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Derechos y realidad

Al principio sí duele; luego agarras maña y sabes cómo caer

Mis papás se separaron y ninguno quiso llevarme, relata adolescente faquir
Ariane Díaz
 
Periódico La Jornada
Domingo 29 de abril de 2012, p. 3

Alfredo Mejía es un faquir de 13 años. Recorre la línea 6 del Metro –que va de Martín Carrera a Rosario– poniendo en escena un acto circense que pretende provocar la lástima de los pasajeros y atraer algunos pesos.

En un trapo sucio lleva vidrio triturado, que tiende en el centro del vagón. Da una maroma con la espalda desnuda para caer sobre el material molido.

Al principio sí duele, pero luego agarras la maña y ya sabes cómo caer para no cortarte tan feo. Por tenderse en esa cama de vidrio llega a obtener 300 pesos si trabaja todo el día.

Otros días se gana la vida limpiando parabrisas en un cruce vial de Reforma, frente al camellón donde está el campamento que ahora es su casa y donde se acompaña de decenas de chicos como él.

No recuerda desde cuándo vive en la calle, pero sí la razón: mis papás se separaron y cada uno se fue por su lado. Mi papá se llevó a mi hermano y mi mamá a mis dos hermanitas, pero ninguno quiso llevarme con ellos.

Como casi todos los niños y adolescentes que viven en la calle, Alfredo es adicto a los solventes. La mona hace que su hablar sea deshilvanado.

Sentado en un desvencijado sillón, recuerda que luego de la separación de sus papás vivió con sus primos, pero éstos lo golpeaban y fue a dar a una casa hogar en la delegación Cuauhtémoc, de donde se salió porque una persona (del lugar) me quería pegar todo el tiempo.

Tiene ojos grandes y verdes, como de gato. El pelo muy corto, castaño, y un bigote que empieza a asomarse. Viste un pantalón de mezclilla roto y una playera del América, sucia, pero que muestra con orgullo cuando dice que es su equipo.

Si algo extraña de su familia es jugar futbol con su hermano menor en las canchas de la colonia Gabriel Hernández, delegación Gustavo A. Madero, donde vivía su familia.

Luis Alberto Valdez también tiene 13 años, pero su historia es muy diferente. A los siete años inhalaba solvente y pasaba mucho tiempo en la calle. Entonces, su mamá decidió enviarlo al Internado Infantil Guadalupano, donde estudia desde hace seis años.

El primer año fue difícil. Al principio no me sentía a gusto, yo quería estar en mi casa. Ahora ya se acostumbró.

Su mamá lo visita cada semana y él tiene la posibilidad de salir una vez al mes a su casa para ver a su familia.

Toma el taller de carpintería y hace poco terminó una mesa para los profesores. A punto de concluir la primaria, la institución que lo alberga le da la posibilidad de seguir viviendo ahí y apoyar sus estudios en una escuela pública cercana al internado. Quiere seguir estudiando porque le gustaría ser chef.

Jonathan, David, José Luis y Miguel viven en el paradero del Metro Taxqueña. Para ganarse la vida hacen de todo: venden paletas, limpian vidrios, le hacen al faquir, al payaso y al tragafuego. Reparten volantes. “De ahí sale pa’ la comida y el vicio”.

Su vicio es la mona, que todos inhalan cada cierto tiempo mientras cuentan recuerdos aislados, inconexos, con el propósito de reconstruir su historia y decir por qué están en la calle.

Sin embargo, aseguran que la gente se equivoca cuando piensa que “por ser drogadictos somos malandras... Creen que porque estamos con el activo o porque andamos sucios robamos o lastimamos a la gente, pero no”.

Casi todo el tiempo miran desde la desconfianza, pero a veces sonríen. Cuando lo hacen, sus dientes dan cuenta del abandono en que se encuentran. A algunos les faltan piezas dentales; otros las tienen manchadas.

Jonathan, de 15 años, se quita la sudadera y muestra las cicatrices que le ha dejado la actividad de tirarse sobre vidrios en el Metro, y las distingue claramente de aquellas marcas que le dejó el maltrato de su padrastro. Llegaba borracho y me pegaba. Por eso me salí. Dejó su casa a los 12 años.

El maltrato es el común denominador de este grupo. Todos fueron golpeados en sus casas y en las instituciones de asistencia a las que llegaron.

“Una vez estuve en un anexo (centro de atención para quienes sufren adicciones) y ahí me amarraban de a pescadito y me pegaban. Los padrinos nos humillaban. Dicen que esos centros son para ayudarte, pero tratan de corregirte a golpes”, dice José Luis, originario de Veracruz.

La Jornada intentó realizar un recorrido por los albergues del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF), pero no fue posible. Según las autoridades, no lo pueden permitir por la veda electoral. Dicen que sería promover las acciones de asistencia del DIF.