Ahora los medios de comunicación sirios señalan con dedo acusador al parlamentario libanés Okab Sadr y afirman que ha sido detenido –junto con oficiales israelíes – en la ciudad siria de Banias. En realidad Sadr está seguro en Líbano, donde ha salido a decir que la única razón por la que iría a Banias sería a donar sangre para sus habitantes en el hospital.

En la ciudad norteña libanesa de Trípoli, partidarios y detractores de Assad planean realizar nuevas y mayores manifestaciones el próximo viernes, luego de la oración matutina. Muchos libaneses del norte temen que, en caso de una guerra civil en Siria, Trípoli se vuelva una capital del norte de Siria, aunque estaría por verse si sería bastión de los rebeldes o de Assad.

Algo que resulta más perturbador por ahora –y mucho más cercano a la verdad– es que Alí Aid, personaje bastante rudo de la zona de Jebel Mohsen, en las montañas alawitas de Siria, ha dejado a su hijo Rifaat a cargo de su movimiento protomiliciano y se ha construido una espléndida villa junto a la frontera sirio-libanesa. El problema es que el mayor Alí Aid vive en su nueva casa… en el lado libanés de la frontera.

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya

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