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Ver día anteriorDomingo 21 de agosto de 2016Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Placentera experiencia
U

na de las vivencias más ricas que se puede tener, cultural y sensorialmente, es un recorrido por un mercado mexicano. Su existencia data de la época prehispánica y aun persisten, a pesar del embate de los supermercados. La diferencia en la calidad y oferta entre unos y otros es abismal.

En los súpers compra de una sola calidad de calabaza, cebolla, manzanas, chiles, jitomates y demás productos de la tierra. Si están feos se amoló, pues es lo único que hay, pero se lo compensan con la oferta de 20 diferentes tipos de desodorante y si tienen suerte hasta algunas marcas gringas, que son iguales a las de aquí pero cuestan el doble, ¡eso sí! las etiquetas están en inglés.

Nunca llegan a tener la rica variedad de productos que sólo se encuentran en los mercados: además de frutas, verduras y todo género de comestibles hay piñatas, artesanías, flores, hierbas medicinales, ropa y cuanto se le ocurra. Comer en alguna de las fonditas le garantiza platillos sabrosos, con ingredientes fresquísimos y muy económico.

Los mercados han sido parte esencial de la vida de la capital, aunque para el tamaño de la urbe son muy pocos los que hay en la actualidad. En las últimas décadas se dieron mil facilidades a las grandes cadenas de autoservicio y se dejaron de construir mercados. Con su desaparición se han perdido múltiples posibilidades de empleo y ese trato cercano y cálido que se da con el marchante, por no hablar de la riqueza de tener varias opciones de un mismo producto. Son sitios de socialización comunitaria, donde se tejen redes de parentesco y compadrazgos que crean una sólida solidaridad.

Ahora vemos surgir la esperanza de que la decadencia de los mercados se revierta. Hace unos días se firmó la declaratoria como patrimonio cultural intangible, a las manifestaciones tradicionales que se realizan en mercados públicos en la Ciudad de México.

Un aspecto importante es que se les reconoce no sólo como centros de abasto, sino como custodios de tradiciones. Baste recordar la Navidad. ¿Dónde compraríamos todo lo que implica ese festejo? Figuritas para el nacimiento, heno, musgo, flores de nochebuena, hojas de maíz para los tamales, piloncillo y frutas para el ponche de las posadas y por supuesto las piñatas, por mencionar sólo algunos de los muchos productos que no se encuentran en los supermercados.

Se anunció que en 2017 se va a triplicar el presupuesto para rescatar los 329 mercados públicos, tradicionales y especializados, que hay en las 16 delegaciones políticas de la Ciudad de México. En ellos trabajan 280 mil personas, quienes al año realizan más de mil 300 romerías; esto significa que al menos cada día hay tres fiestas patronales o de aniversario en los mercados de la capital.

La declaratoria considera a estos espacios públicos como entes vivos y dinámicos, con una tradición ancestral que genera el desarrollo de la cultura mexicana, al ser canales de abasto para 46 por ciento de los hogares capitalinos.

Eduardo Vázquez, secretario de Cultura capitalino, explicó que fundamentalmente se les otorga un papel activo en el desarrollo del tejido social, al integrar y reflejar la diversidad étnica, social y cultural con la que se ha forjado esta ciudad.

Se van a dedicar 200 millones de pesos para su preservación, aunque por el estado en que se encuentran muchos de ellos, seguramente en un futuro cercano va a requerir una cantidad mucho mayor.

Pensemos en el mercado de la Merced, que hace un tiempo padeció un incendio que afectó una parte de la nave mayor, que mide la impresionante longitud de 400 metros con 3 mil 205 puestos. Además está la nave menor, que vende carnes y aves y tiene un anexo de comidas. Lo rodean el pabellón destinado a juguetería popular y artículos típicos, el de ropa, el de flores y el de dulces; todos necesitan por lo menos su mano de gato.

Un mundo de colores, aromas, sonidos y sabores que despiertan todos los sentidos. El poeta chileno Pablo Neruda afirma en sus memorias: México está en los mercados.