Opinión
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Pájaro vivo dentro de la sangre
José Cueli
¡A

madre! “¿No has tenido nunca un pájaro vivo apretado en la mano… lo mismo pero por dentro de la sangre?” (Federico García Lorca)

El deseo te pinta en fantasía más hermosa; ojos grandes y rodeados de sombrío cerco de pestañas negras, al fondo un punto de luz de ardiente pupila brilla en noche oscura. Labios encendidos rojo fuego recortado en la tez morena pálida, transparente radiografía de húmeda tristeza, anuncio de vago despertar del deseo insatisfecho, promotor de sensaciones que corren por las venas hirvientes como olas de mar, azotándose contra peñascos, espumas turban y generan alucinaciones de incendios, teñidos de luz enceguecedora coloreada por rayos de sol de mediodía, que oscilan al compás tropical quebrándose como olas en la playa, para perder sangre por la herida abierta de la ternura.

Fuego sagrado del que brotan deseos que se lanzan por los blancos del monte que hay en tus pechos, para disolver el nudo de aguas profundas. Verónicas revoloteo de puntas a la entrada de entrañas. Vuelo de papeles de colores recortados amarillos y anaranjados, sólo uno sobre el pecho que vaga por el espacio adherido a los brazos que jugados al unísono en la verónica de cante mayor, pieza fundamental de cante grande, ir y venir, palpitar de pechos, vértigo alrededor de la lumbre, entreabriendo círculos en el aire, ir, regresar, cantando cantares antiguos, meciéndose en viento, agrietado por el nuberío del cielo, al quiebre del ritmo en sombra de la noche, parpadea calor incandescente, sabor a vinillo de la tierra, en noche azulada.

Callada soledad que excita la melancólica memoria bajo la copa de pecho velado. Mágico manto de misterioso toreo, tierna hoguera, rica como ninguna, danza fugaz que vuela al compás de palmas, ecos presurosos. Saliva acariciadora sobre la piel, gira y gira, del capotillo leve que tiende las palmas de las manos como puntas jugadas al unísono en acaricie lento, lento, vibra de la tonalidad exacta de melodía morena, sin estridencias, aguda y no chillona, modulada, sensible, que proviene de la capa interior de la piel que es la del cante y el toreo. Toreo, sutil y lleno de claro oscuro, que sirve lo mismo a la libertad que a la muerte, bajo la capa del arranque de los pechos, acariciando despacio, seguido, lento.

Cuerpo, que al seguir al mío día y noche, es sangre abrazada a cintura quemante, hierro candente. Morena que no incita con fantástica chispa, sólo deseo insatisfecho, como todos los deseos, en estados mentales de exaltación, goce delicioso de sensaciones, ráfagas huracanadas o caballos desbocados entre árboles, rocas que pasan como exhalación para concentrarnos.

Al acercarnos uno al otro y no disponer otra salida de nuestra soledad; al menos, nos acoplaremos firmemente, como antes de nacer, sabiéndonos con dos cuerpos, yo en ti, tú en mí, amoldándonos a la intimidad estricta, una misma forma corporal, belleza que mañana será complejidad, poesía, ángel de mal menor, puerta del cielo, abrir el abanico morado rosado, perdido en campos de terciopelo, cinta de agua, trenzada en múltiples lazos naranja y amarillo de relación que no existe. Madre desde antes, madre siempre.

“¿Qué pides, niño, desde tan lejos?

Los blancos montes que hay en tu

pecho” (Ídem)

(Federico García Lorca: Obras completas, Editorial Aguilar, Madrid.)