Sociedad y Justicia
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Mar de Historias

Tres minutos

I

ndiferente al resto de los pasajeros, Ernestina se lleva la bufanda a la nariz y aspira el olor a loción que dejó impregnado en la tela su hermano Reynaldo. Fue tal la sorpresa de verlo que apenas pudo articular su nombre y el saludo que había estado ensayando desde que supo que al fin, después de 11 años de separación, podrían verse, hablar sin teléfono de por medio y tan cerca uno del otro como para sentir sus respiraciones.

Ernestina se quita la bufanda, la dobla, la deja en su regazo y la acaricia con una mezcla de ternura y agradecimiento. Se vuelve hacia la ventanilla. Observa el paisaje pero no lo disfruta. Sólo piensa en lo rápido que sucedió todo a partir de que empezó a caminar sobre el puente hechizo hasta el momento en que pisó suelo texano.

La emocionó verse rodeada por tantas personas que, como ella, se volvían en todas direcciones en busca de sus seres queridos: padres, tíos, amigos, hermanos emigrantes. Fue Reynaldo quien la reconoció: ¡Chaparra linda! –le dijo, como cuando eran niños, inventaban juegos y se escondían para evitar el enojo del padre alcohólico.

Ella se quedó inmóvil los segundos necesarios para reconocer en aquel hombre alto y fornido al jovencito que 11 años atrás la había hecho depositaria de su secreto: Mañana temprano me voy con Joel Palomares a Estados Unidos. No pienso decírselo a mi papá. Si te pregunta algo, dile que no sabes nada. No quiero que vaya a desquitarse contigo porque me fui.

II

En aquella noche remota Ernestina pensó que el proyecto del viaje era un juego, una ocurrencia de su hermano para hacerse el fuerte y demostrarle que no era un inútil, mantenido, como le decía siempre su padre. Aferrada a la suposición, no dudó de que por la mañana volvería a encontrarse a Reynaldo en el pasillo estrecho, en la cocina olorosa a gas, en la azotehuela con los tenderos atestados, la bicicleta enmohecida, el bote rebosante de basura y las columnas de huacales y jaulas que esperaban compradores.

Se dio cuenta de que su hermano hablaba en serio cuando lo vio sacar de bajo la cama una mochila de lona y meter en ella algo de ropa y dos bolsas de plástico negro: Dice Palomares que es necesario usarlas cuando uno cruza el Río. Entonces, ¿si te vas? Reynaldo le señaló la puerta: Mejor vete a dormir. Mañana es día de clases.

Ernestina pasó la noche recostada en la cama, tratando de imaginarse cómo sería ir a la escuela sin su hermano; y después, cómo iba a ser su vida al lado de su padre. Él sólo le hablaba para darle órdenes o interrogarla acerca de la escuela en un tono frío, sin verdadero interés.

Sintió un dolor casi físico de pensar que, en unas cuantas horas, su hermano iba a alejarse; en cambio a él no parecía importarle la separación y ni siquiera lo mencionó. Sólo dijo que se iba y ¡punto! Ernestina sintió que Reynaldo la estaba abandonando. Ya no merecía su cariño ni su solidaridad. En venganza y como único recurso para detenerlo, consideró la posibilidad de acusarlo con su padre.

Avergonzada de sus pensamientos y para huir de la realidad, se ocultó bajo la colcha. En su refugio pasó unos minutos engañándose, ilusionándose con que su hermano iba a renunciar al viaje y que a la mañana siguiente, camino de la escuela, ella lo llamaría mentiroso, hablador. Ya ves que no te fuiste. Su propia voz la despertó del breve sueño.

Hacia el amanecer, escuchó pasos sigilosos y el rechinido de la puerta al abrirse. Era Reynaldo. Ella se fingió dormida mientras él le hablaba: Chaparra: Sé que me estás oyendo. Me gustaría que me dieras tu bendición: eres la única que puede hacerlo.

Ernestina permaneció inmóvil, tratando de acallar los latidos de su corazón y el ansia de suplicarle a Reynaldo que se quedara a su lado; pero no dijo nada, ni siquiera cuando él se inclinó para besarla y decirle: Cuídate mucho. No dejes de quererme porque me voy. Sabes que si no lo hago...

Ernestina se incorporó. Iba a darle la bendición a su hermano cuando se oyeron gritos en el último cuarto. Es mi papá. Ya despertó. ¡Corre, vete! Chaparra: cobíjate. Hace frío, fue lo último que dijo Reynaldo antes de salir.

III

Con esas mismas palabras la había despedido menos de una hora antes, cuando se agotaron los tres minutos de gracia en que los emigrantes y sus familias pudieron convivir en territorio texano. Ella, en cambio, no le había dicho nada, ni siquiera pudo confesarle que la noche de 11 años atrás ella pensó en denunciarlo ante su padre. Él murió sobrio, en el hospital. ¿Se lo había comunicado a Reynaldo? Si, en octubre, cuando él la llamó para decirle que había posibilidades de que se encontraran en El Paso, pero no le aclaró por cuánto tiempo.

Ernestina no quiere seguir pensando y se concentra en el paisaje. Necesita grabárselo para poder recordarlo mientras lo ve otra vez, dentro de un año: el tiempo que tendrá que esperar para volver a reunirse con su hermano sólo por tres minutos. La asusta lo que pueda ocurrir en doce meses. Agobiada, llena de incertidumbre, inclina la cabeza y mira la bufanda. La acaricia, la desdobla, se la enreda en el cuello y aspira el olor a loción que Reynaldo dejó impregnado en la tela. Chaparra: cobíjate. Hace frío.