Opinión
Ver día anteriorJueves 16 de julio de 2009Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Ser es ser visto
E

xistes en tanto el otro te mira y te reconoce, es decir, eres en tanto los demás se percatan de tu existencia o incides en la suya, parece ser la premisa del título Ser es ser visto con que Luis de Tavira y Stefanie Weiss eligieron llamar a la concatenación de paráfrasis de textos de Botho Straus, Goethe, Wilhelm Müller y Fredrich Rückert en el primer espectáculo del ciclo Laboratorio escénico de la Compañía Nacional de Teatro. El montaje a cargo de Tavira –con diferentes asesorías– pone en escena a todos los miembros de la compañía, aunque por desgracia la enfermedad que ha aquejado al espléndido actor que es Claudio Obregón hizo que en el estreno se suprimiera la primera escena, Visitantes y se alterara el orden previsto de las demás escenas. Tener a todos aquellos que participan en la CNT en un espectáculo es un logro, pero a mi ver hay algunas cuestiones mucho más importantes.

La fascinación que la cultura alemana ha tenido sobre Luis de Tavira data de mucho tiempo y en esta escenificación, en coautoría con Stefanie Weiss que es de ese origen, el creador explora los grandes temas alemanes de varias épocas, desde la clásica de Goethe hasta las atrocidades del nazismo, el Muro de Berlín y su derribamiento con el temor y la desconfianza hacia los inmigrantes o cualesquiera extranjeros, los atentados en pleno carnaval. Es en Alemania en donde los autores, además de afinidades que tengan, en donde ubican la entrada al mundo contemporáneo con su cauda de horrores.

Ignoro si es deseo conciente de Tavira, pero esta escenificación es como un desfile de sus varias propuestas teatrales a excepción de aquellas de gran formato que le dieron al teatro mexicano algunas de sus más poderosas imágenes. Si el creador ha cambiado sus tesis escénicas, como se dice y como se puede constatar en algunos de sus últimos montajes, Ser es ser visto muestra los pasos del camino andado, sobre todo en su concepto de la actoralidad, que van de la lenta estilización –tan propia de la concepción del estilo actoral que tuvo en muchos momentos de su trabajo pasado– en Y pensar que pudimos, breve texto realista del encuentro amoroso, al realismo que parece haber adoptado últimamente en El cuarto y el tiempo que es una escena en que caben lo onírico y el recuerdo con Luis Rábago interpretando el papel que le hubiera tocado a Claudio Obregón de no estar enfermo, por citar dos ejemplos en que la dirección de actores va a contrapelo de lo que propone la palabra dicha o cantada. Hay que añadir que de las varias aseso-rías en que se apoya el director, la de Claudio Obregón –uno de los más importantes actores vivenciales con que contamos– como asesor actoral es imprescindible para este giro en la concepción estilística del creador escénico.

Si Kaldewey desaparece de escena tras escuchar confidencias –algunas nostálgicas de cuando se tenían sueños de cambiar las cosas– que no le estaban destinadas, si las maletas no son reconocidos por sus dueños en esta sociedad uniforme de consumidores en Aeropuerto, el caos bien dosificado se manifiesta en el Coro final en donde la aparente masa de personas que se tomarán la fotografía se individualizan en pequeños parlamentos entrecortados por voces en coro hablado que se vuelve coro cantado y en que alguno, como el de los pájaros, da pie a que los actores den revoloteos en parvadas, en una muy difícil escena que contiene variados estilos. La música –elegida por el director y su asesor y arreglista Alberto Rosas Argáez– está siempre presente en escenas que sólo son cantadas, como El correo, Margarita en la rueca y Dedicatoria para culminar en la escena final, en la que también culminan no pocos de los elementos de la escenificación.

La escenografía de Philippe Amand en la pequeña Sala de la Compañía Nacional de Teatro, con sus juegos de paredes y mobiliario (escaso) que se mueven sobre rieles y cambian de lugar es extraordinaria, alguna vez, como en Kaldewey apoyada por video de Sergio Carreón y Julián de Tavira que le dan mayor profundidad, y siempre acortadora de tiempos entre escenas. El vestuario de Estela Fagoaga que respeta épocas y caracteres y la coreografía de Antonio Salinas, muy destacada en la escena del aeropuerto, son parte importante de este montaje surgido del Laboratorio escénico.