Opinión
Ver día anteriorLunes 13 de junio de 2011Ver día siguienteEdiciones anteriores
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España: de la protesta a la articulación social
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ras un mes de permanecer en la Plaza del Sol y en otras plazas de España, el movimiento de protesta conocido como los indignados acordó levantar el plantón para continuar su lucha en el ámbito de los barrios y por medio de medidas de presión a las instancias del poder público, no sin dejar en los puntos emblemáticos módulos permanentes de información.

De esta forma, y luego de haber sufrido en carne propia en Barcelona la brutalidad policial, esta masiva expresión de rechazo a la institucionalidad política y al modelo económico llega a un punto de inflexión y se adentra por un camino incierto, pero novedoso, en el que se sintetizan las encrucijadas de buena parte de los movimientos de inconformidad que recorren al mundo en la hora presente: cómo enfrentar las decisiones de un poder público cuya representatividad hace agua por todos lados; cómo rebasar, sin violencia, a regímenes políticos formalmente democráticos que no gobiernan para el bienestar de las mayorías, sino para los intereses de pequeñas oligarquías comerciales, industriales y financieras, y cómo eludir la construcción de liderazgos susceptibles de ser cooptados por poderes políticos y empresariales que, en buena medida, han terminado por ser lo mismo.

El debate que tiene lugar en España en torno a éstos y otros puntos, así como las formas de acción política que empiezan a ser exploradas y construidas, hacen eco a los movimientos de masas que han venido sacudiendo a los países del mundo árabe y que han conducido a escenarios tan dramáticamente diferentes como el egipcio, el libio o el yemení, así como las expresiones de protesta social que han tenido lugar en otras naciones europeas, e incluso las causas sociales que se desarrollan en México, desde el movimiento zapatista surgido en Chiapas hace más de 17 años hasta las exigencias colectivas contra una estrategia de seguridad pública que parece más dirigida contra la población que contra la delincuencia organizada, pasando por el movimiento lo- pezobradorista y otras expresiones tanto nacionales como regionales de malestar, hartazgo y agravio, causadas por la cerrazón política, las violaciones a los derechos humanos y la imposición de proyectos depredadores y ofensivos para sus respectivos entornos sociales.

Volviendo al caso español, la ruta que ahora emprenden los indignados evoca la construcción de instancias de organización ciudadana independientes de los partidos y de las estructuras formales de representación, que no por pacífica deja de ser radical, en la medida en que pone de manifiesto la insuficiencia y la caducidad del modelo político establecido, con todo y su modernidad y su pluralidad.

La sociedad española no cabe en la democracia formal emanada de los pactos de transición posfranquistas por la simple razón de que el grueso de la clase política ha dejado de servir a la población a la cual se deben y ha terminado por ser gestora de intereses corporativos, cuyos intereses se contraponen a los de la propia sociedad. Esa circunstancia se parece mucho, en esencia, a la que se vive en la mayor parte de los países, explica el surgimiento de movimientos sociales del momento presente y evidencia la necesidad de un cambio de rumbo en lo económico, en lo social y lo político. A lo que puede verse, las élites mundiales no han aprendido las lecciones dejadas por la más reciente crisis económica mundial y alimentan, con su insensibilidad y su arrogancia, un nuevo ciclo de rebeliones que van de la protesta a la articulación de formas nuevas de participación social. Tal vez éste sea el signo común de lo que sigue después del altermundismo.

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