Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 18 de septiembre de 2011 Num: 863

Portada

Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

El diario de Petrini
Orlando Monsalve

Escucha a los niños
Takis Varvitsiotis

Tres poemas
Nebojsa Vasovic

Germinar de la mirada
Ricardo Venegas entrevista
con Guillermo Monroy

Tradiciones que no se
han de cuestionar

Alessandra Galimberti

Raúl Flores Canelo y
el Ballet Independiente

Norma Ávila Jiménez

¡Indígnense!
Stéphane Hessel

Hessel y su siglo
Luis Tovar

Columnas:
La Casa Sosegada
Javier Sicilia

Las Rayas de la Cebra
Verónica Murguía

Bemol Sostenido
Alonso Arreola

Cinexcusas
Luis Tovar

Corporal
Manuel Stephens

Mentiras Transparentes
Felipe Garrido

Al Vuelo
Rogelio Guedea

La Otra Escena
Miguel Ángel Quemain

Cabezalcubo
Jorge Moch


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Foto: Guillermo Sologuren/
archivo La Jornada

Germinar de la mirada

entrevista con Guillermo Monroy
Ricardo Venegas

Nació en Tlalpujahua, Michoacán, en 1924, y es uno de los tres discípulos vivos de Frida Khalo y Diego Rivera. Radicado en Cuernavaca, sabe quién es y afirma: “Me siento muy contento con mi título firmado por Carlos Pellicer: soy ‘trabajador en artes plásticas.’”

–¿Cómo inició su larga trayectoria?

–Fui un jovencito que trabajaba en una fábrica. Un amigo, Ángel San Román, me dijo que había una escuela de pintura (era la escuela de pintura y escultura La Esmeralda en la calle del mismo nombre); todos éramos obreritos en el barrio, el que no vendía tamales o estaba de chalán en alguna peluquería, trabajaba en algo. Ángel nos dijo que frente a la escuela Belisario había una escuela de arte en donde llegaban unas muchachas muy guapas, modelos que se desnudaban para que las dibujaran. Nos inscribimos cerca de dieciocho amigos, estábamos emocionados, éramos compañeros de barrio. Yo copiaba los cómics, fotografías y almanaques de Año Nuevo. Me encantó saber que había una escuela de artes sin saber qué era eso. Vimos lo que queríamos ver gracias a un maestro que nos recibía a todos, Everardo Ramírez; él nos metió a ver a las modelos desnudas. Nos sorprendió a todos con eso, nos sentíamos intrusos en la clase, porque casi nadie sabía dibujar; ahí comenzaron mis estudios de artes visuales. Me inscribí como alumno formal, me dieron una beca de treinta pesos al mes y abandoné el trabajo para estar cinco años en los estudios; me tocó la suerte de trabajar con Antonio Ruiz, gran pintor y maestro del Politécnico. Gracias a él llegaron a La Esmeralda artistas de renombre como Frida Khalo, Diego Rivera, Agustín Lazo, Manuel Rodríguez Lozano, María Izquierdo y Jesús Guerrero Galván, entre otros, pero antes que ellos ya daban clases Raúl Anguiano, Feliciano Peña, Francisco Zúñiga, Juan Cruz, el doctor Dublán y Salvador Toscano; el maestro López Vázquez nos dio clases de dibujo constructivo y era al mismo tiempo maestro en la Academia de San Carlos. Entre los maestros de reciente ingreso estaba Armando Valdez Peza, quien fuera modisto de la actriz María Félix, y nos daba clases de dibujo. Un maestro que nos daba francés, Benjamín Peret, formaba parte del grupo de los surrealistas y fue el segundo de a bordo de André Breton. Él llegó exiliado a México durante la segunda guerra mundial. El maestro escultor colombiano Rómulo Rozzo también nos dio clases de escultura en la misma escuela.

–¿Cómo fue el tránsito hacía el oficio y el trato con sus maestros?


Foto: Alberto Veraza, Frida, Guillermo Monroy, Fanny Rabel, Arturo García Bustos, el chofer, y Arturo Estrada. Texcoco, circa 1944

–Al observarme a mí mismo y ver en qué disciplina creativa destacaba más, se dieron cuenta de que yo era más apto para el dibujo, el grabado y la pintura mural. Pasé al tercer año y tomé clases en el taller libre con Frida Khalo, y la clase de composición con el maestro Diego Rivera. También tomé teoría del color con el maestro Andrés Sánchez Flores, quien era a su vez técnico del muralista Diego Rivera. Rivera nos dio la clase de composición mural. Cuando Frida enfermó y su salud se vio menguada, nos invitó a seguir trabajando con ella en La Casa Azul de Coyoacán; éramos doce alumnos, en realidad era un taller vegetal, porque siempre pintamos en el jardín de su casa. Comencé con ella y terminé mis estudios con ella. Frida nos dejó pintar lo que queríamos y sí nos hizo observaciones técnicas, pero ella nos inició en el trabajo de pintura mural; con ella pintamos la pulquería La Rosita, trabajo que ella misma nos consiguió. Su inauguración se dio con una gran fiesta popular a la que asistieron grandes intelectuales y artistas de ese momento: Carlos Chávez, Dolores del Río, el Indio Fernández, Concha Michel… se cantaron los corridos de los alumnos referentes a la pulquería. Frida y sus discípulos cantamos acompañados de la guitarra de Concha Michel. Todos aprendimos corridos que fueron escritos para la pulquería; eran de Arturo Estada Hernández, Erasmo Vásquez Landechy y míos. También estaba la hermana de Frida, Cristina Khalo, la gran pintora mexicana Aurora Reyes y Adelina Zendejas, gran amiga de Frida desde la escuela preparatoria. Después de la pulquería, Frida nos consiguió pintar los murales del salón de actos de la Casa de la Madre Soltera. Allí había lavaderos públicos para mujeres que se ganaban la vida lavando ropa, también había planchadores, todo era humilde y sencillo. Los terrenos de esa casa los donó el presidente Lázaro Cárdenas, estaba en la calle de Tepancatitla, de la delegación Coyoacán, cerca del Jardín de la Conchita. Se inauguró también con una fiesta de carácter popular; asistió todo el personal de la Escuela de Pintura y Escultura La Esmeralda. Se bailó al son “La Adelita”, “La Coronela”, “La Rielera”, “Rosita Alvires”, “El zopilote mojado” y uno que otro danzón. Se echaron cohetes y se adornó la casa con banderitas de muchos colores. Así eran las fiestas de entonces. Diego Rivera, al ver los murales de La Casa de la Madre Soltera, constató lo que habíamos aprendido en su clase de composición.

–Quizá era un proyecto más grande…

–El fondo de todo era que Frida estaba contenta porque se veía el trabajo de un grupo de jóvenes pintores muralistas. Formamos el Grupo de Pintores Jóvenes Revolucionarios. Hicimos un manifiesto en hojas de papel afiche. Exposiciones en la calle, al aire libre, fuimos pioneros de los jardines del arte en México. Nos dejaron en absoluta libertad para crear nuestros trabajos; la clase se conformaba de opiniones, críticas y autocríticas, todo ahí mismo. La obra de caballete se sacaba a la intemperie en el jardín y se vertían opiniones para retroalimentarnos mutuamente. No era el tipo de maestros que te quitaban el pincel o el lápiz; te pedían una opinión o analizábamos todos la obra para mejorarla. Cuando dejamos la clase de Frida, ella nos llamó para recomendarnos como muralistas para pintar el hotel La posada del Sol, en la calle de Vertiz; ya no éramos sus alumnos pero seríamos sus discípulos para siempre.