Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 16 de agosto de 2009 Num: 754

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Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Tres cuentos
JORGE DEGETAU

Envío
LYDIA STEFÁNOU

El secreto de los últimos musulmanes en España
ADRIANA CORTÉS KOLOFFON entrevista con LUCE LÓPEZ-BARALT

Casa Lamm: quince años de memoria plástica
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Medio siglo de El almuerzo desnudo de Burroughs
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La espada de Rubén Darío
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Columnas:
Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

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Juan Domingo Argüelles

La poesía no paga

¿Es la poesía una mercancía o, como dijeran los economistas, un producto de intercambio? Desde cualquier punto que se le vea, parece que no. Salvo el gobierno, las fundaciones y las universidades públicas y privadas (es decir, otra vez, también, en parte, el gobierno), nadie paga por la poesía. Más aún: ni los mismos poetas esperan que las revistas les paguen por sus poemas que escasamente les publican. ¿Por qué? Por una sencillísima razón: porque no tienen público, aunque se publiquen.

¿Qué hace una institución pública y qué hace una editorial de carácter privado cuando incluyen poemas de un determinado autor en una antología? Le “pagan” con libros, si bien le va, o sencillamente no le pagan ni siquiera en especie, porque todo el mundo está consciente de que –al igual que el crimen– la poesía no paga. Y conste que, en el mejor de los casos, la poesía puede ser también un exquisito crimen, las más de las veces.

La poesía no es una mercancía, pero podría serlo sólo si muchos lectores están de acuerdo en que vale la pena pagar algunos pesos por un libro de poemas que suscita admiración y que “no hay que dejar de leer”. Por ejemplo, el Romancero gitano, de Federico García Lorca; los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda o el Recuento de poemas, de Jaime Sabines; los tres signados por la “popularidad”.

¿Pero qué hay con los libros de poesía de los jóvenes, los maduros, los viejos y aun los “consagrados” que no venden nada o casi nada, que es como no vender nada? Muy simple: se les publica –con los recursos públicos–, porque, bajo un precepto política y educativamente correcto, la poesía debe apoyarse y subsidiarse, como una manifestación cultural que nos enriquece el espíritu, nos civiliza, nos ennoblece, nos completa, nos hace más humanos, etcétera. Todo lo cual es un argumento moral, más que intelectual y estético. Y, por encima de todo, es un argumento político, pues nadie tiene necesidad de justificar, con parecidos argumentos, la venta de zapatos, por ejemplo.

Los poetas no cobran por su poesía. El producto de su inspiración o su afán lo ceden a la humanidad; por lo tanto, no son ellos los deudores (ni siquiera por las becas o las subvenciones que les dan), sino la sociedad la que les debe a ellos. Antonio Machado es muy claro cuando, en su “Retrato” (Campos de Castilla), escribe: “Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito”, e inmediatamente agrega: “A mi trabajo acudo, con mi dinero pago/ el traje que me cubre y la mansión que habito,/ el pan que me alimenta y el lecho donde yago.”

Queda fuera de duda que cuando el poeta afirma que a su trabajo acude no se refiere de ningún modo al ejercicio de la poesía, sino al de la cátedra y al de sus colaboraciones periodísticas. La poesía (y, en general, la literatura) no es propiamente un trabajo sino una chifladura. Según el vocabulario marxista, trabajo es, además de una “actividad positiva creadora”, un gasto de fuerza humana, una mercancía y una sustancia de valor de cambio. Pero nada de esto es la poesía.

Augusto Monterroso lo advirtió a la perfección, hace casi cuatro décadas. Al responder si el escritor debía vivir de su trabajo, explicó: “Si por ‘su trabajo' se entiende aquí un trabajo ajeno a la literatura, la respuesta es que sí, que debe vivir de su trabajo. Entiendo que se debe escribir por juego, por diversión; que el escritor debe ser siempre un aficionado.”

Antes había dicho: “Para algunos tal vez la literatura sea una profesión, un trabajo como cualquier otro. Yo no comparto esa idea. El trabajo del artista es diferente de cualquier otro en razón de que no produce cosas necesarias, o por lo menos de necesidad inmediata. Si las obras del escritor se venden y éste recibe mucho dinero por ellas, está bien. Pero quizá el escritor no debería escribir para ganar dinero. Usted me pondrá el ejemplo de Balzac o el de Dostoievsky. Pero son ejemplos con los cuales hay que terminar. Ellos escribían para pagar sus deudas, que de ninguna manera es lo mismo que para ‘tener' dinero. Escribían por el hecho de ser artistas, no profesionales. En cuanto a los escritores mexicanos, por lo que sé de ellos ninguno vive del producto de sus libros.”

Esta idea del escritor aficionado, no profesional, ya la había reivindicado Witold Gombrowicz, ¡y de qué manera!: “Todos somos escritores. Hay personas que no han escrito en toda su vida y, de golpe, hacen su obra maestra. Los otros son profesionales, que escriben cuatro libros al año y publican cosas horribles.”