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Brasil: el precio de espiar a Dilma
Eric Nepomuceno
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sta semana, el gobierno de la presidenta Dilma Rousseff anunció que la fabricante sueca Saab fue la elegida para vender 36 cazas a la Fuerza Aérea Brasileña por 4 mil 500 millones de dólares. En realidad, el negocio significará más dinero: los suecos ya tienen asegurada la preferencia para vender otros cien aparatos. Terminó así una novela que se arrastró por más de una década y que tuvo enfrentados, en la hora final, a tres grandes fabricantes de aviones de combate: la Boeing estadunidense y la francesa Dassault disputaban con los suecos el contrato que podrá significar una vidriera para vender equipos a otros países emergentes.

Los análisis técnicos de la Fuerza Aérea Brasileña ya habían indicado el caza Gripen NG, de la Saab, como favorito. La decisión, en todo caso, tomaría en cuenta otros aspectos políticos y económicos, y así tanto el francés Rafale como el estadunidense F-18 Super Hornet se mantuvieron mano a mano en la disputa. Lula da Silva, cuando fue presidente, llegó a anunciar que el elegido para remplazar los viejos Mirage de la Fuerza Aérea sería el Rafale. El negocio no se concretó en sus dos mandatos, y la Boeing jamás perdió las esperanzas. Las presiones sobre el gobierno de Dilma se dieron por todos los medios.

Sin embargo, a la hora de la decisión lo que más pesó, dicen asesores de la presidenta brasileña, ha sido el profundo malestar de Dilma con Washington. Antes del escándalo del espionaje promovido por la Agencia Nacional de Seguridad (NSA, por sus siglas en inglés), ella había manifestado su preferencia personal por el caza de la Boeing, pese a que la Fuerza Aérea había optado por el avión sueco. La decisión final le toca al mandatario de turno, y estaba prácticamente sellada la compra de los F-18, de la misma forma que Lula había elegido el avión francés.

Pero resultaría imposible esa opción personal de Dilma, luego de haber montado en ira al saber que incluso tanto su correo electrónico personal como sus teléfonos privados fueron blanco de espionaje, además de los de ministros, políticos y empresas estatales, empezando por Petrobras.

A raíz de lo que consideró una invasión inadmisible, Dilma Rousseff ya había suspendido un viaje de Estado que haría a su par, Barack Obama, en un gesto diplomático de gran contundencia (la suya era la única visita de Estado prevista por Washington para este año). Por lo visto, le pareció poco: ahora le quitó a la gigante estadunidense de la aviación un contrato gordo que, además, podría tener (como seguramente tendrá, pero en beneficio de los suecos) desdoblamientos.

Claro que en los grandes negocios de la guerra nunca nadie alguien gana todo ni nadie pierde todo. Parte considerable de los componentes y equipos del Gripen NG suecos es fabricada por proveedores estadunidenses. Pero el contrato pactado en Brasilia prevé una muy amplia transferencia de tecnología y determina que los aviones serán armados en el país, algo que los de la Boeing se resistían a aceptar.

En todo caso, al dejar claro con toda claridad que el tema del espionaje ha sido capital en la decisión adoptada, el gobierno brasileño reitera su política de no resignarse frente a la actitud de Washington. Es la primera vez que el malestar tiene consecuencias económicas directas. Por más que se considere que 4 mil 500 millones de dólares es una suma apenas razonable en el gran comercio de la guerra y sus muertes, la respuesta política tiene un peso considerable.

Con la renovación de su flota de combate, Brasil recupera parte del terreno perdido en el escenario militar sudamericano. Actualmente, la Fuerza Aérea cuenta con 57 cazas estadunidenses F-5, comprados en la década de los 70 y modernizados hace algunos años, además de 16 Mirages franceses adquiridos hace cinco años, y otros 43 AMX construidos por un consorcio italobrasileño. El parque aéreo argentino es aún más débil: cuenta con 15 Mirage, tres IAI Dagger (una copia apenas mejorada de los Mirage fabricada en Israel) y 14 A-4 estadunidenses, todos obsoletos. Las dos fuerzas aéreas más modernas y eficaces de Sudamérica son la chilena y la venezolana.

Para un país que pretende consolidar y destacar su liderazgo regional, Brasil sabe que necesita recuperar terreno en el macabro espectro de las máquinas de matar. Así, y gracias a la inhabilidad extrema de Washington y a la impotencia personal de Barack Obama a la hora de intentar sanar los efectos del espionaje abusivo, los suecos hicieron su agosto en pleno diciembre.

La nota oficial de la Boeing, divulgada tan pronto se confirmó que los suecos habían sido elegidos, muestra que, además de sorprendidos, los estadunidenses quedaron atónitos. Trataremos de mantener diálogo con el Ministerio de Defensa de Brasil para intentar entender lo que pasó, dice la nota.

Bueno, dialogar siempre es positivo, pero mejor sería preguntarle a Obama qué diablos le pasó.

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