Opinión
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El intrigante operativo Jalisco. ¿Dónde quedó la inteligencia?
Jorge Carrillo Olea
N

o todas las batallas se ganan, podría afirmar un aforismo. Grandes batallas y aun guerras al mando de grandes estrategas se han perdido, pero la historia ha explicado cuál fue la falla, sea por defectos de información, por mala planeación o conducción. Las más relevantes son casos de estudio.

Sobre la guerra de Vietnam, el secretario de Defensa de Estados Unidos Robert McNamara (entre 1961 y 1968) ha confesado mediante el documental The fog of war (en.wikipedia.org/wiki/Fog_of_war) que esa guerra se había dirigido más por intuición que con inteligencia, debido a las deficiencias de ésta.

Otro ejemplo histórico es la ofensiva del Tet en Vietnam. La mañana del Año Nuevo de 1968 el Vietcong lanzó más de 100 operaciones sorpresivas contra el ejército más poderoso el mundo. Para el pueblo de Estados Unidos fue una derrota total y su irritación hizo cambiar la conducción de la guerra. El optimismo del gobierno y su inteligencia habían resultado totalmente equivocados (¿Jalisco?).

Esas derrotas revelaron que las decisiones adoptadas se equivocaron por un grave déficit de inteligencia. La guerra de Calderón fue también una derrota desde su inicio por igual razón, como lo confesara él mismo a José María Aznar, ex presidente de España (La Jornada, 7/12/10).

¿Qué pasó entonces con el operativo Jalisco y sus repercusiones en Guanajuato, Colima y Michoacán? Es indispensable advertir el derecho del pueblo a conocer el porqué de la derrota.

Los misterios sobre ella empiezan en el ignorarse cuál fue la institución responsable de la operación en su conjunto, que aparentemente no la hubo hasta el 5 de mayo, cuando se nombró como coordinador (ambiguo cargo para una situación así) al general González Cruz, sin que se dijera con qué facultades y límites, ni de quién dependería.

Se amplía el misterio si por otras múltiples experiencias ha lugar a pensar que cada grupo de las llamadas fuerzas federales tenía su propio mando, su propia información y sus propios planes, sin ninguna coordinación ni cooperación. Recuérdese que así pasó en Iguala.

El término fuerzas federales le es muy cómodo al gobierno. Es un costal en el que cabe todo, en el que no se sabe quién es quién. Todo queda en un misterio de responsabilidad legal, funcional y operativa. Si fuera un conjunto armónico, ¿quién mandaría? Si no lo es, todo puede suceder, como en el operativo Jalisco. ¿Es esta una posible explicación de Tlatlaya, Ayotzinapa y Apatzingán?

¿Cómo fue posible que la preparación por parte del narco de más de 100 acciones ofensivas simultáneas fuera ignorada por el gobierno? El sistema de inteligencia, tan elogiado públicamente por el Presidente, ¿a qué conclusiones llegó para sustentar la planeación del operativo Jalisco? ¿Por qué la inteligencia falló, produciendo una derrota memorable? ¿Todo fue por detener a un capo, Nemesio Oceguera, como le gusta al Presidente?

Si existiera, como debiera ser, en cada fuerza participante un memorial de las operaciones, ¿qué consignaría? ¿O es un secreto de seguridad nacional, la salida de siempre para cualquier atolladero informativo? La tendencia del gobierno ha sido diluir a cualquier responsable de grande pifias mediante vagos informes de la alta burocracia. Recuérdese el tren bala a Querétaro.

En este caso –los tiempos son otros– es de interés nacional saber cuál era el objetivo específico del operativo, dónde se concibió la maniobra, con base en qué información se planeó y qué institución calculó las contingencias y sus riesgos e hizo el balance costo/beneficio. Por qué el helicóptero actuó con clara imprudencia, quién lo mandaba y éste en qué responsabilidad incurrió, cuál era su misión, que evidentemente era de transporte y no de combate.

Debe informarse también si operó bien el secreto durante la planeación y órdenes iniciales o, como es de sospecharse, hubo filtraciones, porque el narco tendió las emboscadas con base en inteligencia a su disposición, con técnica de planeación y con gran coordinación. Importa consecuentemente saber qué institución es responsable del fracaso ante la opinión pública, último y más legítimo juez. ¿Qué pasa entonces? ¡Algo huele mal en Dinamarca!

Sí, algo huele mal, pero la fetidez va más allá de la derrota de Jalisco y sus indiscutibles errores, que el Congreso y la opinión pública deberían conocer. Lo que huele mal es el desarreglo con que se conducen tantas cosas, entre ellas la insuficiencia y el parcelamiento de la inteligencia y sus consecuencias.

El operativo Jalisco hace evidente de que no fueron sólo las fuerzas federales las derrotadas. Se evidenció que estamos equivocados como país. Es hora de aceptarlo y cambiar el rumbo.

Usaré las lecciones de Colombia, Enrique Peña Nieto, La Jornada, 5/7/12