Opinión
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Los de abajo

Ignominia en Guerrero

E

n la caseta de cobro de Palo Blanco, en Chilpancingo, sobre la Autopista del Sol, un trozo de la sociedad mexicana transita estos días por la carretera de quienes no se rinden ni piensan hacerlo. Miles de automovilistas cruzan, probablemente sin darse cuenta, la historia de la ignominia en México, pero también la historia de dignidad de un pueblo que exige justicia y que no piensa quedarse nunca más callado.

Una señora de enagua multicolor, indígena de la Montaña de Guerrero, es una de las que detiene el paso a los vehículos. Las casetas han sido liberadas por maestros democráticos y activistas de la Asamblea Popular de Guerrero. La señora, al sentirse filmada, saca su celular y lo dirige a quien le toma fotos: somos iguales, ¿no? Tú me tomas fotos y yo a ti. Si a mí me matan, vas a saber que fue por ti. Pero si usted no quiere, no se toman fotos, se le replica. Tómalas, casi exige, y diles que aquí estamos, bajo el sol, hasta encontrarlos.

Es que no sé si sepas que nos desparecieron a nuestros muchachos. Eran 43. Y a unos los mataron. Y es por eso que estamos aquí. Te deseamos feliz viaje. La cooperación es voluntaria, dice la señora que, uno a uno, explica a los automovilistas lo que sucede en este país. Una pensaría que a estas alturas todo el mundo, literalmente, sabe lo que ocurrió en Iguala la fatídica noche del 26 de septiembre, que bien o mal están enterados por las versiones de la televisión comercial. Pero no. Si esta caseta fuera un termómetro, la verdad es que aunque la mayoría saca la mano con el dedo pulgar hacia arriba en señal de apoyo, hay muchos que hoy cierran el vidrio ante lo que consideran una amenaza. El miedo del que parece indiferente es a veces más fuerte. O la vergüenza.

Este no es un asunto de culpas, sino de sensibilidad y acompañamiento. Muchos vacacionistas les dan la mano a quienes no han tenido Navidad ni festejos de fin de año. Les piden información, comparten un apoyo económico para la causa y siguen su camino. No son indiferentes, pero queda pendiente si con esto alcanza.

Y los que dicen que no alcanza están en las comunidades indígenas de este país, en las universidades, en los campos. Lo mismo que la indígena que explica en la caseta de Palo Blanco, muchos representantes de pueblos originarios unen sus voces y sus luchas como desde hace 21 años. Hoy están con Ayotzinapa. En el sur se encuentran y dicen: formemos un remolino de viento para que regresen nuestros desaparecidos; formemos una sola ola y envolvamos a estos malos gobiernos que tanto daño han hecho; hay que organizarnos.

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