Opinión
Ver día anteriorMiércoles 17 de febrero de 2016Ver día siguienteEdiciones anteriores
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El pinchi poder
E

sta famosa versión del mando político marca, de manera estelar, una tan sui generis como extendida manera de categorizarlo por, al menos, buena parte de los priístas. En ello se implican tanto el uso personalizado, partidista y patrimonial tanto de los recursos públicos como de muchos otros factores acompañantes. Hay, en la trastienda de esta reveladora expresión, el extendido sentimiento y la completa seguridad de que las consecuencias derivadas quedarán en la más rotunda impunidad. Se piensa que no habrá castigo alguno por los excesos posibles. La sola voluntad del poderoso bastará para su debida utilización y salvedad. Contará, eso sí, la eficacia de su empleo. De esta descarnada manera se ha operado por años y, de esta manera se podrá seguir manteniendo el pinchi poder según certificado registro del ex gobernador veracruzano (FHB).

Este inicio de 2016 bien puede significarse por un despliegue de actitudes semejantes a las encerradas en tan funesta versión muy en boga en las alturas. Estas actualizaciones emergen a puñados desde la mera cúspide decisoria federal, pero se filtran hacia abajo tocando, con gusto y deleite, gubernaturas y municipalidades. Al situarse ante el espejo, los mandones se miran con la capacidad de entrever y actuar como si tuvieran la buchaca rebosante de potestades para cualquier misión. Pueden, de un plumazo inconsulto y con personalísimo toque femenino desde la Secretaría de Relaciones Exteriores (CRM), dar de improviso un giro a la política de equilibrios y respetos tradicionales. Recibir, por ejemplo y con el mejor semblante y apoyos, a una esposa desesperada por la merecida prisión de su marido –nueva especie de Mandela rubio– símbolo de la más furibunda versión del derechismo continental. Y, por si no fuera suficiente, hermanar al gobierno mexicano, con el incipiente macrismo argentino: un gobierno como el nuestro

Nadie se alarma ni sorprende de que la esencia derechista del presidente Peña sea dominante de su actitud ante el mundo. Él mismo se definió miembro de esa corriente de pensamiento. Tampoco se objeta que su perfil se parezca al del señor Macri, o sea solidario con los presos políticos de otras naciones bajo asedio. Sus desplantes son conocidos pero, esta vez y en el futuro todavía menos, pasarán inadvertidos. Tampoco aliviarán las muchas consecuencias derivadas. El mexicano es un gobierno con debilidades reales y probadas incapacidades para enfrentar el presente y dibujar a los ciudadanos un futuro creíble. La calidad de vida en este país no es mejor que el peor de los que experimentan los sudamericanos y sí, de los coleros en casi todos los indicadores que apuntalan el Estado de bienestar. No en balde procreó 2 millones de pobres en sólo dos años. En un corto lapso el índice comparativo de desarrollo humano, ese que cuenta para muchos menesteres de importancia vital, se ha experimentado una rápida caída de casi treinta escalones y nada previene su adicional deterioro.

Lo debatible de estos actos de aparente mano firme es que se fincan en definiciones de caprichosa esencia personal, no de Estado. Decisiones que sin duda pintarán a México como parte de un grupo de gobiernos latinoamericanos afiliados a esa corriente de pensamiento dirigido por el Consenso de Washington. Sobre todo en momentos en que otros mandatarios de la región son atacados de manera tan despiadada como mañosa por representantes de las más abiertas tendencias reaccionarias. Ya no sólo se trata de tumbar a Dilma Rousseff, sino de incapacitar, con motivos infundados y por demás baladíes a Lula da Silva para evitar su popular retorno. No sólo la economía venezolana está maltrecha, sino que Maduro es un tirano que, irónicamente, pierde la última elección legislativa. Un soberano inepto que se ha convertido en la viva representación del mal, donde todo, absolutamente todo, está contrahecho, pero que aún no convive con 70 mil muertes violentas en sólo tres años ni busca, sin encontrar, a 25 mil desaparecidos. Ahora también volarán las campanas porque Evo Morales y el mismo Correa no serán relectos de acuerdo con vaticinios de enterados. Y ahora también que Macri, al seguir los consejos del FMI de volver a los mercados premiará, a los fondos buitres, con generosos pagos por sus presiones indebidas.

Es, precisamente en estos tiempos de inseguridades y violencias nacionales, ya documentadas en extremo, cuando el gobierno priísta se lanza a virajes que presuponen una sólida base de sustentación y legitimidad cabal que, ciertamente, no tiene. Alegarán, sin embargo, que, a pesar de las críticas y malfarios, ganarán muchas o todas las elecciones venideras. Pero no podrán alejarse de las masacres continuas (Acapulco, Topo Chico, Ayotzinapa) las desapariciones forzadas (Tierra Blanca) tan flagrantes como ignoradas por autoridades indiferentes al sufrimiento. Menos todavía borrarán los latrocinios, el endeudamiento disfrazado y la impunidad que atora todo desarrollo. La economía seguirá en su atolladero ya secular (30 años de modelo concentrador) y la desigualdad se hará más notable, incapacitante y vergonzosa. Pero allá, en esas cúspides impertérritas, graciosas y visionarias, se cree que los sahumerios lavarán las pocas impurezas adheridas a un mando que se ve a sí mismo firme, crecido ante las múltiples adversidades externas. Una apabullante, totalitaria, costosa campaña propagandística con aliados vaticanos hará, por simple contagio santificado, la tarea complementaria.