Opinión
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A la mitad del foro

La extraña muerte del sistema mexicano

León García Soler
L

os memoriosos dirán que empezó a morirse al nacer. Al concluir la era de los caudillos y llegar la de las instituciones. Como en el viejo poema, ¿qué fue de tanto galán? ¿Las instituciones qué se hicieron? Los revisionistas acuden a La sombra del caudillo. Los de la era del espectáculo erigieron monumento a la estulticia: zócalo tecnoburocrático y estatua ecuestre con Fox en la silla y la estulticia en ancas. Pero llegó Felipillo Santo y la higuera reverdeció; estalló la guerra y hay recuento de muertos como especulación pura. Salvo cuando es abatido un capo y se levanta el muerto para evadir la realidad.

Murió de risa el afamado sistema mexicano; el que quiso inmortalizar Mario Vargas Llosa: la dictadura perfecta que parecía dictablanda y desdeñó el origen revolucionario; nostalgia del pasado, dijeron los del salinismo; la de los signos que movieron a confundir estabilidad con el coma que precede a la agonía. Al designar Gustavo Díaz Ordaz secretario de Educación a Agustín Yáñez, al gran literato que fue secretario del dirigente lego de la cristiada. Al fin que José Vasconcelos ya había escrito La flama y puesto su talento al servicio del nazifascismo. Y el resentimiento tiberiano de Díaz Ordaz conduciría a entronizar el autoritarismo, a la persecución y muerte de los jóvenes estudiantes del 68.

Los otros caídos, antes y después, eran campesinos, jornaleros, obreros, profesores rurales, mineros y otros marginados. Si no se olvidan, nadie se acuerda de ellos. Ni siquiera cuando los dejan enterrados en un socavón de Pasta de Conchos, o desangrados en los patios de la Siderúrgica Lázaro Cárdenas. Nómadas en tierra propia, los entierran en fosas comunes, junto a sus hermanos migrantes de Centroamérica cuyo norte es el mismo, idéntica la decisión de no morir de hambre, de irse a buscar empleo al otro lado del río Bravo. Para los marginados siempre estamos en estado de excepción, siempre hay retenes y cateos; nunca hay garantías individuales. Ah, pero el sistema que supo dárselas en la norma suprema del poder constituido empezó por negar las garantías sociales, por negarse a sí mismo. Y ahí estamos.

En las redes sociales del movimiento continuo, la libertad del dulce salvaje de Rousseau y la sinrazón de la impunidad, corrió de inmediato el humor negro: “A Vicente Fox se le escapó vivo El Chapo Guzmán; a Felipe Calderón se le escapó muerto El Lazca”. En octubre hay ya pan de muertos a la venta. Y en Coahuila recitan los verbos de Zorrilla: Los muertos que vos matáis, gozan de cabal salud. Murió de risa el sistema, aquel destinado a la eternidad por el optimismo de Fausto Zapata al ver un enorme letrero camino al aeropuerto de la Habana, Cuba: La Revolución es inmortal, decía. “No –precisó el potosino–, el sistema es inmortal.” Y de ambos, nada queda. De ambos tres, diría Vicente Fox.

Caminan los muertos. Y rumbo al olvido envían iniciativas de reforma preferente al Congreso. Largo interregno el del sistema mexicano: elecciones el 1º de julio; cambio de titular del Supremo Poder Ejecutivo de la Unión el 1º de diciembre. Cinco meses con el cadáver a cuestas, como Juana la Loca con el de Felipe el Hermoso. Pero el Poder Ejecutivo se deposita en un solo individuo. No hay dos presidentes. Calderón hace y deshace; recorre el país en despedida triunfal; habla del privilegio de servir al bien común, de ejercer el poder político, del poder, de poder. Un presidente: el difunto sistema le atribuía majestuosas facultades taumaturgas; era el árbitro de última instancia, dueño de las expectativas de quienes se ocupan de la cosa pública, o de privatizar los beneficios de la misma. Durante seis años, ni un segundo más. A partir del instante en que el sucesor se ponía la banda tricolor, el otro era nada y ningún derecho tenía.

Salvo esperar que no se le hicieran cargos que lo llevaran a juicio. Formal, no al de la opinión pública satisfecha con enviarlo al diablo. A dos meses de irse, Calderón propone una reforma laboral; divide a los suyos y a los ajenos; concluye su tarea con una franca provocación. Y, para colmo, violando la norma constitucional. Los diputados ya aprobaron la reforma y la enviaron, modificada, a la Cámara de Senadores. Manlio Fabio Beltrones impuso la experiencia y la visión política; las izquierdas le obsequiaron su propia fractura, la enésima toma de tribuna y el esperpéntico espectáculo del líder Silvano Aureoles ofreciendo disculpas al priísta. A la hora de votar, más de 50 huyeron. Y para no votar, se escondieron algunos valientes panistas.

Pero al Senado llegó la iniciativa sin las burdas imposiciones con las que pretendía la reforma someter las cuentas de los sindicatos a revisión. No es dinero público, es de los trabajadores. Las izquierdas despistadas en San Lázaro cerraron filas en Reforma e Insurgentes: hay que democratizar la vida sindical; exigir elecciones de dirigentes por voto secreto y directo; acabar con los contratos de protección; dar gran lanzada al moro muerto del corporativismo priísta. Pero afuera del Senado, los líderes sindicalistas de oposición, de las izquierdas, por convicciones ideológicas o adoptados en la transición a la democracia sin adjetivos, se unieron a los del PRI que se opusieron a la reforma laboral en comisiones y en tribuna. Los telefonistas de Francisco Hernández Juárez, los electricistas del SME, los pilotos y trabajadores de la aviación, y muchos otros marcharon junto a los de la CROC, con los charros.

La alianza PRD-PAN produjo otro parto de los montes. Espero que no se rajen, dijo el inefable Gustavo Madero. Y Martí Batres se erigió en tribuno de las barricadas. Pero aunque los del PRI dieran lectura a una carta manifiesto de Joaquín Gamboa Pascoe, nada menos de quien comparte aficiones cinegéticas con el rey Juan Carlos de España, tripulante y pasajero de autos de lujo, la izquierda heredera de Hernán Laborde, de Valentín Campa, de Rafael Galván, de los Flores Magón, se alineaba con el poblano que fuera secretario del Trabajo de Felipe Calderón, fantoche al servicio de los patrones. Ahí donde anida sus huevos la serpiente. Las vueltas del tiempo les ofrecieron salida en la voz de Manuel Bartlett: ¡Resistan! Y si ellos la aprueban, van a perder todos los amparos: porque es inconstitucional la iniciativa preferente enviada sin haberse aprobado la ley reglamentaria.

¿No lo sabrían los sabios juristas que asesoran a Felipe Calderón? No tiene importancia alguna. El michoacano es titular del Poder Ejecutivo hasta el 30 de noviembre. Gobierna, desgobierna, hace la guerra y el recuento de sus victorias; exhiben en el ágora electrónica nombres e imágenes de los capos caídos, de los enemigos públicos, como dicen los clásicos: ¡vivos o muertos!

Enrique Peña Nieto viaja por Europa. Visita Alemania y conversa en Berlín con frau Angela Merkel. Ante los inversionistas germanos dice que espera sea aprobada la nueva legislación laboral; que el debate será buena prueba para la capacidad de construir acuerdos: ...a final de cuentas los partidos resolverán dando su voto a la posición que respaldan. Después de ello podremos tener una reforma que dé lugar a un marco legal más de avanzada.

Nacerá muerta la reforma laboral de la derecha intolerante y patronal. Para dar paso a un marco legal más avanzado. O dejarnos empantanados en los negocios gallegos y en el trance de resolver la inversión indispensable en Pemex sin perder la propiedad del petróleo ni la rectoría del Estado mexicano.

Y que los muertos entierren a sus muertos