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Ver día anteriorMiércoles 27 de julio de 2011Ver día siguienteEdiciones anteriores
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The west and the rest o el mito de la comunidad internacional
L

a decisión de algunos países liderados por Francia y Gran Bretaña de intervenir en Libia para proteger a los civiles de las provincias orientales víctimas de la represión del régimen de Trípoli fue tomada aparentemente sin tener un conocimiento profundo de la situación interna. Los autores de este plan, en particular el presidente Sarkozy, estaban convencidos que después de 42 años en el poder, el régimen de Kadafi se podría caer en pocas semanas, a un costo relativamente bajo para los países dispuestos a intervenir. Cuatro meses después del inicio de la operaciones conducidas por Francia y Gran Bretaña bajo el paraguas de la OTAN y con una participación limitada de Estados Unidos, la realidad es otra: Kadafi esta todavía en el poder y no parece dispuesto a renunciar a pesar de los golpes recibidos y de la destrucción de una gran parte de su potencial militar. El gobierno francés tuvo que pedir al Parlamento una prórroga para continuar su despliegue militar y reconocer que a pesar de comunicados triunfalistas de la OTAN, la guerra en Libia es mucho mas complicada y costosa de lo que se preveía. Él pudo contar con el apoyo del Partido Socialista en la oposición, de una opinión pública convencida que es legítimo derrocar al régimen de Kadafi y de la indiferencia de la prensa, que prácticamente no habla de esta guerra.

Sin embargo, expertos franceses como el general (R) Vincent Desportes, ex director de la Escuela de Guerra, o el diplomático Patrick Haimzadeh, gran conocedor de Libia, divulgaron en días recientes en medios franceses análisis que no coinciden con las informaciones que dan tanto la OTAN como los gobiernos de los principales países participantes. Señalan en particular los puntos siguientes:

–Los objetivos de la intervención cambiaron desde el principio pasando de una misión humanitaria a la protección de los civiles al derrocamiento del régimen de Kadafi (en violación a la resolución 1973), provocando fuertes discusiones en la OTAN, en particular con Alemania e Italia: se trata ahora de una guerra civil con insurgentes armados y apoyados por fuerzas extranjeras contra un ejército regular con la presencia de mercenarios.

–Una parte solamente de la población libia se levantó contra Kadafi, quien goza del apoyo de varios grupos tribales leales; es muy difícil evaluar su nivel de popularidad en las diferentes regiones del país; la insurrección generalizada no se produjo.

–La OTAN no esperaba una resistencia tan fuerte del ejército libio y no tenía un plan B para enfrentar esta situación de estancamiento; la imposibilidad de mandar tropas terrestres y el recurso exclusivo a bombardeos aéreos hace muy difícil una victoria militar en el corto plazo, pero la OTAN no tiene otra opción que seguir bombardeando lo que queda de supuestos objetivos militares y tropas leales a Kadafi; los daños colaterales provocan el odio de la población de Trípoli contra Occidente.

–La OTAN sobrevaluó la capacidad militar y de organización de los insurrectos, especialmente fuera de los territorios que controlan (Cyrenaica, este del país). Tuvo que mandar agentes especiales para asesorar una fuerza militar improvisada y desorganizada; Francia envió armas a grupos presentes en el Djebel Nefousa, al oeste de Trípoli, para fomentar su insurrección contra el régimen.

–Los recursos desplegados por los países participantes no son suficientes para alcanzar rápidamente el punto de inflexión estratégica, o sea el momento a partir del cual se considera que el derrumbe del régimen es inevitable. Las fuerzas involucradas (aviones, helicópteros, drones, barcos) están al límite de su capacidad y no podrán mantener mucho tiempo el mismo ritmo de operaciones; después de miles de salidas las municiones empiezan a escasear y los gobiernos ven con preocupación subir el costo de la intervención en el contexto de la crisis financiera europea y de las restricciones presupuestarias.

–La OTAN subestimó la voluntad de resistencia de Kadafi, y le cuesta entender que su formación, su cultura y su sicología de jefe tribal le prohíben abandonar a su pueblo estando en vida. El tiempo juega a favor de Kadafi.

–Si la caída del régimen de Kadafi parece inevitable a mediano plazo, en particular por la asfixia de la economía (o quizás su muerte), la OTAN y los principales países participantes se verán involucrados en un conflicto interno. El riesgo de división del pueblo libio es alto, así como de una partición territorial entre la Tripolitania y Cyrenaica, los vencedores serán percibidos por los vencidos como traidores e instrumentos de las potencias occidentales. El caos puede favorecer a grupos de Al Quaeda.

La única salida parece ser política. Las consultas entre todos los actores de esta crisis son intensas. Los rebeldes, conscientes de sus debilidades, tratan de no cortarse del resto del país y buscan ya la reconciliación nacional. Uno de los principales puntos en discusión es la suerte del líder libio, quien se encuentra acusado desde el 27 de junio por el Tribunal Penal Internacional de crímenes contra la humanidad. Obviamente él no se va entregar a la justicia internacional, y con esta acusación se cerró la posibilidad de una solución negociada con su participación.

Sin duda una de las principales lecciones de la crisis libia es que los países occidentales se metieron en una situación de la cual pueden salir muy debilitados. Si bien conservan todavía una gran capacidad de maniobra diplomática, su falta de resultados en el terreno militar revela al mundo que la OTAN no tiene los medios de su ambición de ser el brazo armado de la comunidad internacional. Después de las retiradas de Irak y de Afganistán sin victoria ni gloria, una semivictoria o un semifracaso en Libia podría constituir un giro en la recomposición del mundo, al mismo tiempo que el sistema económico y financiero dominado por Estados Unidos y Europa entró en una crisis sistémica duradera.