Opinión
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Regreso del que nunca estuvo
I

magine el lector un escritor ruso del siglo XX –estas cosas se le dan a los rusos– que dejó inédita una obra cargada de obras maestras y apenas 60 años después de su muerte se empiezan a conocer. Pudo llamarse Sigismund Krizanovsky (castellanizando el original Szigismund Krzhizhanovsky, SK), hijo de migrantes polacos, nace en 1887. Criado y educado en Kiev, Ucrania, se muda a Moscú, la refulgente capital soviética, en 1922, en la aurora de la Revolución. Para entonces ya es abogado, recorrió Europa y domina seis lenguas. En 1917 ingresa al Ejército Rojo, y en sus noches de guardia recita para sí, en latín, a Virgilio.

Estaba listo para ser escritor, había montones y más malos. Pero no lo dejaron. Máximo Gorky –faro del realismo socialista– se encarga de que ese peligroso polaco no publique en ninguna parte. Sería dañino para la juventud, dice, explicablemente. Aún así, SK inspira cierto respeto a los burócratas, que lo proveen de encargos para sobrevivir de sus talentos redactando entradas en la Gran Enciclopedia Soviética y en diccionarios literarios, escribiendo artículos sobre Shaw y Shakespeare para educar al pueblo, traduciendo El hombre que fue jueves, de G. K. Chesterton, y adaptándolo al teatro. Pero nadie se atreve a publicar sus cuentos.

Comparte con su paisano Bulgákov y con Andrey Plátonov –otros resucitados posoviéticos– el componente de risa y fantasía (ironía, burla, parodia, humor negro, más pesimismo kantiano y entremés cervantino) en plena construcción del Porvenir, la hora heroica de la colectivización. Su visión del presente y el futuro resultaba poco grata al optimismo oficial. Hoy, las historias de SK son de una actualidad estremecedora. Salvados los detalles tecnológicos de época, sus pesadillas jocosas nos han alcanzado. Los párrafos siguientes fueron escritos en aquella década prodigiosa de los 20, hace 90 años:

“El barómetro económico de la Universidad de Harvard había predicho continuamente mal tiempo. Pero ni siquiera sus precisas mediciones previeron una agudización tan precipitada de la crisis. Las guerras y los elementos habían convertido a la Tierra en un basurero. Los pozos petroleros se secaban. La capacidad de generar energía con carbón negro, blanco y café disminuía año con año. Una sequía sin precedente evaporó la tierra reseca en lo que se sentía como 12 ecuadores juntos. Los cultivos ardieron hasta la raíz. En el calor infernal, los bosques cogieron fuego. Las selvas de Sudamérica y las junglas de India humeaban en ascuas. Pero esos días también estaban contados. La incombustibilidad amenazaba con inmovilizar las máquinas. Ni las capas de hielo glaciar, derretidas por el eterno verano, alcanzaban para satisfacer la demanda de fuerza hidráulica; los lechos de los ríos salían al aire y pronto se detendrían las turbinas.

“La Tierra tenía fiebre. Azotada sin misericordia por los amarillos látigos del sol, se arremolinaba como un derviche en el último día de su furia.

“Si las naciones hubieran ignorado sus inútiles restricciones políticas para ayudarse, ellas mismas se habrían salvado. Pero la adversidad sólo alentó ideas patrioteras y pronto el Nuevo y el Viejo Reichs, y todos los Estados, Repúblicas, Federaciones, Territorios –como pez en el fondo de lo que fuera un lago– boqueaban bajo una película viscosa, aplastados por el cascarón roto de sus fronteras, pero elevando los impuestos aduanales a niveles astronómicos.

La única agencia de tipo internacional que quedaba era la Comisión para el Acceso a Nuevas y Originales Energías (CANOE). A la persona que descubriera una nueva fuente de energía, algún poder motor aún desconocido en la Tierra, CANOE ofrecía una recompensa millonaria.

Así comienza la historia del futuro en Carbón amarillo, uno de los primeros relatos de Krizanovsky; ya en los tempranos veinte lo rechazan los editores revolucionarios, pues no es contemporáneo. El autor morirá en 1950. Sus historias se descubren en 1989. La edición de sus Obras completas, en cinco libros, concluye apenas en 2010 (Simposium, San Petersburgo, 2001-2010). Ya se le traduce a inglés y polaco; Joane Turnbull lo viene haciendo desde 2006 en la revista Glas, que publica en Moscú, en inglés, literatura rusa. Glas produjo el libro Siete historias, con versiones de Turnbull y Nikolai Formozov. New York Review Books ha añadido Memorias del futuro y El club de los asesinos de letras.

Como tesoro recién descubierto, podemos decir que estamos ante el primer gran autor ruso del nuevo milenio, antes aún que la gran narradora Tatiana Tolstaya. Tuvieron razón los comisarios soviéticos, no era contemporáneo suyo ni soñaba igual, a no ser como pesadillas. Realismo experimental llamó su método, que no pasaba por Kafka, Schultz, ni Beckett. Mucho le hubiera aprendido Philip K. Dick. Lo habrían disfrutado Lem, Calvino o Borges. El verdadero ídolo de Krizanovsky, Quijote al revés, fue Cervantes.