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Cuando escuches este Brahms
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Brahms al piano, dibujo de Willy von Beckerath
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Clara Wieck
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Periódico La Jornada
Sábado 4 de febrero de 2017, p. a16

Fascinación.

Esa palabra acude de inmediato a la mente cuando suena la música de Brahms.

La quintaesencia del romanticismo.

Ese gran combatiente de la célebre Guerra de los Románticos, librada a partir de 1850 entre wagneritas y brahmsianos, y que consistió en diatribas a propósito de la música pura versus la programática, es un autor tan venerado como poco conocido.

Sus cuatro sinfonías son poemas de arrebato, pasión y caudales de música de una fuerza descomunal, con efectos tan sorprendentes como los repentinos cambios de ánimo en el escucha y sobre todo su gran potencia dinamogénica.

Es desconocido porque su música resulta extraordinariamente demandante para el escucha y los intérpretes. Por tanto, rara es la ocasión en que resulta programada en temporadas de las orquestas sinfónicas y cuando eso ocurre y sale bien, es un bendito cataclismo de belleza. También rarezas las buenas grabaciones discográficas que realmente estén a la altura de las barbas más célebres de la historia de la música.

Una prueba, superada, es una novedad discográfica deslumbrante: Brahms. The Piano Concertos. Daniel Barenboim. Staatskapelle Berlin. Gustavo Dudamel, del sello Deutsche Grammophon.

Tarea descomunal: sentarse al piano y hacer valer la potencia de volcanes de estas partituras frente a las cuales han doblado la cerviz los mejores gladiadores.

Jan Brachmann es contundente en su crónica: “El 2 de septiembre, Daniel Barenboim estaba rebosante de alegría en el foyer de la sala de cámara de la Philharmonie de Berlín. Acababa de tocar justo al lado, en la sala grande, los dos Conciertos para piano de Johannes Brahms”.

Hay que decir que la Philharmonie es la sede de la mejor orquesta del planeta, la Filarmónica de Berlín, de la cual Barenboim siempre ha sido fuerte candidato a titular, igualmente que un joven venezolano de nombre Gustavo Dudamel, quien las primeras noches de hace dos septiembres tomó la batuta de la Staatskapelle Berlin, nada menos que la orquesta de Barenboim, quien humildemente se sentó al piano para ser dirigido por el joven Dudamel, cuando bien pudo tocar el piano solista y dirigir a su orquesta al mismo tiempo. El resultado es uno de los mejores álbumes grabados recientemente.

Así lo cuenta el propio Barenboim: si tenía que estar tocando, podía confiar en él (en Gustavo) completamente. Y si no tenía nada que tocar, era un placer ver lo bien que trabaja con la orquesta. Es algo que puedo juzgar bien, porque llevo tocando estos Conciertos desde 1958.

Y es que, en efecto, si hay alguien con autoridad moral, ese es Barenboim.

La primera vez que grabó los Conciertos de Brahms fue en 1967, con uno de los más grandes directores de la historia, sir John Barbirolli y su New Philharmonia Orchestra. Veinte años después lo hizo con su hermano del alma, Zubin Mehta; después con otra de las batutas definitivas en la historia: Sergiu Celibidache en Munich y nuevamente con Mehta, en Berlín, cuando cumplió 60 años.

A sus 75, Daniel Barenboim vuelve a hacer historia. El álbum doble que hoy nos ocupa es un potente caudal de belleza, un géiser dorado, una fuente magnífica de abundancia.

De manera similar a como este par de Conciertos portentosos forman parte de la biografía de Barenboim, también lo fueron en la vida del propio autor: Brahms tocó más de 30 veces su Concierto 1 y más de 40 el 2.

Inspiración.

Brahms. El romántico Brahms, debe mucho a una mujer. Gracias a ella escribió las más intensas páginas. Ella se llama Clara Wieck, pero pasó a la historia como Clara Schumann y no como la gran compositora que es. Sí, como una de las más grandes pianistas, en su momento comparada con Franz Liszt, considerado el mejor pianista en la historia.

Gracias a Clara Wieck el mundo conoce la obra de Robert Schumann, su marido. Cuando agobiado por sus demonios Schumann se arrojó a un río, en un intento fallido de suicidio, Johannes Brahms hizo una anotación musical en su libreta.

Ese sonido horrísono es el inicio del Primer Concierto para piano de Brahms. Y así lo hace sonar, convertido en belleza, Gustavo Dudamel y así elabora un discurso clásico, a la manera de Platón, acerca de la belleza.

Esa es la música de Brahms. Un discurso sobre la belleza. Pero no solamente discurso. Es la belleza en acción. La belleza desnuda y resplandeciente.

Brahms trabajó arduamente para escribir su Concierto 1; fueron cuatro años de intensidad, característica que hace inconfundible a su música: su predilección por la densidad de sonido, por la profusión de intensidades.

Pianista como lo fue, primero concibió este Concierto como una Sonata para dos pianos, pensando por supuesto en la mujer de quien estaba profundamente enamorado: Clara Wieck (no hago otra cosa que pensar en ti, nunca dejaré de adorarte, escribía Johannes a su amada), y luego la partitura se convirtió en una sinfonía. Una vez que tomó la forma de Concierto, desechó un pasaje bellísimo, que tituló Denn alles Fleisches ist wie grass, cuyo destino final fue su portentoso Requiem alemán.

Eso, el espíritu alemán. La música de Brahms condensa como pocas la esencia de la cultura alemana. No en balde la Universidad de Brislau le otorgó el título de Artis Musicae Severioris in Germania Nunc Princeps (Ahora el primero entre los maestros contemporáneos de música al estilo estricto de Alemania).

Johannes Brahms fue, en definitiva, el último e inequívoco gran representante de la tradición clásico-romántica en música.

El disco doble que ahora nos entregan Barenboim y Dudamel confirma tal aserto.

Un manantial de belleza. Un hermoso géiser.

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