Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 21 de junio de 2009 Num: 746

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Hijo de tigre
ORLANDO ORTIZ

Ángel bizantino
OLGA VOTSI

José Emilio Pacheco: la perdurable crónica de lo perdido
DIEGO JOSÉ

Jaime García Terrés: presente perpetuo
CHRISTIAN BARRAGÁN

Las andanzas de Gato Döring
MARCO ANTONIO CAMPOS

La cultura y el laberinto del poder
OMAR CASTILLO

Leer

Columnas:
Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Anciana cubana coqueta, foto tomada de: www.heliachapotea.blogspot.com

Hijo de tigre

Orlando Ortiz

Le duelen las piernas, no obstante brinca al diablero que parece estar dormido en la acera, junto al cantero que tiene de todo, menos plantas o flores. El chamaco sólo fingía, se endereza, le dice algo alusivo a sus partes y alguna otra cosa. Ella se vuelve y le mienta la madre con un ademán. Cachuchazo, masculla la mujer de casi setenta años. Ya no hay decencia ni respeto.

Camina a sentarse en el primer lugarcito que encuentra libre en la plaza llena de prostitutas, macheteros, diableros y malvivientes; algunos durmiendo la mona, otros, cazando una próxima víctima o simplemente de ociosos buscando algo que dé sombra y los proteja del sol. A esa hora, inclemente.

Saluda de lejos a sus amigas. Discretamente, sobre la falda del vestido, se soba los muslos. Debe encontrar la manera de hacer que los nietos no ensucien tanta ropa. Cada semana debe lavar un cerro de trapos cochinos, luego plancharlos y además cocinarles algo, lo que haya, para que distraigan sus hambres. Dos niñas y el mayorcito, que ya anda por los once años y aunque es muy listo no ha terminado el cuarto año. Pasa cerca de ella un chamaco que debe andar por los quince o dieciséis años, la observa con cuidado, al parecer se avergüenza y sigue caminado cuando ella lo sorprende mirándola. No cabe en su cabeza cómo su hija acabó en eso, aunque el marido que le tocó y le hizo los tres hijos no fue ajeno a ese destino. Más bien, él la metió al talón, la obligaba con salvajadas, hasta que acabó matándola.

Suerte que ella vivía a un ladito, en la misma vecindad, y cuando oyó el escándalo fue a averiguar qué pasaba y el yerno casi la tira al salir corriendo de la vivienda, como loco, borracho o mariguano, vaya usted a saber cómo, pero no en sus cinco sentidos. Encontró a la hija en la mesita de la cocina, desangrándose; los nietos lloriqueaban espantados en un rincón, gracias dios nomás espantados pero vivos y sin ninguna cortada. Luego tuvo que llevarlos al mercado de Sonora para que los curaran de espanto.

Del cabrón de su yerno no volvió a saber más. Gracias a dios. Se llevó a los nietos –y las pocas cosas utilizables del hogar de la hija– a su vivienda. Al principio medio le alcanzaba para malvivir con la pensioncita que a diosgracias le dejó su marido, que ese sí fue siempre muy chambeador y nunca le faltó ni con el pensamiento. Al menos eso cree. Pero los chamacos crecieron y no alcanzaba. Tuvo que meterse a trabajar, a ratitos, después de que cumple con las tareas del hogar y lleva a los nietos a la escuela.

No fue fácil, a su edad, y con tantísimas limitaciones. Ella que nunca lo hizo cuando joven, ya a esa edad fue peor. Se sintió muy mal comenzó a trabajar en eso, con casi sesenta años a cuestas. Se aguantaba las ganas de chillar, el asco y la vergüenza. Pero no había de otra. Lo peor es que todavía no se acostumbra y cada vez se siente más cansada. Se sobresalta cuando escucha:

–Ya me sospechaba esto, abuela.

–¡Toñito! –mira a su nieto junto a ella y baja la cabeza, avergonzada.

–Por eso nos tiene muertos de hambre.

Ella no sabe qué responderle, tampoco de qué manera controlar su turbación.

–Las putas que sacan más pesos son las que le talonean y se jalan a los clientes, y usté nomás viene a sentarse. ¡Póngase a talonear!

Lo bueno es que ya no le duelen las piernas. Obedece mientras masculla, con miedo: hijo de tigre, pintito.

–¡Y no les cobre menos de ochenta pesos el palo!