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Ecomedicina: del cuerpo humano al cuerpo del planeta
Víctor M. Toledo*
N

ada fácil resulta resistirse a la tentación de hacer la analogía entre el cuerpo humano y el cuerpo del planeta. Más aún cuando vivimos la crisis planetaria, la etapa en que la humanidad se ha convertido en una nueva fuerza geológica, capaz de afectar los enormes equilibrios globales de la Tierra. Ya Leonardo da Vinci había afirmado que el cuerpo humano es el microcosmos de la Tierra y el planeta el macrocosmos del ser humano. Esta alegoría que vemos hoy desde las miradas de la ciencia, en realidad ha sido por milenios una idea prevaleciente en las cosmovisiones de los pueblos originarios y en las filosofías de oriente. Para los mayas, por ejemplo, la idea del mundo, que es un rectángulo con cuatro esquinas, cada una representando los puntos cardinales y un centro, todos ellos simbolizados por un color, se encuentra presente desde el cuerpo humano (donde el ombligo es el centro), el altar, la casa, el huerto doméstico, la milpa y todo el universo.

Hoy esta visión resulta harto interesante porque apuntala lo que hemos llamado la conciencia de especie (La Jornada, 29/3/16), y porque se puede constituir en un baluarte ideológico no sólo de una manera diferente y más realista de ejercer la medicina, sino de poner en práctica una acción emancipadora de carácter ecopolítico. Si la medicina es el arte y la ciencia de comprender la relación entre salud y enfermedad, entre equilibrio y desequilibrio, entonces hoy debemos agregar a los médicos dedicados a curar los males humanos, a los científicos volcados a entender la salud y enfermedad del planeta entero. Esto fue posible desde que por vez primera en la historia los miembros de la especie humana tuvimos la oportunidad de mirar limpia y nítidamente nuestro hábitat, la casa que habitamos, en la imagen de satélite que captó por entero nuestro hogar. Haber interiorizado esa imagen de una esfera azul y blanca flotando en la inmensidad del espacio, nuestro territorio visto de manera completa, facilitó que la mente humana captara la idea de un cuerpo global que, al igual que el nuestro, está sujeto a equilibrios y cambios, a balances y patologías. Esta idea coincide misteriosamente con el hecho de que los dos científicos que lograron esbozar una primera teoría sobre la salud y enfermedad del planeta, hayan sido respectivamente un médico convertido en geofísico, el inglés James Lovelock, y una microbióloga, la estadunidnese Lynn Margulis. Ambos crearon, sintetizando un número inimaginable de datos e hipótesis provenientes de cientos de especialistas, la llamada Teoría de Gaia (en honor a la diosa griega de la Tierra).

Toda la discusión, controversias y debates que por dos décadas han dominado el tema del calentamiento global y el cambio climático tienen como modelo científicamente fundamentado a la Teoría de Gaia. Si Hipócrates formuló la hipótesis de que la enfermedad surge del desbalance de cuatro sustancias o humores (tierra, agua, aire y fuego), Lovelock establece que el desequilibrio planetario surge de un desajuste entre la litósfera (la porción geológica o dura), la hidrósfera (mares, ríos, lagos y lagunas), la atmósfera (gases) y la biósfera (el conjunto de seres vivos que pueblan la Tierra). Por ello, Lovelock se atrevió a asegurar que la Tierra está viva, y que es un superorganismo que se autorregula desde hace al menos 4 mil millones de años, y que ha pasado cinco veces por periodos difíciles de rompimiento de ese balance total, que se ha expresado por severas extinciones de especies. El científico inglés habla entonces de una medicina planetaria y de una geofisiología, y como el lector se está ya imaginando, identifica la crisis climática actual como resultante de una patología provocada por el aumento poblacional de un microbio letal llamado Homo sapiens. Esta afirmación, atrevida y brutal, ha sido respaldada por el trabajo escrupuloso y paciente de miles de científicos, técnicos e ingenieros de 150 países, agrupados en el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático creado en 1989 por Naciones Unidas, y que es un ejemplo soberbio de una ciencia interdisciplinaria e internacional dirigida a ofrecer diagnósticos bianuales sobre la salud de nuestra casa común. Un consorcio de médicos del cuerpo planetario.

Pero he aquí que, justamente, los mayores causantes de la enfermedad del planeta son los principales agentes de las enfermedades de los seres humanos. Se van por igual contra la casa y sus millones de habitantes. Ejemplos sobran. La lista incluye las emanaciones tóxicas de la industria, los autos, las reses, los escusados, la sustancias peligrosas, los agroquímicos o venenos agrícolas, la energía nuclear, los organismos genéticamente modificados (vea la explicación). Ya David E. Duncan, el famoso periodista y comunicador de California, analizó su propio cuerpo y encontró que de 209 sustancias peligrosas, 97 estaban dentro de él, incluyendo plaguicidas, dioxinas, ftalatos, metales, PBDE y disfenoles (ver su libro Experimental Man y otras publicaciones). Todo con un efecto extra. El planeta enfermo, con fiebre como el humano, genera cambios turbulentos y de gran escala como masivos incendios forestales (1997-98), huracanes (2000 a la fecha), aumentos extremos de temperatura (Europa en 2003), sequías extraordinarias (Estados Unidos y México en 2012-13), derretimiento de los cascos polares, derretimiento del hielo de las montañas, e incremento del nivel del mar. Por lo hasta aquí planteado, la pregunta que surge es si los médicos de lo humano no deberían de tomar en cuenta a los médicos del planeta y viceversa. Si no debería de haber una sola (eco)medicina. Entonces los modernícolas desarrollados, tecnologizados y científicos retornarían a lo que los chamanes, curanderos y brujos han venido realizando desde hace decenas de miles de años: una medicina integradora del hombre y del cosmos. Una lección para reflexionarse.

*Síntesis de la conferencia ofrecida en la Escuela de Medicina Integral y Salud Comunitaria de Tlalpan (1/6/16).