Opinión
Ver día anteriorLunes 6 de agosto de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
Más allá del aeropuerto
E

n taxi sobre el oriente. Una madrugada que quiere ser verde se pone de puntas al pie de dos estrellas (las que quedan) sobre la ciudad atónita, aún dormida. Trato de recordar ese color verdeante y no lo encuentro en ningún registro de mi memoria visual. No en la naturaleza. Y de ese tamaño. Probablemente aparezca, con su leve dosis de plomo o polvo, en algún rincón de Klee, o alguna sombra rectangular de Braque, pero se me ha escapado. Suena ocioso pero a ver, cuándo fue la última vez que descubrí un color, una tonalidad definida, autónoma, inédita.

Además abundante. La mitad superior del horizonte, un lienzo vastísimo, está impregnado de ese verde que no es sepia ni siena, es sucio pero brilla. Han de ser el sol que ya viene empujando abajo, invisible, y las luces inciertas de la ciudad de México hacia el oriente, por la llanura alguna vez lacustre que todavía llamamos Iztapalapa. Pero no sólo.

Un neoverde, diferente de cualquier otro, como lo es el llamativo verde de los semáforos, verde artificial por antonomasia. Esta madrugada de trayecto estamos en una región del verde donde puede caber el de la bandera, pero no el de las plantas. Por lo temprano de la hora, los matorrales urbanos, los setos en los camellones y los abetos en las cuadras siguen hundidos en el territorio del negro, no digamos ya el pasto de los parques, ralo si se quiere, pero completamente manchado de oscuridad.

Las auroras pueden ser amarillo oscuro. O tener los dedos de rosa, como repite Homero a lo largo de la Odisea. Rojas como incendio, azules del marino al celeste, naranja bruno, combinaciones de lila y blanco, o densamente grises. Pero nunca amanece siena ni esmeralda, ni siquiera en el trópico. Para mi memoria, al cielo el verde le está vedado. ¿Auroras boreales? Sí, su paleta de verdes, cuando la hay, es pasmosa, explosiva, hija de las improbables nupcias del vapor atmosférico con la electricidad del Universo.

Este verde capitalino, acojinado y chamagoso tiene la cualidad de un descubrimiento. O es mera alucinación, con su par de estrellas brillantes y solitarias sobre el naciente resplandor de un verde desconocido con textura de trapo.

Las líneas negras de las cercas de alambrado cuando las hay, los postes, los troncos cuando los hay, pasan rápido, grecas al carbón que rubrican en un continuo ese aire verde que se hunde en lo alto. En un ataque de cercanía, los volcanes subrayan con sus contornos familiares la unicidad del campo celeste, verde que te quiero verde, verde estatua.

Minutos después. Al final de aquel semicírculo alrededor de la ciudad llegué a mi provisional destino, un lugar donde nadie me esperaba. Una regla elemental es que al que deja de llegar lo dejan de esperar. Así de sencillo.

Pero necesitaba refugio. Tú sabes, una noche de esas. Hay de insomnios a insomnios. Y aquel, tormentoso, fume y fume a oscuras colgado de la ventana, con toda clase de debrayes y verdaderos veintes cayendo. La monserga de los ataques de lucidez, ¿sabes?, cuando te sorprendes de haber sido tan pendejo. Necesitas escupirlo, llorarlo, sudarlo, sangrarlo, algo. Y llamas un taxi.

Llegué al pie de la ventana de la centinela, nadie le dice así pero eso es lo que es. En el altillo, un vago resplandor como de vela delataba el prusia de la cortina y sus grecas indonesias en batik. Lancé una piedrita, y a la primera le atiné al vidrio. Esperé, pero nada. Tiré otra, fallé. Otra, más grande, pegó y quedó en el pretil. Por poco me llevo el cristal. Otro ¿minuto? Ni un alma en la calle, y el cielo todavía verde allí entre los edificios. Al fin, la silueta de los brazos de la centinela alzó la ventana y ella asomó sus greñas abundantes en un desorden directamente proporcional a la hora, masculló una risa de total, qué más da, y hasta de gusto de ser despertada a hora así de inoportuna por alguien tan inoportuno como yo.

Desapareció la cabeza unos segundos y reapareció con la canastilla de las llaves y el largo lazo para su descenso. Un ritual infalible de la centinela, con su vocación de Rapunzel, eremita y lectora insaciable. Entre el resuello y el alivio subí las escaleras. Para cuando alcancé su piso la puerta estaba abierta, y ella en el marco con piyama de franela, de ositos. Atrás en la cocina ya hervía agua para un té.

–¡Qué cielo! -dijo.

–¿Checaste? Lo vine alucinando todo el camino.

–¡Verde!

–Tú dirás.

Muy en su estilo, no dijo por qué no llamaste para avisar que venías ni preguntó a qué se debía el honor de mi visita. Me lo leyó en la cara. De la mano me condujo al sofá, de esos grandes, mullidos, medio feos. Me depositó allí con autoridad inapelable, fue por las tazas de té, regresó, las depositó en la mesita del centro, me hizo a un lado para recostarse y me jaló sobre sus pechos, no más arriba. Como si fuera una almohada de amapolas, caí dormido sin darme cuenta y tuve sueños de leche, como se dice de los dientes de los inocentes.