Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 9 de septiembre de 2007 Num: 653

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Cuatro décadas del Premio de Poesía Aguascalientes
Introducción de
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

Aguascalientes:
ciudad de poesía

CLAUDIA SANTA-ANA

Columnas:
Señales en el camino
MARCO ANTONIO CAMPOS

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

Cabezalcubo
JORGE MOCH

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Verónica Murguía

El Panda show internacional

El otro día me subí a un taxi en el que aprendí que no aguanto nada y que tengo un sentido del humor raquítico. Me enteré gracias a que el chofer del taxi aquel es aficionado a un programa radiofónico cuyo propósito es “servir a la raza” haciendo bromas pesadas.

El método es el siguiente: el radioescucha interesado –que puede estar en Estados Unidos, de ahí lo de internacional– en jugar la broma, llama al Panda, el conductor del programa, y le explica de qué va.

El Panda, un alburero misógino y machín, que insulta con democrática insolencia a guasones y timados por igual, colabora con efectos especiales, personificaciones y consejos. La primera que escuché, mientras iba en el taxi, más que una inocentada era una misión de espionaje. Iba más o menos así: Crispín, un señor de Zacatecas que está trabajando en Minnesota, quiere saber si su novia le es fiel. Llama al Panda, le da el teléfono de la novia y el Panda la llama haciéndose pasar por un taxista que, en efecto, pretende a la muchacha.

Aclaro que el desconfiado Crispín puede darle esta información al Panda porque la mujer misma se lo comentó. La chava, Silvia se llamaba, si no recuerdo mal, no sospecha nada, y manda al Panda a freír espárragos, aunque no de forma contundente. El Panda insiste, le pregunta si tiene novio, si es fiel, si ya va a salir a trabajar y lleva la conversación al tema de los pretendientes.

Silvia finalmente le dice al Panda que no, que aunque tiene cuatro enamorados, ella quiere al señor Crispín. En ese momento Crispín, conmovido por la lealtad de la novia, interviene en la conversación. El Panda los alburea a los dos, ellos se dicen insipideces de enamorados y termina la broma, con la sombra de los cuatro pretendientes que mencionó la mujer ensombreciendo el momento romántico. Crispín se queda de lo más nervioso. Ésos, a pesar de la fidelidad de la chava, seguro ya tronaron.

Confieso que me bajé del taxi muerta de curiosidad. Me puse a buscar el programa en el radio y lo escuché. Atestigüé la extraña petición de un paisano que está en no me acuerdo qué ciudad de Estados Unidos, y que le pidió al Panda consejo para jugarle una broma a su mamá. Entre los dos urdieron lo siguiente: el joven llamó a su madre a Veracruz y le dijo que su esposa estaba embarazada, por segunda vez en dos años, y en este segundo e inesperado embarazo, el doctor les avisó que venían quintillizos. No sabía qué hacer, pues su sueldo de obrero apenas alcanzaba para mantener a dos bebés, no digamos a seis. Estaba desesperado. La solución: vender a cuatro de los bebés.

La pobre mamá, angustiadísima, le decía que no, que no vendiera a sus nietos aún no nacidos, que le mandara dos y que ella buscaría dónde acomodar a los otros para que los educaran personas de bien. El Panda intervenía, fingiendo ser un gringo dispuesto a pagar cincuenta mil dólares por cada chilpayate; la señora se deshacía en argumentos cada vez más angustiados y patéticos. El padre del muchacho también intervenía, con menos sentido práctico que la mamá, y le pedía al hijo que tuviera fe, y que por favor, de veras, no vendiera a los niños.

Las intervenciones del Panda, representando a un chino que quería comprar a los cuatro bebés, se tornaban cada vez más siniestras. Cuando el muchacho por fin les confiesa a sus padres que es una broma, a un silencio cargado de estupor le siguieron unas risitas tímidas que me pusieron de un humor de perros. No sé cómo no lo pusieron como chancla. Siguió otra chanza brutal, en la que un hijo hace que el Panda se haga pasar por el padre que abandonó a la familia para irse al otro lado. El Panda, toscamente –“¿Te acuerdas de ese hotel en el centro antes de casarnos?” pregunta–, le saca a la mamá información personalísima. Una pena ajena espantosa.

Así todo el programa, lleno de bromas, pullas y humillaciones, algunas francamente crueles. Todo el mundo se reía al final, con carcajadas compuestas a partes iguales de alivio y, quizás, el pasmo de enterarte de que todo es una broma pesada, jugada por alguien querido en complicidad con un conductor patán, y tu vida al aire, medio mundo oyendo.

Apagué el radio, desconcertada por mi enojo. ¿Por qué me sacó tanto de onda? Quizás porque la idea de un medio de comunicación masivo al servicio del engaño y el mal gusto es el pan nuestro de cada día. Y no es broma.