Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 21 de junio de 2009 Num: 746

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Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Hijo de tigre
ORLANDO ORTIZ

Ángel bizantino
OLGA VOTSI

José Emilio Pacheco: la perdurable crónica de lo perdido
DIEGO JOSÉ

Jaime García Terrés: presente perpetuo
CHRISTIAN BARRAGÁN

Las andanzas de Gato Döring
MARCO ANTONIO CAMPOS

La cultura y el laberinto del poder
OMAR CASTILLO

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Columnas:
Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

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ALONSO ARREOLA

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LUIS TOVAR

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Sobreviviendo (I DE II)

Para quien no lo recuerde o lo ignore, Tony Manero es el nombre del personaje de ficción líder en Fiebre de sábado por la noche (Saturday Night Fever, EU, 1977), obra de virtudes cinematográficas más bien escasas en opinión de algunos, no obstante lo cual se convirtió en automático filme de culto, amén de haber sido, en su momento, el máximo fenómeno de taquilla no sólo en su país de origen sino internacionalmente. A esta cinta le debe su consagración mundial como movie star el disparejo-tirando-a-mediocre actor John Travolta, mientras que los Bee Gees, grupo musical pop que periclitaba en virtud del anquilosamiento melcochoso en el que lo habían instalado éxitos radiofónicos y de venta de singles como “Cherry red” y “I started the joke”, se reinventaron a sí mismos al inventar, precisamente como encargo para la banda sonora original de Fiebre de sábado..., lo que a partir de entonces fue conocido como música disco –hoy justicieramente denominada con la eficaz onomatopeya de ponchis-ponchis–, y que en aquella etapa primigenia consistió en poco más que la repetición ad nauseam de un solo ritmo y un estribillo al que se acude una y otra y otra vez, así como, en el caso de los hermanos Gibb, o séase los Bee Gees, en una tiplosísima impostación de la voz que vaya usted a saber por qué a unos les sonaba encantadora mientras otros opinaban –como se constata en la memoria auditiva de este sumaverbos, adolescente testigo, que le escuchó lo siguiente a muchos– que aquello se oía “bastante puto”.

Amén de su obsesión por el baile –no profesional sino recreativo, y de ahí el título de la cinta: se trata de algo que, en teoría, se hace nada más en el tiempo libre–, al que Manero le dedica cuerpo, mente y alma; amén de esta primera y básica evasión, las principales divisas de aquel personaje eran un empeño desmedido puesto al servicio del acicalamiento personal, así como la importancia mayúscula que le concedía a la vestimenta. Con estos tres aspectos por delante, que bien pueden sintetizarse en uno solo y ser rebautizados como simple narcisismo, a Fiebre de sábado... le cupo el dudosísimo honor de haber contribuido a algo que, visto con la frialdad que otorga la distancia, hoy puede ser considerado como la instauración y consolidación global de un retroceso –o perversión, o regresión– de carácter ético: el que consiste en darle una importancia que jamás tendrá a futilidades tales como ser el mejor bailarín de un antro, andar bien peinado o que los pantalones tengan derechita la raya que se les hace con la plancha, en desmedro de cualquier otra consideración, preocupación u ocupación.

En el México de aquellos años, la “fiebre” que desató Fiebre... se tradujo, entre otras cosas, en la súbita y muy numerosa aparición de discos –sitios para bailar bautizados así–, en el advenimiento de una moda para vestir que alcanzó excesos como aquel de un modelo de zapatos travoltianos, así como en la transmisión, durante mucho más tiempo de lo que sugerían la sensatez y el más elemental buen gusto, de un programa de televisión que algún creativo muy creativo tuvo la originalidad de titular “Fiebre”. Dicho programa, producido por Televisa –proveedora histórica nacional, y en aquel entonces exclusiva, de cualquier cantidad de basura de entretenimiento a la que sólo se le va cambiando el aspecto de acuerdo con cada época–, tenía como conductores a dos individuos que posiblemente se llamaban Adolfo Girón y Graciela Braniff pero que, para efectos de mercadotecnia y porque así sus apelativos se emparejaban con el Tony, que no Antonio o Anthony, de la película, eran simplemente llamados Fito y Chela. Se trataba de un concurso de baile transmitido en vivo, claro está, los sábados por la noche, en el cual, hasta donde alcanza la memoria, no se ganaba otra cosa que no fuera la invitación al siguiente programa más algún aparato electrodoméstico, un boleto para algún viaje no demasiado costoso u otra bicoca por el estilo.

No gracias a, sino por culpa de monumentos a la estulticia como el descrito, el segundo lustro de los años setenta del siglo pasado fue fecundo en amnesias, escamoteos, postergaciones, olvidos y distractores diversos, que hicieron a muchos dedicar buena parte de sus conciencias y energías nada más que a la disipación, a pasársela bien, donde esto último significaba no protestar por nada, no desear que las cosas cambiaran, pensar más en uno mismo que en la colectividad... Aquellos eran, conviene recordar, los años de la guerra sucia en México, de la Operación Cóndor en Sudamérica, de los gorilatos, los golpes de Estado y el así llamado fin de las utopías.

A muy grandes rasgos, ese es el marco histórico en el que se inscribe Tony Manero (Chile-Brasil, 2008), segundo largometraje del realizador chileno Pablo Larraín.

(Continuará)