Política
Ver día anteriorJueves 24 de julio de 2014Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Ni fu ni FIFA
Miguel Marín Bosch
E

l pasado 13 de julio concluyó por fin el Campeonato Mundial de Futbol. Mis amigos que saben del tema insisten en que fue un torneo espléndido, el mejor en muchos años. No estoy tan seguro.

Hubo partidos emocionantes y actuaciones individuales extraordinarias. Pero el arbitraje no estuvo a la altura y hubo incidentes que se alejaron mucho del llamado fair play (Luis Suárez, por ejemplo). También hubo sorpresas, incluyendo la eliminación temprana del campeón (España) y de Italia e Inglaterra. Por otro lado, otras selecciones brillaron inesperadamente (México y, sobre todo, Colombia y Costa Rica). El derrumbe del anfitrión (Brasil) y el juego atractivo de Alemania también sorprendieron.

Brasil defraudó en el terreno de juego, pero logró organizar bien el torneo. En general, se evitaron las temidas manifestaciones en contra del Mundial, pero hubo severas críticas al gobierno en los medios de comunicación y la presidenta Dilma Rousseff fue abucheada en los estadios.

Empero, lo que menos gustó fue el empeño comercializador del torneo por parte de la FIFA. Con el apoyo de las compañías de televisión, convirtió el espectáculo deportivo en un burdo negocio.

La Fédération Internationale de Football Association (FIFA, por sus siglas en francés) es el organismo rector del futbol mundial. Reúne a las asociaciones o federaciones nacionales de sus 209 países miembros. La FIFA es autónoma y se supervisa a sí misma. He ahí un problema.

Más que un banquete de futbol, el Mundial es un atracón comercial. Genera unas cantidades enormes de dinero y ello se presta a la corrupción. He ahí otro problema.

Desde su fundación en 1904 la FIFA ha tenido sólo ocho presidentes. El más longevo fue el francés Jules Rimet (1921-1954), quien sentó las bases de la FIFA de hoy, incluyendo su organización y torneos, sobre todo la Copa del Mundo.

Desde 1961 la FIFA ha tenido apenas tres dirigentes: el inglés Stanley Rous (1961-1974), el brasileño João Havelange (1974-1998) y el suizo Joseph ( Sepp) Blatter (desde 1998). Rous firmó los primeros contratos para la transmisión de los partidos por televisión.

La gestión de Havelange duró casi un cuarto de siglo. Bajo su tutela la FIFA creció y se comercializó. Sus decisiones (elecciones, futuras sedes, patrocinadores y contratos con las televisoras) se convirtieron en transacciones comerciales y dieron pie a sobornos. Con su entonces yerno al frente de la confederación brasileña, Havelange hizo y deshizo a su antojo. Además, se alió con la dictadura militar en su país y defendió el régimen militar en Argentina. Su estilo de gobernar fue criticado duramente por Pelé y Maradona.

La sombra de la corrupción de la época de Havelange sigue extendiéndose sobre la FIFA y su sucesor, Sepp Blatter. Éste continúa insistiendo en que la FIFA puede autorregularse. Sin embargo, sólo un puñado de periodistas ha podido descubrir algunos actos de corrupción. Es cierto que hace poco la FIFA acusó a Blatter de malos manejos, pero ¿cómo averiguar la forma en que su comité ejecutivo le concedió a Qatar el Mundial de 2022?

La Copa Mundial es muchas cosas. Es el evento de mayor audiencia televisiva. Pese a que los dos países con mayor población (China e India) tienen relativamente poco interés en el futbol, el Mundial quizás sea el mejor ejemplo de un mundo globalizado. Las redes sociales estuvieron particularmente activas durante el torneo. Acaparó la atención de miles de millones de personas. Piensen en lo fácil que fue circular por las calles de las principales ciudades mexicanas cuando hubo un partido de la selección nacional.

El Mundial también es uno de los mayores negocios del planeta. Mueve sumas inimaginables de dinero y enriquece a las televisoras, a las federaciones nacionales y regionales y a los patrocinadores oficiales.

La Copa Mundial también es un escaparate para los jugadores jóvenes y poco conocidos. Piensen en el colombiano James Rodríguez. Él y muchos otros, incluyendo a varios porteros, aumentaron sus fichas y ya son objeto de ofertas de contratos millonarios. Pero también es un escaparate para los jugadores ya consagrados. Algunos se lucieron (Arjen Robben), otros sufrieron (Cristiano Ronaldo) y unos no tuvieron el éxito esperado (Lionel Messi). El caso de este último es curioso porque la FIFA lo designó el mejor jugador del torneo (Balón de Oro), pero luego no lo incluyó en la lista de jugadores en el llamado once ideal. Otro ejemplo de lo mal que anda la FIFA.

A los brasileños no les será fácil digerir la contundente derrota ante Alemania. Algunos comentaristas culpan al director técnico. Otros insisten en que el problema de la selección nacional se debe a que sus integrantes juegan en ligas extranjeras y aprenden un estilo de juego ajeno al jogo bonito. Pero la liga de futbol brasileña sencillamente no puede pagar los contratos de los más destacados jugadores. Curiosamente en México hay quienes cotizan más a los seleccionados que juegan en ligas europeas. Quizás ello se deba a que son relativamente pocos los mexicanos presentes en dichas ligas.

Hay un último aspecto del pasado Mundial que demuestra lo mucho que ha perdido el espíritu del deporte puro.

Schadenfreude es una palabra alemana que nos sirve para describir lo que considero una de las principales características del pasado Mundial. Se trata de un sentimiento de satisfacción frente al sufrimiento del prójimo. Para decirlo de otra manera, cabe recordar la letra de la canción Fallaste, corazón: “me alegro que ahora sufras”.

Escuchar a grupos de argentinos cantando una canción mofándose del triste papel de la selección brasileña es un gesto antideportivo y vergonzoso. Ver a los jugadores alemanes celebrando su victoria junto a la puerta de Brandeburgo en Berlín es una cosa. Pero oírlos pitorrearse de sus contrincantes en la fase final del Mundial es otra cosa muy distinta.

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