Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 2 de julio de 2006 Num: 591


Portada
Presentación
Bazar de asombros
La muerte de Dios postmoderna
ANGÉLICA M. AGUADO Y JOSÉ J. PAULÍN
entrevista con DANY-ROBERT DUFOUR
La otra campaña y la izquierda estadista en América Latina
ULRICH BRAND
Traficantes de ilusiones
LUIS HERNÁNDEZ NAVARRO
Denis de Rougemont:
100 años de pasión

ANDREAS KURZ
Cortesías y mesianismos
LUIS C.A. GUTIÉRREZ NEGRÍN
Lo que el viento a Juárez
Mentiras transparentes
FELIPE GARRIDO

Columnas:
A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUIA

Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

Teatro
NOÉ MORALES MUÑOZ


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

LA TRISTEZA DE LOS CÍTRICOS

Rito Alberca y Atalo Mata deambulan por la comedia como por la vida: trazando a cada paso los rostros de los fantasmas de sí mismos. Incorporando el pensamiento diderotiano, recorren su cartografía de bares de mala muerte con la desazón de quien se sabe paradoja viviente, carne del escarnio ajeno, sonrisa opaca de memorias idas.

La tristeza de los cítricos esboza un estudio sobre los mecanismos de la comedia y de la risa, pero supone ante todo una veta revitalizante para nuestro humor teatral. Anclada en la tradición fársica anglosajona, con guiños formales y temáticos al stand up comedy estadunidense y al humor negrísimo de cierta literatura pop contemporánea (desde los clásicos del cómic hasta la oferta televisiva internacional), la joven autora Verónica Bujeiro consigue constituir un cuerpo textual en el que convergen, con fortuna, toda esta serie de elementos disímbolos. Más cercana acaso a South Park que, por ejemplo, a la herencia de comediógrafos como Hugo Argüelles o Antonio González Caballero, Bujeiro pone en la palestra las posibilidades de contacto del teatro, especialmente del que se decide por la farsa, con los lenguajes de la mediatización contemporánea.

Proponiendo un juego estructural que enfrenta monólogos largos (escritos a la manera de sketches de bar) con el desarrollo de la historia del reencuentro de los dos cómicos que, a años de su disolución como pareja artística, se ven obligados a emprender su regreso a los escenarios, la obra de Bujeiro discurre con la consistencia rítmica, dentro de la que caben los contrapuntos, las fugas y los cambios de cadencia correspondientes, que cabe esperar de una pieza fársica que administra con criterio sus recursos y herramientas. Entregados por completo a los claroscuros de su oficio, patéticos en su simpatía y simpáticos en su patetismo, Rito Alberca y Atalo Mata, como las parejas cómicas que han sabido volverse emblemáticas (El Gordo y El Flaco, Viruta y Capulina, Pinky y Cerebro), representan una gozosa revisitación a los estereotipos, a las pautas tradicionales de la comedia física (humor corporal, gimmicks, slapsticks) y a la invocación de la risa como piedra de toque para la reflexión, porque si hay algo de revelador en el fracaso crónico del par de comediantes de Bujeiro es que, precisamente, se parece demasiado a la poética de nuestras pequeñas miserias cotidianas.

Derivada del taller de dramaturgia que, a lo largo de un año, impartieron Ximena Escalante y Boris Schoemann en el Teatro La Capilla, la obra de Bujeiro contó con los beneficios de la escritura gradual y de la alimentación externa durante su proceso de elaboración, además de ser promovida entre cierto circuito de directores para concluir en el mejor de los montajes posibles. Luis Ibar, titular de la compañía Cartaphilus Teatro, que ha sabido hacer un teatro no siempre textual ni afortunado, con estructuras abiertas y cierto recargamiento en la indagación performática, funge aquí como directo invitado por la compañía Tridente Teatro, cuya breve trayectoria se ha enfocado, entre otras cosas, en la promoción de textos argentinos recientes, aunque no de la tendencia más experimental de aquellas tierras australes. Dados estos antecedentes, podía esperarse un choque dialéctico, una intersección de estilos que derivara o no en un producto más o menos logrado. Por desgracia, lo que parece haber ganado preponderancia en el resultado no es el diálogo, sino la atomización.

Ibar no se decanta por llevar la ficción por los derroteros de la acidez reflexiva, pero tampoco atina en manejar con habilidad un lenguaje cómico más convencional (con todo y que ello implicara pasar por encima de los planos menos superficiales de un texto como el de Bujeiro). Así, y visto su diseño de dirección, Ibar parece quedarse a medio camino entre la comedia de caracteres y una farsa crepuscular, aunque hay que subrayar que la segunda parte de la obra, cuando la derrota de los protagonistas toma forma concreta, es escenificada con mayor atino. Pero llama la atención que las risas que el montaje despierta sean escasas e intermitentes, y que Fabián Storniolo dilapide un personaje como Rito Alberca, complejo y matizado, más por tibieza que por riesgo. O que Ibar haya decidido fragmentar la voz de Alberca en dos entes (masculino y femenino) por razones no del todo claras. Una obra como la que hoy motiva estas líneas hubiera requerido, sin dudas, de intérpretes más adecuados.