Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 28 de mayo de 2006 Num: 586


Portada
Presentación
Sobre Juárez
IGNACIO M. ALTAMIRANO
Viaje por la noche de Juárez
PABLO NERUDA
Carta a a Maximiliano
BENITO JUÁREZ
Legitimidad del Ejecutivo
IGNACIO RAMÍREZ
La escalera del deseo
AUGUSTO ISLA
Benito Juárez: cuando la perfección hace daño
EDMUNDO GONZÁLEZ LLACA
Dos poetas jóvenes
Juan Gelman y otras cuestiones
MARCO ANTONIO CAMPOS
Mentiras transparentes
FELIPE GARRIDO
Bazar de asombros
In memoriam

Columnas:
Ana García Bergua

Javier Sicilia

Naief Yehya

Luis Tovar

Alonso Arreola

Jorge Moch


Directorio
Núm. anteriores
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HUGO GUTIÉRREZ VEGA

EL INCA GARCILASO DE LA VEGA (II DE III)

La historia del virreynato del Perú (o Nueva Castilla) está llena de "sonido y de furia". Pizarristas, almagristas y enviados de la corona vivieron en constante lucha: Francisco Pizarro fue asesinado en su casa de gobierno en Lima, Almagro el mozo fue degollado en Cuzco. El capitán Garcilaso de la Vega, padre de nuestro Inca, participó en todas las contiendas, fue nombrado teniente y capitán general de Cuzco, Arequipa y Charcas y, más tarde, cayó en desgracia por los constantes vaivenes de su actitud política. Enemigo de la abolición del llamado "servicio personal de los indios" (léase esclavitud), se unió a Gonzalo Pizarro y luchó contra los emisarios de la corona. En una de las batallas, el capitán prestó su caballo a Gonzalo para facilitar su huida. Esta anécdota, aparentemente sin relevancia, quedó como una mancha indeleble en su historia militar y política. Lo persiguió toda su vida y siguió como una maldición sobre los hombros de su hijo. Esto explica la escritura de la segunda parte de los Comentarios reales que apareció con el nombre de Historia general del Perú. En este magnífico texto, el Inca intenta reivindicar la memoria de su padre y, simultáneamente, defender sus derechos nobiliarios y pedir la entrega del legado familiar que el gobierno retenía con el peregrino argumento de que el capitán había sido traidor a la corona.

En 1559 muere el capitán. El Inca recibió 4 mil ducados para que pudiera continuar sus estudios en España. En 1560 llega a la península y se instala en la casa familiar de Montilla. Se fue a Madrid en 1561 y dedicó gran parte de su tiempo a los trámites ante el Consejo de Indias que se negaba a reconocer sus derechos. El infantil y burocrático argumento del Consejo era la traición a la corona consistente en la entrega del caballo "Salinillas" (¡vaya innombrable nombrecito!) a Gonzalo Pizarro para facilitar su escapatoria en la batalla de Huarina. No olvidemos que el gobierno, con tal de no pagar, ("cuando cobre el pagaré que gusto te voy a dar, mujer", decía la canción de los tiempos carranclanes) es capaz de exigir los más estrambóticos requisitos. El curioso acontecimiento fue documentado por López de Gómara, Agustín de Zárate y Diego Fernández de Palentino. Estos testimonios apuntalaban el fallo del laberíntico Consejo de Indias. Decía el Inca que las sombras arrojadas contra su padre le habían quitado el comer. En 1563 renunció al nombre de Gómez Suárez de Figueroa y adoptó el de su padre, Garcilaso de la Vega, al cual agregó, con legítimo orgullo, la mención al pasado inca de su madre, la ñusta imperial. Estas circunstancias se reflejaron en su obra. Con toda razón, Pupo-Walker habla de la nostalgia que invade los Comentarios reales y del "brio argumentativo" que caracteriza a la Historia general del Perú.

El Inca vive en soledad y pobreza los siguientes años y lograr unir los dos aspectos de la personalidad de su antepasado poeta, las armas y las letras, pues sienta plaza de soldado y participa en la guerra de Las Alpujarras, absurda contienda en contra de los moriscos, llena de racismo y de injusticia. Los moriscos lo único que pedían era que se les permitiera hablar en su lengua, conocida por los racistas del centralismo castellano como "algarabía" (¡vaya costumbre de los castellanos la de prohibir el habla de las distintas lenguas de la península!). Como el poeta, su antepasado y modelo, el Inca intentó ajustarse a las reglas del "cortesano" Baldassare Castiglione y, al terminar la guerra, recibió cuatro "conductas de capitán", dos del enorme burócrata que fue Felipe ii y las otras dos de don Juan de Austria. Estas prebendas aliviaron sus problemas económicos y pudo regresar a Montilla para dedicarse al estudio del italiano, al perfeccionamiento del latín y a la crianza de caballos. Siguió leyendo y escribiendo infatigablemente. Ya para entonces se le conocía por el nombre del Inca Garcilaso. Así firmaba sus cartas y documentos y así enfrentaba al racismo peninsular tan cargado de prejuicios y de inequidades.

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