Editorial
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Thatcher: neoliberalismo y revolución conservadora
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l fallecimiento de Margaret Thatcher, primera ministra británica entre 1979 y 1990, hace pertinente esbozar un balance de lo que ha significado para el mundo el fenómeno político conocido como la revolución conservadora y su aplicación económica, el neoliberalismo.

Entre 1978 y 1981 tres personalidades profundamente anticomunistas y conservadoras llegaron a puestos claves en la escena internacional: Karol Wojtyla, quien asumió el papado con el nombre de Juan Pablo II, la propia Thatcher y Ronald Reagan. Entre los tres se estableció una alianza tácita para emprender una cruzada mundial que combinó posturas políticas autoritarias y retrógradas y, en el caso de los dos políticos anglosajones, un belicismo desbocado que dio pie a una nueva espiral armamentista entre los bloques occidental y oriental.

En lo económico Thatcher y Reagan adoptaron un modelo que ya había sido puesto a prueba en Chile por la dictadura de Augusto Pinochet –amigo cercano de la hoy difunta–, inspirado a su vez en las prédicas ultraliberales y monetaristas de Friedrich Hayek y de Milton Friedman, que consistía, básicamente, en transferir casi toda la propiedad pública a manos privadas, eliminar todo control sobre los mercados y reorientar la función del Estado de árbitro entre los factores de la producción a promotor de negocios particulares.

En el ámbito británico, el gobierno de Thatcher desmanteló el Estado de bienestar, desapareció o recortó los derechos laborales y sindicales, reprimió con ferocidad a los mineros y a los independentistas irlandeses –contra quienes empleó métodos de guerra sucia similares a los que utilizaban las dictaduras latinoamericanas–, incrementó en forma brusca las tasas impositivas y llevó los servicios públicos de salud, educación y transporte a un estado de catástrofe. En consecuencia, el thatcherismo produjo en la ciudadanía británica una fractura política enconada y sin precedente que se expresó incluso con motivo de la muerte de la política conservadora: ayer, mientras algunos ingleses lamentaban su fallecimiento, otros protagonizaban escenas públicas de júbilo.

Los lineamientos de la revolución conservadora y del neoliberalismo no se constriñeron a Estados Unidos y Gran Bretaña. Para fines de la penúltima década del siglo pasado se había establecido un llamado consenso de Washington que transformó las devastadoras prácticas económicas de Pinochet, Reagan y Thatcher en un dogma que se aplicó en América Latina con resultados sociales catastróficos. En ausencia de contrapesos, tras la caída del bloque soviético, y con la activa participación del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, las recetas neoliberales llegaron a convertirse en una suerte de pensamiento único, una ortodoxia de la que parecía imposible escapar. El paradigma de la dictadura chilena fue adoptado por gobernantes civiles, como Carlos Salinas en México y Carlos Menem en Argentina, con consecuencias desastrosas para los mercados internos, los niveles de vida, las soberanías nacionales y los pactos sociales.

El momento culminante de la carrera de Thatcher fue su astuto aprovechamiento político del desembarco ordenado por los militares argentinos en las disputadas islas Malvinas. Aquella aventura militar, que obedecía más al propósito de legitimación interna que a una recuperación de soberanía, habría podido resolverse por vías diplomáticas, pero Thatcher, quien por entonces pasaba también por un mal momento político, decidió llevar el juego hasta las últimas consecuencias, cerró toda posibilidad de solución negociada y envió una expedición militar que costó centenares de vidas de soldados argentinos y británicos. Con ello, la política conservadora logró aferrarse al puesto de primera ministra.

Aunque tanto Wojtyla como los promotores seculares de la revolución conservadora han fallecido ya, ésta, así como el neoliberalismo por ella implantado –Juan Pablo II tomó distancia de la parte económica de la cruzada una vez que se desintegró el bloque soviético– persisten y siguen generando escenarios sociales cercanos a la ingobernabilidad: es el caso de España, Portugal, Grecia, Chipre y, en muchos sentidos, México. A más de tres décadas de la llegada de Thatcher y Reagan al poder, y a 40 años de la instauración de la dictadura pinochetista, diversas sociedades –la nuestra entre ellas– continúan sujetas a sus devastadores programas económicos.

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