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Los pasos de Chucho Valdés
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Periódico La Jornada
Sábado 21 de mayo de 2011, p. 8

Chucho Valdés grabó el disco de su vida.

Si atendemos a su cualidad armónica, sus intrincadas construcciones rítmicas, su (válgase) inquebrantable quiebre de cintura en los momentos bailables aun dentro de la austeridad de un piano acústico solo, solito y su alma, el álbum titulado Cuban Dreams es el disco que siempre soñó Dionisio de Jesús Valdés Rodríguez, a quien el mundo musical rinde pleitesía, reconoce y conoce como Chucho Valdés.

Son montuno, requiebros jiribillosos, aleteos de colibrí, saltos del tigre desde la tecla grave hasta la aguda, concentración al infinito: estamos ante una obra de arte que hace bailar en el asiento, pendular el cráneo, alzar imperceptiblemente los omóplatos. Volar.

El track inicial se titula Versión a la cubana y es la sublimación de ese estado del alma que estructura las construcciones infinitesimales de la música europea, en confluencia extraordinaria con la música cubana.

La pieza está escrita en algún papel, pero Chucho la hace sonar como si la estuviera escribiendo en ese mismísimo instante. Pareciera interminable en su alargar el placer ad infinitum, con acentos, pausas, fraseo pasmoso que produce, el todo, una sensación de movimiento continuo. Moto perpetuo.

Espejea las largas disquisiciones a piano solo de Keith Jarrett, con la diferencia que mientras Keith empieza a caminar, deambula, canta, sin rumbo fijo, Chucho siempre sabe hacia dónde dirige sus pasos: al mismísimo paraíso terrenal, que está escondido entre una tecla y la siguiente de su piano.

El arrastre rítmico del track 3, titulado favorablemente El Guapo, confirma el párrafo anterior, y conduce a territorios de la ciencia pianística pura. Esa alquimia de ancestros, divertimento de hechiceros, que ponen en el magín la cabellera de trencitas de Cecyl Taylor sentado al piano extrayendo a puñetazos las caricias de la música de la más profunda piel.

Todo llega a niveles sublimes en cuanto suena La Giraldilla, el corte séptimo de este álbum de belleza de flos campi. El alma baila y canta con este aire sensual, este viento cálido sobre la nuca, estos pétalos de rosas que caen sobre las mejillas.

Junto a este disco-maravilla, esplende la más reciente grabación chuchística: Chucho’s Steps, que ha sido celebrado en grande, con giras y promociones muchas, en contraste con la escasa difusión que ha recibido Cuban Dreams.

Por lo pronto, Chucho’s Steps es una deliciosa trivia jazzística envuelta en un jolgorio sinfín de música cubana. Al minuto 2 del track inicial, uno de plano se levanta a bailar.

La trivia en el disco: el título es un juego de palabras que evoca a esa obra maestra de John Coltrane titulada Giant Steps; el nombre del nuevo grupo valdesiano, The Afro-Cuban Messengers, evoca a Art Blakey y su grupo Jazz Messengers; Zawinul’s mambo, el primer corte, es claro homenaje a su par, el pianista y compositor austriaco Joe Zawinul, fundador del grupazo Weather Report. Y así.

El track 2, titulado simple y contundentemente Danzón, es una cátedra de cómo se respira, se degusta, se baila y sobre todo se hace un danzón.

Hay una identidad muy fuerte en este álbum. De manera lógica suena a Irakere, el grupo con el que Chucho Valdés (con Paquito D’Rivera, Arturo Sandoval, et al), conquistó al mundo en los años 70 con una música que mezcla lo africano, lo europeo, lo cubano, lo cósmico, lo etéreo y lo mundano.

El doctorado honoris causa que recibió Chucho junto a su padre, Bebo Valdés, hace unos días en la cantera por antonomasia del jazz, el Colegio Berklee de Boston, es apenas un rasguño de las tarascadas de reconocimientos que merece este hombre corpulento y pleno de ternura y genio musical.

Chidos, los pasos de Chucho.

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