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Valeri Gergiev cimbró toda molécula con un Programa Prokofiev

La Orquesta Mariinsky en el Palacio de Bellas Artes, una dulce y rusa epifanía

Las tres presentaciones fueron transmitidas en vivo por Internet, con entusiasta y masiva participación del público

En coherencia con la política artística del director, predominaron los ejecutantes jóvenes en escena

Foto
El director moscovita Valeri Gergiev y su colosal minibatuta al frente de la Orquesta del Teatro Mariinsky, el jueves, durante el concierto efectuado en el máximo recinto cultural del paísFoto Bernardo Arcos Mijailidis/ cortesía INBA
 
Periódico La Jornada
Sábado 5 de marzo de 2016, p. 3

La Orquesta del Teatro Mariinsky culminó, la noche del jueves, su serie de tres presentaciones en el Palacio de Bellas Artes con un concierto de esos que hacen historia: un Programa Prokofiev, dirigido por su titular, Valeri Gergiev, y dos piezas de regalo, la segunda de ellas el Pas de deux distintivo del ballet El lago de los cisnes, de Chaikovski, con tersura, fraseo y belleza tal que erizó las epidermis de los circunstantes. Una epifanía de identidad sonora rusa.

El debut mexicano de esta orquesta de leyenda ocurrió el primero de marzo con la batuta de la jovencita maravilla Elim Chan (quien por cierto retornará en junio, para dirigir también como invitada a la Orquesta Filarmónica de la UNAM), poseedora de precisión, pulcritud e imaginación energetizante.

La segunda fecha, el 2 de marzo, fluyó con mayor viveza, desde la batuta de la joven china. Los tres conciertos fueron transmitidos en vivo por Internet, lo que significa un acierto mayúsculo del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), dada la importancia y la calidad de la orquesta, el alto precio de los boletos de entrada y la obvia limitación que implica todo aforo. Las transmisiones fueron seguidas con júbilo y efusiva participación del público a través del chat.

Sonido potente y peculiar

En vivo, la tercera emisión, el 3 de marzo, fue una rotunda epifanía. Desde los primeros compases del Allegro de la Sinfonía Uno de Prokofiev, un sonido potente y peculiar parecía gobernar el destino de las solfas.

¿Se averió el sistema de aire acondicionado?, ¿algún tráiler está activando sus frenos de aire a espaldas del palacio de marmomerengue? Nada de eso, simplemente se trataba del peculiar estilo de dirigir que tiene el maestro Gergiev, quien emite una especie de silbido, o resoplido, o cántico de minotauro, para enfatizar los ataques de la orquesta.

Además de sus muy singulares movimientos tan controvertidos (enchueca los hombros, manotea como gimnasta, dirige con su meñique izquierdo), su graciosa batutita, que causa tantos comentarios hilarantes, dada además su corpulencia. Para empezar, por doquier los rotativos titulan: La batuta mondadientes de Gergiev, porque parece un palillo de dientes tamaño llorarás. Pero sobre todo su descomunal energía que emana de sus falanges que quedan libres, pues índice y pulgar sostienen la batutita y por consecuencia las falanges largas, rugientes, como aves pesadas que ganan gracilidad, producen sonidos majestuosos, ora secos, ora hendidos en un rayo de luz blanca.

Esa batutita, escuchados en vivo sus efectos, funge a manera de punzón. Es como si Gergiev fuera, en lugar de director de orquesta, un pintor que gusta de visitar la técnica de grabado en punta seca, que se realiza con un punzón (gubia, en caso de que la superficie que funge a manera de lienzo fuera de madera) que hiende metal blando (latón, cobre) y así en lugar de pincel esa punta emite los trazos con los que creará su obra.

Digamos, siguiendo el símil, que la Orquesta Mariinsky es la superficie de metal blando sobre la que Gergiev traza obras maestras.

Hay que añadir que el proceso amerita añadir ácidos a la superficie para que corra el punzón-pincel-batuta. ¿Más ácidos que el pathos, drama, dramaturgia de la Quinta Sinfonía de Prokofiev? Y para completar la metáfora, hay que decir que esta técnica presenta un grado de dificultad extremo, pues el artista no tiene opción de equivocarse; al contrario de un lienzo, donde es posible el pentimento, o enmienda, el error sobre el metal blando es indeleble.

Así de escalofriantemente bello, perfecto y noble el trabajo de Valeri Gergiev con su batutita, sus manazas infalibles y su noble Orquesta Mariinsky.

Arsenal de maravillas

El Programa Prokofiev –hablando de grabados– quedó grabado en mentes y corazones. Y hablando de grabados, Canal 22 grabó ese concierto y lo transmitirá de manera diferida en fecha próxima, que informaremos en su oportunidad. Eso además del streaming, o transmisión en vivo por Internet, que se sumó a la proyección, también en vivo, en una pantalla gigante al aire libre (y soberano) en la plaza aledaña al Palacio de Bellas Artes.

La Sinfonía Clásica (o Sinfonía Primera) de Prokofiev sonó en esplendor y mostró el arsenal de maravillas que encierra la Orquesta Mariinsky, todas las secciones son magistrales, en especial la de alientos madera y la de metales habría de sacudir toda molécula en el clímax final de la Quinta de Prokofiev.

A manera de sandwich apareció en escena otro joven solista, distintivo de Gergiev, quien gusta de hacer escuela, cantera, semillero y contar con Anna Netrebko como la joya de la corona, pues a ella la descubrió o dio la oportunidad de salir a escena cuando jovencita.

Además de la china Chan, viajaron atrilistas jóvenes con la Orquesta Mariinsky para foguearse internacionalmente, pues es sabido que tiene varias formaciones para sus múltiples ocupaciones en danza, ópera y conciertos. De manera que la que nos visitó no es la Orquesta Mariinsky que conocemos de grabaciones discográficas y en video, pero sí es la Orquesta Mariinsky como lo demostró con su rendimiento artístico de primer nivel mundial.

Otros dos jóvenes, el pianista Behzod Abduraimov y el violonchelista Ivan Karizna (con gran carisma, cierto) deslumbraron a propios y extraños en esta gira mexicana donde interpretaron siempre partituras rusas con tres excepciones: el Huapango de Moncayo, el Danzón número 2 de Márquez, que sonaron como encores o piezas de regalo en los primeros dos conciertos a cargo de la linda chinita Chan, y la obertura a la ópera La forza del destino, de Verdi, en la noche final, que culminó con la segunda pieza de regalo mencionada: el fascinante Pas de deux de don Pedrito Chaikovski para delicia de los mortales que vivimos esta dulce y rusa epifanía.

¡Gracias, Gergiev!